José Samuel Arango M.
El Colombiano, Medellín
Noviembre 16 de 2009
Una de las emociones más fuertes que yo haya tenido en mi bella vida fue cuando tomé un cincel y un martillo y empecé a tumbar un pedazo del muro de Berlín. Fue hace cerca de 20 años. Las lágrimas me invadieron los ojos. Me dio taquicardia. Fue exactamente en el famoso Checkpoint Charlie. Sentía que tumbaba un sistema de oprobios y de muerte. Recordé las víctimas enredadas en los alambres de púas. La visita de Kennedy a ese mismo punto donde me encontraba. Aún guardo el trozo de muro en mi biblioteca. Y la foto. Y la emoción.
En esa ocasión viajé con un grupo de periodistas colombianos. Tuvimos la suerte de asistir a una rueda de prensa con medios de comunicación de todo el mundo con Helmut Kohl, primer ministro de Alemania en el momento. Un gigante de casi dos metros. Imponente, arrollador. Entró al salón en medio de los aplausos de todos. Otra vez lloré. Le preguntaron que si había dinero para realizar la reunificación de Alemania. Contestó convencido y categórico que si se ponía a pensar en ello, la reunificación no se hacía. Ahí aprendí que a veces en la vida hay que tomar decisiones importantes por intuición, sin pensarlas, para no quedarse amarrado, anquilosado. Luego le preguntaron sobre el factor determinante de la unión. Dijo sin titubear que se llamaba Mihail Gorvachov. Si no se hacía con Gorvachov en el poder comunista, no se haría. Había que aprovechar el momento político de
A los veinte años de esta extraordinaria experiencia ya no queda nada del muro de Berlín. Duro, frío, cruel. Sí se pudo, como lo pronosticó Kohl. Se debió a varios esfuerzos, Gorvachov, Kohl, Adenauer.
Pero me paro en el presente y miro con dolor que otros muros se han ido levantando y otros se piensan. Muros de infamia y de dolor. En la frontera entre México y Estados Unidos. En la frontera de Israel y Palestina. En las acciones de algunos políticos que levantan muros entre la pobreza y la riqueza. En las mentes de todos nosotros que en nuestro interior construimos vergonzosos muros de odio y de rencor.
Espero ayudarlos a tumbar algún día, para engolosinarme de emoción profunda.
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