Editorial
El Mundo, Medellín
Febrero 13 de 2010
No faltan en todas partes las “faldas asustadas” que, paradójicamente, terminan sirviendo los intereses de terroristas, narcotraficantes y toda clase de delincuentes.
Desde su triunfo electoral del 3 de mayo de 2009, avizoramos que con la presidencia del señor Ricardo Martinelli se mejorarían nuestras relaciones con Panamá en todos los frentes y habría una mejor perspectiva de solución a los problemas fronterizos que la que teníamos con su antecesor, el señor Torrijos, y la verdad es que los hechos han venido confirmado el aserto.
En el frente de la seguridad fronteriza hay señales de un cambio fundamental en el grado de compromiso y en la resolución de su gobierno de hacer causa común con el de Colombia para combatir a las Farc y toda clase de delincuencia en la zona común del Darién. El pasado 27 de enero, en un enfrentamiento de una patrulla policial del Servicio Nacional de Fronteras con miembros del frente 57 de esa narcoguerrilla – que según autoridades de la provincia del Darién panameño, han establecido campamentos en jurisdicción de Balsal, Boca de Paya y Sobiaquirú, en el Alto Tuira – murieron tres subversivos, dos más fueron capturados heridos y otro está prófugo. El Ministerio panameño de Gobierno y Justicia dijo en un comunicado que “con estas acciones, se ratifica la importancia que tiene para nuestro país el Servicio Nacional de Fronteras y se reitera la decisión del Gobierno Nacional de custodiar nuestro territorio de manera integral”. De inmediato, el presidente Uribe y el ministro Silva felicitaron al gobierno panameño y dijeron que mantendrán la colaboración de las FFAA y de sus servicios de inteligencia para impedir que los delincuentes sigan utilizando a Panamá como refugio y terreno abonado para sus fechorías.
El hecho, que pasó más bien desapercibido en Colombia, en Panamá desató toda clase de reacciones, desde voces de aplauso a las autoridades hasta críticas encendidas de quienes consideran que, con ello, el gobierno de Martinelli se está involucrando en el conflicto interno colombiano. Uno de esos críticos es Julio Yao, ex asesor de Política Exterior y de las negociaciones de los Tratados Torrijos-Carter de 1977, quien en un artículo de prensa, titulado “Peligros en Darién”, expone la peregrina tesis de que “Una alianza militar entre Panamá y Colombia —secreta por demás— constituiría una violación del Tratado de Neutralidad, que obliga a Estados Unidos y Panamá a impedir que se produzcan amenazas al Canal interoceánico”. Y luego hace una inferencia no menos absurda: “Panamá no puede ser partícipe del Plan Colombia ni abiertamente, ni de manera encubierta. Es de especial importancia advertir que el presidente Álvaro Uribe felicitó al gobierno panameño por el operativo contra las Farc, lo cual confirmaría que Panamá está siendo integrada al conflicto del hermano país, cuyo enfoque militar ya fracasó”.
No faltan en todas partes las “faldas asustadas” que, paradójicamente, terminan sirviendo los intereses de terroristas, narcotraficantes y toda clase de delincuentes. Otra de esas voces timoratas es la del ex miembro del Parlamento Centroamericano, Julio Palacios Sambrano, quien, luego de condenar el operativo antiguerrilla, incurre en la contradicción de proponer al Gobierno que “en lugar de pensar en destaponar el Darién o hacer la carretera Panamericana, se deben detener los ataques contra nuestras comunidades, proteger al país y no involucrarlo en un conflicto que nos es ajeno”.
Por suerte, también allá hay voces sensatas y valientes, como la del columnista del diario La Prensa, Guillermo Tatis Grimaldo, quien llama a sus compatriotas a no engañarse ni cerrar los ojos frente a la presencia cada vez más descarada de las Farc en su territorio. “Ya no es un problema solo de colombianos, nos afecta a nosotros y al resto de naciones; allende mantienen un acoso subversivo político y militar, acá y en el resto del mundo están en un aparente silencio solapado para su propio beneficio, que más temprano que tarde veremos sus verdaderos alcances y perjuicios”. Para el colega “es intolerable que los guerrilleros de las Farc y estos políticos criollos piensen igual: que debemos dejar abandonada a su suerte a la provincia de Darién para no buscarnos problemas y permitirles a los facinerosos hacer de las suyas y tomarse la región como campo de descanso y reabastecimiento”.
Lo más interesante de ese punto de vista, que es el que, por suerte, predomina en el Gobierno y cada vez en más amplios sectores del hermano país, es que Panamá – como dice el analista – “no puede ignorar el factor Darién en este conflicto que está a las puertas de recibir sus efectos si lo sigue ignorando”. De ahí que “el Estado necesite hacer presencia allí con todas sus políticas, herramientas e infraestructura para ese sector olvidado del país”. Parte fundamental de la solución, como lo sugiere el comentarista, es la ruptura del Tapón del Darién, con la construcción del tramo correspondiente de la carretera Panamericana, fundamental para el control de guerrilleros, narcotraficantes y traficantes de armas, proyecto en el que esperamos un pronto acuerdo con el gobierno del señor Martinelli.
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