martes, 10 de noviembre de 2009

Cabeza fría

Editorial

El Nuevo Siglo, Bogotá

Noviembre 10 de 2009



Comprensible el estado de alerta y preocupación que ayer existía en Colombia por la última ‘bravuconada verbal’ del Presidente venezolano, quien el domingo sin más ni menos les pidió a los militares de su país “prepararse para la guerra”. Si bien el gobierno Uribe y los sectores políticos, sociales, institucionales y gremiales nacionales, así como la opinión pública en general, estamos acostumbrados a las polémicas ‘ráfagas’ discursivas y desafiantes de Hugo Chávez cada fin de semana, es claro que nunca ha ido tan lejos como ahora, pues de sus palabras pareciera desprenderse que estaría pensando en provocar un episodio bélico entre ambas naciones. Ni siquiera en marzo del año pasado, en medio de la crisis entre Bogotá y Quito por el bombardeo al campamento del segundo de las Farc en la franja fronteriza ecuatoriana, el mandatario venezolano había advertido públicamente a su Fuerza Pública y a sus nacionales el riesgo de “prepararse para una guerra”. Aunque siempre ha traído a colación el riesgo de una presunta invasión militar estadounidense a su país desde territorio colombiano, en los últimos tres meses decidió elevar esa singular hipótesis al estatus de hecho inminente y para ello utiliza como caballito de batalla la ampliación del acuerdo de cooperación antidrogas entre la Casa de Nariño y Washington.


Pero el hablar de “prepararse para la guerra” no es lo único que aumenta la preocupación sobre la última amenaza discursiva de Chávez. Los índices de popularidad de su gobierno vienen bajando sustancialmente, poniéndose por debajo del 50 por ciento, como nunca había ocurrido. El clima de insatisfacción social, aun entre franjas poblacionales de tendencia chavista, viene creciendo poco a poco, en gran parte por la inflación desbocada, el desabastecimiento de alimentos y mercancías, así como un desempleo al alza por cuenta de una industria y un comercio retraídos y temerosos de los efectos del estatismo económico. Lo que no ha podido la oposición tras años de fracasos políticos, derrotas electorales y represión legal e ilegal, lo está logrando el modelo económico del llamado “Socialismo del siglo XXI”, que está demostrado sólo funciona y allana apoyo popular cuando es financiado por los centenares de millones de dólares provenientes de la bonanza petrolera, recursos de los que ahora Caracas no dispone por la estabilización del precio del barril de crudo en la franja de entre 70 y 80 dólares.


Resultan, pues, gratuitas algunas opiniones vertidas ayer en torno de que Chávez quiere propiciar un episodio bélico con Colombia para “estrenar” el millonario y moderno arsenal aéreo y militar que adquirió a Rusia y China. Esa hipótesis, además de superficial e ilógica, resulta inmensamente superada por aquella que advierte que el gobierno venezolano quiere crear el riesgo de una posible “guerra” con nuestro país con el único fin de generar una ola de nacionalismo anticolombianista y así revertir su retroceso en apoyo ciudadano interno.


Más allá de cuáles sean las intenciones ocultas del Presidente caraqueño, el gobierno Uribe ni los sectores colombianos deben dejarse provocar ni caer en la histeria colectiva. Hay que tener cabeza fría y entender que no hay riesgo real de una confrontación armada binacional. Si bien preocupan el tono de las protestas y las escaramuzas en los pasos fronterizos, así como la masacre, los asesinatos selectivos y las capturas masivas de indocumentados de las últimas dos semanas, e incluso el envío de 15 mil militares venezolanos a la zona, Chávez sabe, a pesar de su egolatría, que no tiene el margen de acción, los motivos reales ni la legitimidad y apoyo popular para lanzar a su Fuerza Pública a un ataque militar contra Colombia. Sabe también que le queda imposible llevar a poblaciones de dos naciones hermanas al estatus de enemigas. Es más, ayer mismo analistas venezolanos advertían que una maniobra en ese sentido daría pie para que una parte de la institución castrense pensara en sacarlo del poder, a sabiendas de que buena parte del país y la comunidad internacional la respaldaría.


La Casa de Nariño debe proceder con cautela y apegada a una diplomacia eficaz, preactiva y al más alto nivel. Bien pensado el llevar este último pronunciamiento de Chávez a las instancias de la OEA y Naciones Unidas. Igual, el haber convocado la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, aunque la fecha pudo haberse anticipado más. Los partidos políticos y demás sectores nacionales deben actuar en el mismo tono de prudencia, sin politizar un asunto propio de la seguridad nacional y la política exterior.


La diplomacia no implica debilidad, esa es una máxima probada y eficaz, de la cual Colombia no debe apartarse un centímetro. Hacerlo sería caer en el peligroso juego de Chávez.

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