lunes, 16 de noviembre de 2009

La lógica del ‘gran hermano’

Rodolfo Segovia

El Heraldo, Barranquilla

Noviembre 16 de 2009

Pataleta de Hugo: ¡Guerra! Es el síndrome de asombrar cuando ya ni plata va quedando y lo insólito se transforma en cotidiano a punta de repetirlo. No obstante, sería un error tomarle a la ligera. En el manual del buen dictador se hace hincapié en el empleo de la amenaza externa como factor de cohesión. 1984, la alegoría de George Orwell, desmenuza los mecanismos para mantener los ánimos en vilo con el eco próximo de una guerra mundial. Hace parte del carcaj indispensable de todo Gran Hermano que se respete.

El visionario escritor inglés no viaja en el bagaje literario del coronel Chávez, más allá de haber quizá visto la película, pero su mentor en Cuba ha sido un experto en mantener la isla en trance de invasión. No es de sorprenderse, por lo tanto, que el alumno haya esgrimido de tiempo atrás el argumento del peligro extranjero para convocar a los venezolanos. George Bush era un objetivo fácil. Con cuernos, rabo y aroma, Chávez le transformó en el perfecto Enmanuel Goldstein, el traidor epónimo de George Orwell. En el ritual caraqueño había dos minutos diarios consagrados al odio obligatorio contra Satanás orquestado por el Ministerio de la Verdad. Los amansados medios de comunicación le hacían sicofante eco a las diatribas.

Con Obama el asunto es a otro precio. Por el momento, no da tanta papaya. Pero el que se haya descolocado el negro, no significa que deje de ser imperioso apuntarle a algo. Dada la situación interna de Venezuela, el blanco es más necesario que nunca. Chávez no ha llegado todavía al control de las mentes del Gran Hermano en la mítica Oceanía, aunque se acerca cautelosamente cuando se le abren espacios políticos. Tampoco ha alcanzado el refinado control de la población perfeccionado por Fidel. Todavía el vecino de la cuadra no oficia de soplón so pena de perder raciones, ni las milicias bolivarianas son más, por el momento, que bandas de sicarios. Razón de más para agitar la provocación exterior. Y ahí entran las bases colombianas al servicio del Imperio.

Algunos comentaristas, sin que la afirmación se pueda descartar como paranoia, sostienen que las bases rebasan el simple espantapájaros. Afirman que un ceñido control aéreo y de inteligencia estrangularía el tráfico de droga por el espacio aéreo venezolano, del que participan activamente círculos cercanos a Chávez y en particular militares adictos. Puede ser; lo dijo sin adornarse el Ministro de Defensa colombiano. Algunos van más allá: petróleo declinante, racionamientos y desajuste de la economía hacen del narcotráfico un componente cuantificable del producto bruto interno.

Sea como fuere, en la receta del gobernante vitalicio arremolinar el capote contra el enemigo exterior es un ingrediente de probada eficacia, parte integral del arsenal patriótico. Colombia podría, dando una muestra más de prudencia y recato, desechar el acuerdo aéreo con los Estados Unidos. En aras de fraternal abrazo se renunciaría a un instrumento utilísimo para neutralizar el terrorismo interno. ¿Y para qué? Suena a Praga, 1938, para acomodar a Hitler. Y sería tan inútil como hace setenta años. Dentro del libreto, Chávez inventaría algún otro pretexto en la ancha y ajena frontera. Es la lógica del Gran Hermano. Don Sancho Jimeno recuerda como a pesar de su heroica resistencia desde Bocachica en 1697 Cartagena capituló. La rendición condicional no evitó que la saquearan hasta el último remache.

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