Sergio Muñoz Bata
El Tiempo, Bogotá
Febrero 9 de 2010
En el Congreso estadounidense recién ha revivido el debate sobre el viejo tema de los límites de tolerancia de la sociedad para aceptar la identidad plena y los derechos de los homosexuales y la facultad que se arrogan ciertos grupos para decidir cómo debe la gente vivir sus vidas.
El mes pasado fue el presidente Obama quien anunció su intención de cumplir una de sus promesas de campaña y su decisión de abocarse a la derogación de una ley que incita a la hipocresía. La semana pasada fue la elocuente comparecencia ante el comité de las fuerzas armadas del Senado del almirante Mike Mullen, el Jefe de Jefes de Estado Mayor y principal asesor militar de la presidencia, la que fijó el tono adecuado para la discusión.
Abogando por la derogación de la norma que, bajo el principio de "no preguntes ni digas", obliga a los soldados gay a ocultar su sexualidad, Mullen dijo: "Cuando pienso en este asunto, no puedo evitar el desasosiego que me causa el hecho de que mantengamos vigente una política que obliga a hombres y mujeres jóvenes a mentir para poder dedicar su vida a defender a sus compatriotas", y remató diciendo: "Eso no es correcto."
El secretario de Defensa, Robert Gates, quien también estuvo en la comparecencia, fue más cauteloso pero no menos claro al señalar que el debate ahora no es si se debe repeler la ley sino la manera en la que debería hacerse el cambio. El general Colin Powell también se pronunció en contra de la ley, "al constatar que las actitudes y las circunstancias" que lo llevaron a apoyarla hace 17 años habían cambiado.
La ley que actualmente entroniza la mentira fue aprobaba en 1993, al comienzo de la presidencia de Bill Clinton, como una medida conciliatoria cuyo propósito, según se dijo en ese momento, era acabar con la discriminación basada en la orientación sexual de los reclutas. La realidad es que de entonces a la fecha ha servido para rechazar a unos 13.000 soldados que o se declararon homosexuales o fueron denunciados como tales.
Quienes se oponen a que se revoque la mordaza argumentan que la ley es necesaria "para mantener la cohesión y el espíritu de cada unidad de combate". Su argumento es falaz. En los ejércitos de 20 de los 26 países miembros de la OTAN hay soldados homosexuales y en ninguno de ellos se ha reportado problema alguno de cohesión o de falta de espíritu. Más aún, los soldados norteamericanos, gay y no gay, han combatido al lado de soldados gay y no gay de Gran Bretaña, Canadá o Australia, países donde los homosexuales sirven en la defensa de su país sin tener que ocultar su sexualidad, y nunca se han reportado problemas ni de cohesión ni de espíritus decaídos.
Pero no se vaya a pensar que en esta renovada batalla para vivir en una realidad sin apariencias, Estados Unidos está sólo en el continente. En la Ciudad de México, por ejemplo, lo que se discute ahora es el derecho de los matrimonios entre personas del mismo sexo a adoptar hijos e hijas, y en Argentina ya se permite el matrimonio entre homosexuales. En Uruguay y en Colombia no se reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero sí se permite la unión civil. Uruguay sigue la ruta marcada por el gobierno de la Ciudad de México y por Argentina y lo que ahora se discute es el derecho de una pareja del mismo sexo a tener hijos. En El Salvador fracasó un intento de prohibir expresamente los matrimonios homosexuales, aunque en Costa Rica lo que fracasó fue un intento de legalizar las uniones de hecho entre homosexuales. Bolivia y Ecuador incluyeron en sus respectivas constituciones la prohibición de la discriminación sexual, aunque el gobierno peruano ha promulgado un nuevo reglamento para la Policía que sanciona con severidad a los agentes homosexuales argumentando que su sexualidad menoscaba la imagen de la institución.
A final de cuentas, lo importante es que por todo el continente americano ha empezado a prender con fuerza una muy saludable lucha en pro del realismo y en favor de los derechos humanos y civiles de los homosexuales.
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