martes, 17 de noviembre de 2009

Tanques de agua, no de guerra

David Santos

El Colombiano, Medellín

Noviembre 17 de 2009

La frase fue contundente y la pronunció José Rozo, presidente de Fedecámaras en el estado fronterizo de Táchira, Venezuela, en medio del torbellino de declaraciones insultantes y amenazadoras que pronunció Hugo Chávez contra Colombia. "¿Por qué en lugar de batallones, no nos mandan botellones de agua a la frontera? Tanques de agua es lo que necesitamos y no tanques de guerra", dijo.


Una frase brillante que parecía escrita para un discurso político, pero que se dijo de una manera tan casual que solo pudo ser impulsada por el desespero de un país que, sin agua ni luz, ve cómo su gobierno juega a la guerra.


Chávez, como buena parte de los mandatarios latinoamericanos, parece vivir en su mundo paralelo de paranoias que dejan de lado las peticiones más sencillas del pueblo. Caracas, desde hace más de un mes, vive en el desespero de los racionamientos de los dos servicios públicos más básicos.


Mientras el ex golpista de Barinas se mueve entre los discursos anacrónicos y retadores, los posteriores desmentidos para afirmar que él no dijo lo que dijo, y finalmente las nuevas arremetidas para confirmar que sí, que es cierto, que quiere prepararse para la guerra para evitar la guerra, su gente cada vez le cree menos. Y no la oposición, sino los mismos chavistas.


Según un sondeo realizado por la firma Datanálisis de Venezuela entre finales de septiembre y el 8 de octubre, un 66 por ciento de los venezolanos está "insatisfecho" con la forma en la que el presidente de camisa roja lleva la crisis de electricidad. Una insatisfacción que se trata de disminuir desde Miraflores, no hablando de ella, pero que desgasta la revolución de su Socialismo del siglo XXI.


La inconsistencia salta a la vista. Mientras Chávez continúa su propio juego de mesa en el tablero latinoamericano inyectando con dólares a Bolivia, Nicaragua y Ecuador, para mantener vivo el giro de izquierda del continente, pide en su casa que la gente orine con linternas en las noches y se bañe en menos de tres minutos. "¡Ahorren agua camaradas!", le dice el mandatario a su pueblo en ese tono paternalista y ridículo que utiliza siempre. Ahorre usted dólares presidente, y de vez en cuando, economice también saliva y a todos nos haría más felices.


Los analistas aseguran que las apuestas belicistas de Chávez son una descarada cortina de humo. Lo son también las altanerías de Rafael Correa cuando desde Ecuador se agarra de la liana nacionalista para evitar caer al abismo de problemas internos, o lo son las actitudes de Cristina Fernández cuando organiza cumbres de Unasur cuando su país se desgarra entre la crisis económica y el vandalismo.


El problema es que si bien los gritos de orgullo patrio hinchan los pechos y los corazones, llega un momento, cuando no hay agua en los sanitarios, ni luz para calentar una comida, en el que pesa más el estómago que el orgullo de un himno.
Ahí es cuando la revolución se desgarra.

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