Gabriel Melo Rivera
El Nuevo Siglo, Bogotá
Noviembre 12 de 2009
Ante los giros que toman las relaciones con el Gobierno de Venezuela, no podemos seguir buscando soluciones minúsculas para un problema mayúsculo. Los propósitos de Chávez son absolutamente claros y sus palabras son directas y congruentes con sus actos.
¿Alguien duda, acaso, de la decisión de implantar el Socialismo del Siglo XXI, primero en Venezuela, después en el vecindario y finalmente en el mundo entero? Para lograrlo consolida su régimen, extiende su influencia a otros países y sigue buscando aliados que, por convicción o conveniencia aprovechen la oportunidad de entrar a América del Sur, así sea nada más que para incomodar a la del Norte.
Esta nueva revolución, exportada con petróleo, avanza mucho más rápido que la exportada desde Cuba, hace 50 años, y considera a Colombia como un obstáculo que urge remover.
Para ello cuenta con la ayuda de una quinta columna armada, que lleva décadas de infructuosa lucha guerrillera en nuestro país y, ahora, necesita una simpatía internacional para remplazar la que, durante casi medio siglo, le estimuló la ilusión de tomarse el poder.
Contará, en breve, con las primeras entregas de los equipos militares adquiridos en su carrera armamentista.
Y cuenta, además, con la ingenuidad de quienes creen que la mejor manera de evitar problemas es ignorarlos.
Pasemos por alto los contenidos del Guaicaipuro. Al fin y al cabo en Venezuela lo presentan como un juego de guerra y como tal debe mirarse, sin elevarlo a la categoría de plan serio para atacar a Colombia. En aras de las buenas relaciones, admitamos que el Guaicaipuro sí es un juego. Lástima que sea de guerra.
Pero las amenazas formuladas repetidas veces no pueden desconocerse: mencionan la guerra fuerte, expresa y directamente. Son, por sí solas, razón suficiente para tomar medidas que preserven la paz, que no son ni enviar tropas a la frontera ni competir en la carrera armamentista ni repartir favores para ganar adeptos.
Ya vimos por televisión ordenar, en vivo y en directo, que tanques y batallones se desplazaran de inmediato hacia la zona limítrofe.
Del mismo modo se anunció la compra de misiles que según la descripción, también televisada, se disparan y a los 300 kilómetros hacen ¡pum!
La agresión económica se intensifica.
Y en estos días trasladan a la frontera 15.000 hombres más de la Guardia Nacional. ¿Semejante despliegue de fuerza sólo busca impedirle el paso a unos modestos pimpineros?
Unos cascos azules de la ONU en la línea fronteriza impedirían la escalada de situaciones que en cualquier momento se desbordan. Y se necesitan enseguida. Después, su presencia será inútil o servirá únicamente para congelar unos hechos consumados y dejar vivo el conflicto.
La sola solicitud nuestra para que las Naciones Unidas los envíen tendría como efecto inmediato prevenir enfrentamientos, propiciar un ambiente calmado para buscar soluciones, tranquilizar a quienes sienten preocupaciones sinceras y quitarles el pretexto a los que simulan tenerlas, neutralizar las intenciones agresivas que puedan existir y evitar que acciones de la insurgencia y de los delincuentes comunes afecten las relaciones de los países.
Sería, además, la ratificación ante el mundo de la buena fe de nuestros propósitos pacíficos y, llegado el caso, facilitaría la mediación de otros países.
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