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jueves, 18 de marzo de 2010

Lula y el desengaño internacional

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Marzo 15 de 2010

Para el presidente de Brasil, pedir elecciones democráticas, prestar libros prohibidos y escribir en los periódicos extranjeros -supuestos "delitos" cometidos por los 75 disidentes apresados durante la primavera negra de 2003, condenados a penas de hasta 28 años-- equivale a matar, robar o secuestrar.

Para Lula da Silva, los presos políticos cubanos son delincuentes semejantes a los peores criminales encarcelados en su país. Lula, cruelmente, ha adoptado el punto de vista de su amigo Fidel Castro. Para el presidente de Brasil, pedir elecciones democráticas, prestar libros prohibidos y escribir en los periódicos extranjeros -supuestos "delitos" cometidos por los 75 disidentes apresados durante la primavera negra de 2003, condenados a penas de hasta 28 años-- equivale a matar, robar o secuestrar.

Para Lula da Silva, el Dr. Oscar Elías Biscet, un médico negro sentenciado a 25 años por defender los Derechos Humanos y por oponerse al aborto, es sólo un criminal empedernido. Dentro de su curioso código moral es perfectamente comprensible la muerte del preso político Zapata Tamayo, o la posible muerte de Guillermo Fariñas, un psicólogo y periodista disidente, declarado en huelga de hambre para reclamar que liberen a 26 presos políticos severamente enfermos.

Los demócratas cubanos no son los únicos decepcionados con el brasilero. En la última etapa de su gobierno Lula da Silva está demoliendo la buena imagen que disfrutó al comienzo. Recuerdo, hace unos tres años, una conversación que tuve en Panamá con Jeb Bush, ex gobernador de Florida. Me dijo que su hermano George, entonces presidente de Estados Unidos, tenía una magnífica relación con Lula y estaba convencido de que era un aliado leal de Washington. Me pareció una ingenuidad, pero no se lo comenté.

Hace unos días, un ex embajador norteamericano, que prefiere el anonimato, me dijo exactamente lo contrario: "todos nos equivocamos con Lula; es un contumaz enemigo de Occidente y muy especialmente de Estados Unidos, aunque trata de disimularlo". Y luego, con cierta indignación, criticó la complicidad de Brasil con Irán en el tema de las sanciones a Teherán por el desarrollo de armas nucleares, el permanente respaldo a Hugo Chávez y la irresponsabilidad con que manejó la crisis de Honduras al propiciar el asilo de Manuel Zelaya en su embajada de Tegucigalpa, violando todas las reglas de la diplomacia internacional.

En realidad, el comportamiento de Lula da Silva no es sorprendente. En 1990, cuando fue derribado el Muro de Berlín, el líder del Partido del Trabajo se apresuró a crear el Foro de Sao Paulo junto a Fidel Castro para coordinar la colaboración entre todas las fuerzas violentas y antidemocráticas de América Latina. Ahí estaban las guerrillas narcoterroristas de las FARC y del ELN de Colombia, una docena de partidos comunistas de otros tantos países, el FSLN de Nicaragua, el FMLN de El Salvador y la URGN de Guatemala. Mientras en el mundo libre celebraban la desaparición de la URSS y de las dictaduras comunistas en Europa del Este, Lula da Silva y Fidel Castro recogían amorosamente los escombros del marxismo violento para tratar de mantener vigente el discurso político que condujo a esa pesadilla, mientras establecían una suerte de cooperación internacional que sustituyera el desvanecido liderazgo soviético en la región.

Lula, dentro de Brasil, sujeto por una realidad política que no ha podido modificar, se comporta como un demócrata moderno y no se ha movido sustancialmente de las directrices económicas que señaló el anterior presidente, Fernando Henrique Cardoso, pero en el terreno internacional, que es donde aflora su verdadero talante, su conducta es la de un revolucionario tercermundista de los años sesenta.

¿De dónde surgen esa militancia radical y ese perverso juicio moral? La hipótesis de un presidente latinoamericano que lo conoce bastante, de los que no tardará en dejar el poder, también decepcionado, apunta a su ignorancia: "este hombre es de una penosa fragilidad intelectual. Sigue siendo un sindicalista atrapado en la superstición de la lucha de clases. No entiende ningún asunto complejo, carece de capacidad para fijar la atención, tiene unas terribles lagunas culturales y por eso acepta el análisis de los marxistas radicales que en su juventud le explicaron la realidad como un combate entre buenos y malos". Su frase final, dicha con cierta tristeza, fue lapidaria: "pareció que Lula, con su simpatía y por el buen momento que atraviesa su país, convertiría a Brasil en la gran potencia política latinoamericana. Falso. Ha destrozado esa posibilidad al alinearse con los Castro, Chávez y Ahmadineyad. Ya ningún país serio confía en Brasil". Muy lamentable.

lunes, 8 de marzo de 2010

Verdades y mentiras

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Marzo 8 de 2010

El gobierno turco se siente ofendido. El Comité de Relaciones Exteriores del Congreso norteamericano declaró que la matanza de más de un millón y medio de armenios ocurrida entre 1915 y 1917 fue un genocidio. Los gobernantes turcos no discuten que la matanza ocurrió. Lo que no aceptan es que haya sido un genocidio. Fue, según ellos, una lamentable consecuencia de la Primera Guerra mundial. No los exterminaron, dicen en voz baja, por ser armenios, sino por separatistas y traidores. En aquellos años Armenia formaba parte del imperio otomano.

La distinción es absurda. Fue un genocidio porque se trató de una «limpieza étnica», como se les comenzó a llamar hace unos años a esas matanzas cuando los serbios y croatas se enfrascaron en sus mutuas cacerías en la antigua Yugoslavia. Pero lo interesante del debate no es esa discusión semántica (y jurídica), sino la conflictiva relación con la verdad que tienen la mayor parte de los gobiernos o las entidades poderosas. Hay verdades que no quieren admitir, ni siquiera tras un siglo de ocurridos los hechos. Objetivamente, un siglo después de aquella atroz carnicería, ¿qué importancia tiene que el gobierno turco acepte que asesinar a millón y medio de personas de origen armenio fue una barbaridad por la que pide excusas pública y humildemente?

Hace pocos años, Estados Unidos pidió perdón por haber internado a los japoneses-americanos en campos de concentración durante la Segunda Guerra mundial. Antes lo había hecho por esclavizar a los negros y por masacrar a los indios, despojarlos de sus tierras e incumplir casi todos los tratados firmados con ellos. Los papas, cada cierto tiempo, bajan la cabeza y reconocen que el Santo Tribunal de la Inquisición fue una cruel salvajada de la que hoy los católicos se avergüenzan. Una de las páginas más hermosas de la transición chilena fue cuando el presidente democrático Patricio Aylwin les pidió perdón a sus compatriotas por los excesos cometidos por el Estado durante la dictadura militar.

Fue, sin embargo, una honrosa excepción. Los latinoamericanos, como los turcos, no suelen pedir perdón. Los gobiernos de derecha, que han cometido graves atropellos contra las minorías étnicas desde que se constituyeron las repúblicas, prefieren no hablar del tema. Las dictaduras de izquierda tampoco. Los Misquitos y Ramas nicaragüenses llevan más de 20 años esperando que Daniel Ortega les pida perdón por las matanzas que los sandinistas llevaron a cabo en los años ochentas. Los cubanos, todavía bajo el impacto de la muerte por hambre y sed de un joven preso político, volvieron a asombrarse cuando leyeron, hace unos días, un texto de Fidel Castro en el que aseguraba que su gobierno no torturaba ni asesinaba. Parece que había olvidado, entre sus muchos crímenes, cómo su policía política había ahogado deliberadamente a 41 personas que intentaban huir en un bote, muchas de ellas niños y mujeres, el 13 de julio de 1994.

Las dos palabras mágicas de cualquier idioma son: «lo siento». Ese es el abracadabra de las relaciones personales e internacionales. Ahí comienzan a sanar las llagas y el agraviado percibe el inicio de su recuperación emocional. Recobra algo de su disminuida dignidad. Si hay algo peor que cometer una injusticia es la contumaz negación del hecho. Cuando los historiadores revisionistas niegan el holocausto judío no sólo cometen una estupidez intelectual: ofenden a las víctimas y a sus descendientes, reabren las heridas y provocan un profundo malestar en las personas ofendidas.

Los seres humanos están hechos para la justicia, la verdad y la coherencia. Hay biólogos que postulan la existencia de un gen moral. Se sabe que los primates superiores resienten la entrega de recompensas diferentes a miembros del grupo que han tenido comportamientos similares. Cuando mentimos, o cuando simulamos emociones que no sentimos, el cuerpo se rebela con varias reacciones enérgicas: nos sudan las manos y las axilas, el corazón se acelera, cambian la coloración de la piel, el tono de la voz y la intensidad de la salivación. Algunos científicos sociales sospechan que esa disonancia entre lo que se cree y lo que se manifiesta es el origen de muchas neurosis graves. «Sólo la verdad os hará libres», dijo San Juan [Evangelio según San Juan, cap. 8, versículo 32]. Le faltó agregar que también nos da estabilidad emocional.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El costo del asesinato de Zapata Tamayo

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Marzo 1 de 2010

"Hoy, 25 de febrero, lo enterramos". Lo gritaba Reyna, la madre desesperada. La cadena SER de Cataluña la entrevistaba. Era como una fiera herida. "Fue un asesinato premeditado", gemía y denunciaba. Ella era una mujer negra y humilde, como su hijo, un simple albañil que quería ser libre. Reyna quiso llevar a su hijo en brazos hasta el cementerio, acompañada por unos cuantos amigos consternados, todos demócratas de la oposición. No pudo. La policía política lo impidió. Siempre la policía política intimidando, castigando, escarmentando a la sociedad para que obedezca en silencio. Son los perros que cuidan al rebaño.

¡Pobres madres! Hace unas semanas había muerto en Cuba otra como ella, pero más vieja y blanca, Gloria Amaya. Tuvo tres hijos presos. A uno de ellos, Ariel Sigler Amaya, lo están matando por rebelde, como le sucedió a Orlando Zapata Tamayo. Entró en la cárcel pesando 90 kilos. Hoy pesa 50 y está en una silla de ruedas. Me dice su hermano que le queda poco. A doña Gloria, que era una ancianita frágil y diminuta, la policía política le rompió dos costillas de una patada en el pecho. Había protestado porque maltrataban a su hijo, preso político, y casi la matan a ella. Desde el suelo, retorcida de dolor, siguió pidiendo por su hijo. Y dice Raúl Castro que en Cuba no se tortura. ¡Mentiroso!

La muerte de Zapata Tamayo tiene tres consecuencias internas graves para la dictadura de los hermanos Castro. Para los demócratas de la oposición, dentro del país, ese sacrificio refuerza el compromiso de lucha. Tal vez es un rasgo de nuestra cultura: la lealtad a los que dieron la vida no se traiciona nunca. Pero la sangre de Orlando tiene otro efecto interno. Avergüenza a los comunistas. Los desmoraliza y debilita. Los coloca en el bando de los asesinos. Hace unos años, cuando la policía política exterminó, ahogándolas, a 32 personas que intentaban huir del país a bordo de un barco llamado "13 de marzo", la mayor parte mujeres y niños, hubo muchos militantes que abandonaron el Partido llenos de asco. Eso era demasiado.

Fuera del país, este nuevo crimen galvaniza a los exiliados tras una causa justa. El día en que murió Orlando, la noticia de mayor divulgación en Twitter fue ésa. Una ola de cólera y solidaridad recorrió a una comunidad dispersa que, descendientes incluidos, se acerca a los tres millones. Los periódicos del mundo entero le dieron las primeras páginas a la triste información llegada de La Habana. Muchos telediarios comenzaron sus transmisiones contando, consternados, lo que había sucedido. La imagen de la dictadura cayó por los suelos estrepitosamente y ese estruendo, claro, tuvo una honda repercusión política: se espera que el canciller español Miguel Angel Moratinos le ponga fin a su absurda campaña dedicada a tratar de demoler la posición común de la Unión Europea frente a la dictadura cubana. Jamás se ha visto mayor terquedad en la defensa de una causa innoble que la de Moratinos por beneficiar a la tiranía de los Castro.

El aparato cubano de difamación, por supuesto, ya prepara su contraataque. Uno de sus peones menores comenzó por decir que quienes condenaban esta muerte horrenda vertían lágrimas de cocodrilo. Otros dirán que Zapata Tamayo era un delincuente o un terrorista al servicio de la CIA. Carecen del menor vestigio de decencia. Dicen cualquier cosa. Pero la verdad inocultable es otra: como gritó, llorando, su madre Reyna, a Orlando lo asesinaron premeditadamente por pedir libertad para él y para su pueblo. Su ejemplo gravitará mucho tiempo en la historia de Cuba.

martes, 23 de febrero de 2010

El camorrista

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Febrero 22 de 2010


Los guayaquileños hicieron la mayor manifestación de la historia de la ciudad. Sucedió hace unos días. Los convocó Jaime Nebot, el popular alcalde de la ciudad más importante de Ecuador. Se congregaron unas trescientas mil personas, de las cuales, inevitablemente, las dos terceras partes eran pobres. Protestaban contra el gobierno de Rafael Correa. Alegaban, probablemente con razón, que el gobierno los estaba privando de recursos que le pertenecían a la ciudad. Protestaban, también, contra la persecución a los medios de comunicación, contra la corrupción denunciada por el propio hermano del Presidente y, en gran medida, contra el creciente chavismo que observan en la conducta de Correa. El discurso de Nebot fue electrizante.

Uno de los gritos más coreados era "Correa, quédate en Cuba". En las mismas fechas, el presidente había viajado a la Isla para una sencilla operación de rodilla. Salió bien, lo que no siempre sucede cuando los médicos cubanos operan a los jefes de gobierno. En 1973, lo que debió ser una fácil intervención quirúrgica al dictador peruano Juan Velasco Alvarado, culminó con la amputación de una pierna. En la carnicería, organizada en Lima, participaron dos médicos cubanos. Creo que uno de ellos fue Rodrigo Alvarez Cambra, el mismo cirujano que operó a Correa. Hoy tiene 76 años y sus colegas más jóvenes lo respetan, pero no lo toman muy en serio profesionalmente.

En 1985, Forbes Burnham, gobernante de Guyana, tuvo peor suerte. Lo operó de la garganta un genio de la medicina cubana y el pobre hombre murió en el quirófano. Le quitaron las amígdalas y la vida. El episodio fue tan grotesco que algunos guyaneses formularon la hipótesis de que, en realidad, se trató de un asesinato decidido por el gobierno cubano para vengar la muerte del líder radical Vincent Teekah, cuyo crimen le atribuían a Burnham. Jamás se pudieron probar ninguna de las dos teorías.

Incluso, el propio Fidel casi muere en el 2006 a manos del cirujano Eugenio Selman. Tuvieron que convocar urgentemente al español José Luis García Sabrido para que le salvara la vida. Selman acababa de declarar que Fidel viviría 140 años. Por eso las personas informadas, si pueden, rehúsan atenderse en Cuba. Allí hay buenos médicos y hacen lo que pueden, pero el país dista mucho de la excelencia. Cuando Fidel le ofreció a García Márquez la atención de sus oncólogos, el novelista colombiano, que quería escribir sus memorias y vivir para contarlo, le dio las gracias y salió corriendo hacia Los Angeles, donde lo curaron dos veces de cáncer de pulmón. Cuando la bailarina Alicia Alonso tuvo serios problemas en la vista, viajó a Barcelona, a la Clínica Barraquer, y allí se operó. Con los ojos no se juega.

En realidad, es un misterio por qué el presidente Correa se empeña en generar un conflicto con Guayaquil. Esa es una decisión tan absurda como operarse en La Habana pudiendo hacerlo en Houston. En un país lleno de problemas, mortificado por los apagones y con un problema creciente de inseguridad, la ciudad puerto, que es el pulmón económico de Ecuador, funciona razonablemente bien y los ciudadanos, encuesta tras encuesta, elección tras elección, declaran estar satisfechos con Nebot y con los servicios que ofrecen las autoridades municipales. ¿Por qué hostilizarlos?

Para que la paradoja sea aún mayor, Rafael Correa una y otra vez afirma su sensibilidad ante las minorías étnicas, especialmente los indígenas, reconociendo la complejidad y pluralidad de un país que dista mucho de ser homogéneo. ¿Es tan difícil entender que, dentro de ese delicado mosaico que es Ecuador, Guayaquil es una entidad muy definida, con un perfil propio (como lo tiene también Quito), lo que aconseja respetar su autonomía y no exacerbar irresponsablemente las tendencias separatistas? ¿Qué sentido tiene estimular artificialmente los conflictos entre Guayaquil y el gobierno central? ¿No tiene Ecuador suficientes problemas como para agregar tensiones regionalistas al reñidero nacional?

El presidente Correa, que se deja llevar por la ira, no acaba de comprender que la función de los políticos es solucionar problemas, no crearlos. Es un camorrista. Se pelea con la prensa, con los empresarios, con los inversionistas extranjeros, con uno que pasaba por ahí, con todos y con todo. Ahora se ha peleado injustamente con los guayaquileños. Esa pelea le puede salir muy cara.

lunes, 15 de febrero de 2010

Insulza debe abandonar la OEA

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Febrero 15 de 2010

José Miguel Insulza debe retirar su candidatura para dirigir la OEA durante otro periodo. No ha sido un buen funcionario. Los cinco años que ha pasado al frente de la institución están entre los peores de la historia de ese organismo. Se suponía que había sido electo para fortalecer el funcionamiento de la democracia de acuerdo con el espíritu y la letra de la Carta Democrática firmada en Lima por todos los Estados miembros, nada menos que el 11 de septiembre de 2001, y, por el contrario, ha contribuido a su debilitamiento.

Tal vez el pecado original de Insulza es que le debe su cargo al apoyo de Hugo Chávez, lo que ni siquiera impidió que, en su momento, el venezolano, molesto por alguna declaración suya, lo calificara de ``pendejo''. En todo caso, cuando Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega o Rafael Correa han violado las libertades fundamentales de sus pueblos, silenciando a la prensa, acosando a la oposición o destruyendo la independencia de los otros poderes --el judicial y el legislativo--, el señor Insulza ha mirado en otra dirección, ha ignorado a las víctimas y ha justificado su inacción amparándose en la coartada de que se trataba de los asuntos internos de esos países.

Poco antes de la elección de Insulza, en mayo de 2005, el otro candidato, respaldado por Estados Unidos y por varias democracias, era el ex presidente salvadoreño Francisco Flores. ``Paco Flores'' es una persona conocida por su integridad y decencia, pero, ante un virtual empate, la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, cedió a las sugerencias y presiones de Ricardo Lagos, entonces presidente de Chile, amigo y compañero socialista de Insulza, quien la convenció de la idoneidad de éste para el cargo y de sus convicciones democráticas. Fue un error de Rice, probablemente provocado por la escasa importancia que desde siempre les han dado en Washington a los asuntos latinoamericanos.

Para Estados Unidos, la América Latina es sólo una fuente de materias primas --petróleo, cobre y otras minucias-- con la que, desde hace unos años, tiene una balanza comercial negativa, pero no es un territorio vital desde el punto de vista tecnológico o financiero. No obstante, en el geopolítico sí hay cuatro temas básicos que preocupan en Washington: el tráfico de drogas, la inmigración ilegal, la complicidad con los terroristas islámicos y las relaciones con Irán que hoy tienen algunos países de la zona --especialmente Venezuela--, en lo que parece ser el desarrollo de armas nucleares que un día, tras ser producidas por los científicos iraníes, pudieran incorporarse al arsenal venezolano.

¿Quién pudiera reemplazar a José Miguel Insulza al frente de la OEA? Tal vez es el momento de pensar en un ex canciller o ex presidente centroamericano, o en una figura prominente del Caribe, pero quien sea debe tener la entereza de responder a los principios consignados en los documentos fundacionales del organismo y en la Carta Democrática, aunque ello signifique el enfrentamiento con Chávez y con sus satélites. Lo que no resulta tolerable es que los enemigos de la democracia utilicen la OEA para fines contrarios a las razones que le dan forma y sentido a su existencia.

El Washington Post, en un artículo reciente, sugería que algunos congresistas norteamericanos congelaran los pagos y subsidios a la OEA si la institución mantenía el rumbo que le había asignado Insulza. Esa no es una buena idea. Es posible que Hugo Chávez llegue con sus petrodólares a comprar la institución a precio de saldo si Estados Unidos le deja el camino libre. Sin embargo, de persistir la OEA en el camino actual, ciega y sorda ante las violaciones a las reglas democráticas y el clamor de las víctimas, tal vez lo sensato es crear un organismo paralelo junto a las naciones dispuestas a defender las libertades y el Estado de derecho. Lo que no tiene sentido es mantener en Washington un costoso aparato que, lejos de servir a los pueblos de América, contribuye a perjudicarlos.

lunes, 8 de febrero de 2010

El Matón patriótico

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Febrero 8 de 2010

Se multiplica la violencia en Venezuela. Las turbas chavistas amenazan, golpean y acosan a los adversarios del gobierno que se atreven a protestar públicamente. A veces utilizan armas de fuego. Se desplazan en motocicletas desde las que disparan. Tienen licencia para hacer daño. Es lo que se espera de ellos. Es lo que hacen llenos de ardor ideológico. No son enfermos ni locos. No se sienten criminales. Son matones patrióticos. Son revolucionarios poseídos por la certeza de que a los enemigos del chavismo, que son, claro, los enemigos de la patria, hay que aplastarlos como si fueran cucarachas.

Hace unos cuantos años recibí en mi oficina de Madrid a un hombre joven que, en su adolescencia, había sido un matón patriótico. Decía estar arrepentido. En 1980, cuando estudiaba en una escuela secundaria (tendría unos 14 años) había participado en el asesinato de un maestro durante un ``acto de repudio''. En Cuba los actos de repudio son manifestaciones colectivas de odio organizadas por la policía política y el partido comunista. Su función es aterrorizar a la sociedad para que las personas obedezcan. En ese año hubo miles de actos de repudio porque decenas de millares de personas querían huir de la Isla. El maestro, un mulato que enseñaba inglés, había notificado que deseaba abandonar el país y el gobierno decidió darle un escarmiento con sus propios alumnos. Comenzaron a gritarle. Lo llamaban ``gusano''. Lo escupieron. Uno lo abofeteó. Cayó al suelo y empezaron a patearlo. Lo mataron a patadas. Lo aplastaron como a un ``gusano''.

Los jóvenes matones patrióticos no sintieron ningún remordimiento. En abril de 1967, el Che había prescrito la correcta actitud moral que debía acompañar a los revolucionarios en su ``Mensaje a la Tricontinental'': ``El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar''. Un buen revolucionario debía ser una fría máquina de matar. El era así. Lenin era así. Fidel y Raúl Castro son así. Nunca les ha temblado el pulso en el momento de eliminar a un supuesto enemigo de la revolución. Los nazis y fascistas eran así. Los suicidas-terroristas del mundo islámico son así. Convencidos de la santidad de la causa que defienden, los matones patrióticos son capaces de cualquier cosa.

El matón patriótico no debe ser confundido con los sicarios o con los sicópatas. Los sicarios son profesionales del crimen. Los sicópatas no necesitan razones ni justificaciones para cometer asesinatos o hacerle daño a un semejante. Son indiferentes ante el dolor ajeno. El matón patriótico es otra cosa. Cuando Hugo Chávez o los Castro alientan a sus turbas a apalear a los adversarios sienten que están cumpliendo con unas normas morales superiores vinculadas al mejor destino de la humanidad, algo que sólo ellos conocen. Por eso son tan peligrosos. No hay nadie más letal que un tipo poderoso y duro adscrito a una ética de fines dispuesto a ensayar cualquier medio para lograr sus objetivos. Así era Adolfo Hitler.

Ese es el inmenso riesgo del marxismo que hoy intentan revitalizar los partidarios del Socialismo del siglo XXI. Marx postulaba la inevitabilidad de la lucha de clases, creía que la violencia era la partera de la historia y defendía la dictadura del proletariado como forma de alcanzar el paraíso sobre la tierra. Quienes tomaron en serio sus enseñanzas causaron cien millones de muertos a lo largo del siglo XX. No ha sido la única experiencia nefasta contemporánea --el fascismo y el nazismo fueron terribles--, pero ha sido el más cruento episodio de la historia política de nuestra especie. Lenin, Stalin, Mao, Fidel Castro, Pol Pot, Ceausescu, el resto de esa destructiva banda no eran asesinos en serie. Eran matones patrióticos.

lunes, 25 de enero de 2010

Port-au-Prince o la ciudad imposible

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Enero 25 de 2010

Cuando se entierre el último cadáver haitiano comenzará la reconstrucción de Port-au-Prince. No es la primera vez que una población tiene que rehacer una parte sustancial de la ciudad en la que vive tras la devastación producida por terremotos, incendios, huracanes o por bombardeos. En este caso, no obstante, hay un aspecto muy peculiar: antes del seísmo, la capital del país era un total desastre urbano. Los edificios eran precarios, feos, muchas viviendas no era otra cosa que casuchas construidas con unas cuantas vigas de madera cubiertas de latón. El suministro de agua potable y alcantarillado apenas llegaba a la tercera parte de la población. Las calles solían ser unos cariados caminos de polvo que se tornaban en lodazales con las lluvias tropicales.

Más que una ciudad, Port-au-Prince era un amasijo urbano en un creciente proceso de ``tugurización''. ¿Cómo llegó a ese extremo? Miles de campesinos sin oficio ni beneficio a lo largo del tiempo se habían ido incorporando paulatinamente a la desvencijada urbe porque en las zonas rurales las posibilidades de supervivencia eran aún peores. Mientras en el resto de América Latina las capitales suelen ser sitios notables moteados con barrios miserables, Port-au-Prince era una ciudad absolutamente miserable salpicada con algunas zonas aceptables de confort.

En principio, ante esta situación, el terremoto podría aparecer como una oportunidad para construir una capital mejor, diferente, pero las ciudades son siempre una expresión de su realidad económica y social, de la cosmovisión de sus habitantes, de sus inclinaciones estéticas, de las riquezas que son capaces de generar, del orgullo histórico con que las contemplan. En Europa, por ejemplo, es conmovedora la voluntad de los alemanes de Dresde por rehacer la ciudad gloriosa que un día fue sede del soberano de Sajonia (y donde Schiller, siglos más tarde, escribiera el Himno a la alegría que es hoy la canción oficial de la Unión Europea), una bella ciudad devastada por los bombardeos de la Segunda guerra y luego por la estupidez urbanística de los comunistas de la RDA que la controlaron por más de cuarenta años.

Pero, ¿qué van a reconstruir los pobres haitianos? ¿Cuál es la memoria histórica que quieren reproducir? ¿Cuál es la referencia que guardan en la memoria? Cuando los polacos rehicieron el casco histórico de Cracovia apelaron a las fotos anteriores a la guerra. Amaban la ciudad destruida y querían recuperarla. Los pobres haitianos, comprensiblemente más interesados en sobrevivir que en cualquier otra cosa, no tenían (tal vez no podían tener) amor por una ciudad de la que era imposible sentirse orgullosos. Al menos, esa ha sido la triste sensación que he tenido en cada una de las cinco o seis visitas que he hecho a Port-au-Prince.

La paradoja es tremenda. Por supuesto, hay que barrer los escombros y construir escuelas, hospitales, viviendas y caminos a la mayor velocidad posible; y es verdad que esos trabajos, pagados por las naciones ricas, estimularán la economía, pero probablemente ese intenso foco de actividad laboral atraerá más población rural hacia la abatida ciudad, lo que en su momento acentuará muchos de los problemas que padecía antes del terremoto.

Hace ya varias décadas que escuché la frase ``Haití no es viable como nación''. Entonces, alguna publicación internacional tan creativa como impráctica propuso que una parte sustancial de los haitianos se trasladara a la Guyana francesa, en la frontera de Brasil, territorio semidespoblado, tres veces mayor que Haití, pero con una densidad de población cien veces menor. Nadie, claro, le hizo el menor caso.

En realidad, no hay países inviables si su sociedad es capaz de crear un aparato productivo que pueda sostener a la población. Israel es más pequeño que Haití, originalmente su territorio es infinitamente menos fértil, la densidad de población es considerablemente más alta, pero Israel es un país tan rico que hoy tiene a cientos de médicos, socorristas y personal sanitario ayudando a los haitianos dentro del mayor hospital de campaña de cuantos ayudan en Port-au-Prince. ¿Cómo ha logrado ese milagro? Todos lo sabemos: fomentando un enorme capital humano. Junto a la reconstrucción de la ciudad hay que pensar en la reconstrucción de la sociedad. No hay ciudad confortable sin ciudadanos aptos. Ese es el reto.

Marxistas y liberales: respuesta al economista Haroldo Dilla

Carlos Alberto Montaner

El Diario Exterior, Madrid

Enero 24 de 2010


He leído con mucho interés, como suelo hacer, la respuesta de Haroldo Dilla. No sabía que era un experto en historia haitiana. La bibliografía de él que conozco no permite adivinar esa faceta suya.
Me parece admirable.

Mi conocimiento sobre Haití, en cambio, es más bien precario. He leído lo que cuentan las historias generales de América Latina, algunos ensayos biográficos aislados y varias docenas de artículos especializados. Apenas he visitado el país media docena de veces, y sólo en dos de ellas me aventuré a recorrerlo junto a líderes haitianos que entonces estaban vinculados a la Internacional Liberal. Fue de labios de ellos que escuché muchas historias del cochero Toussaint L´Overture, un personaje dotado de cierto talento como guerrero, de Henry Christophe, sirviente en un hotel con bastante de psicópata sanguinario, cuya Citadelle recorrí con una mezcla de admiración y horror, y de Dessalines, tan desdichado que era esclavo de otro negro, lo que, curiosamente, no disminuyó su odio feroz contra los blancos, actitud de la que los dominicanos todavía guardan cierta memoria.

Mi visión de las relaciones entre Haití y República Dominicana la adquirí en los magníficos libros de mi amigo Frank Moya Pons y en larguísimas charlas con tres de los dominicanos más inteligentes que he tratado en el país: Federico Henríquez Gratereaux, Frank Marino Hernández y José Israel Cuello. Frank Marino, lamentablemente, ya murió.

Los escuchaba con gran atención porque, al fin y al cabo, era una historia que, en alguna medida, me resultaba cercana. Una rama de mi familia materna llegó a Santo Domingo en el segundo viaje de Colón, allí se mantuvo cuatro siglos, y desciende directamente de Rodrigo Bastida y de su yerno Gonzalo Fernández de Oviedo. Mi abuela (Lavastida Landestoy) ahí nació y emigró a Cuba a principios del siglo XX. A lo largo del XIX, generalmente huyendo de la guerra y de la invasión haitiana, muchos de sus parientes ya se habían instalado en Cuba. Mi abuela, por cierto, estaba emparentada, con dos ilustres domicanos-cubanos: Máximo Gómez Báez (por los Báez) y José María Heredia (por los Heredia).

Nada de esto, naturalmente, tiene que ver con el intercambio de ideas (no lo llamaría debate) con el amigo Dilla, pero supuse que a algunos lectores cubanos avecindados en República Dominicana les interesaría conocer estos curiosos detalles familiares escasamente relevantes, salvo para mi propia tribu.

Voy al grano.

Repito el corazón de mi argumentación: Haití, paulatinamente, se convirtió en un estado fallido porque saltó del barracón a la casa de gobierno, sin experiencia en la administración y con una élite tan frágil y tan poco densa que no fue capaz de crear instituciones republicanas sólidas y no supo transmitir la autoridad de una manera racional.

En última instancia, lo que afirmo es que el estado haitiano fracasó por razones endógenas y no por causas externas. Ni la deuda impuesta por los franceses como indemnización por la pérdida de la colonia, ni la ausencia de reconocimiento internacional (que no impedía el comercio), ni el trato áspero de las grandes potencias causaron la progresiva pauperización y crisis del Estado haitiano. Fue la élite haitiana, salida del seno de esa convulsa sociedad, la que tomó los caminos equivocados para el conjunto.

Con el objeto de demostrar que las cosas hubieran podido ser de otro modo, destaqué el caso de la vecina isla de Barbados, reseñada en el Índice de Desarrollo Humano que anualmente publica Naciones Unidas como la sociedad más exitosa de América, exceptuados Estados Unidos y Canadá. Y si apelé a ese ejemplo, fue para demostrar que una sociedad de orígenes muy parecidos a los de Haití (una terrible plantación de esclavos cruelmente maltratados por sus amos) podía triunfar si contaba con las instituciones adecuadas, extremo que fue posible en ese país por la honda huella civilizadora y la experiencia en autogobierno que dejó Gran Bretaña en la Isla.

La reacción de Dilla a este argumento me parece sorprendente. Dilla se rió cuando la leyó y hasta buscó a Marx en su ayuda (entiendo que con esas apoyaturas se equivoque frecuentemente). Precisamente, por el hecho de ser un “microestado” desovado por el peor colonialismo esclavista, con sólo 431 kilómetros cuadrados y unos 300,000 habitantes —una densidad poblacional parecida a la haitiana—, es la demostración de que no hay estados “inviables”, sino estados pésimamente gobernados.

Si los barbadienses, en el mismo escenario caribeño, en un espacio mucho más reducido, con peores condiciones naturales que Haití, han logrado crear suficientes riquezas (US$17,000 de PIB anual medido en poder de compra) y constituido una sociedad educada y decente, con sólo una décima parte de la población por debajo de los límites de pobreza, eso demuestra que tanto los problemas como las soluciones dependen del comportamiento interno de la sociedad y no de las circunstancias exteriores.

Me imagino que a Dilla también le parecerá risible el caso del Principado de Andorra, de tamaño similar a Barbados, pero con un milenio de historia exitosa y pacífica en medio de dos países que se destripaban frecuentemente. Y seguramente se reirá de Singapur, otro microestado que comenzó su andadura independiente en 1966, en medio de una crisis política y económica enorme, exactamente cuando las supersticiones marxistas demolían el aparato productivo cubano.

Como los resultados de ambos países —Cuba y Singapur—, al cabo de varias décadas están a la vista, ni siquiera me tomo el trabajo de contrastar qué ha ocurrido en el microestado asiático frente a lo sucedido en la pobre Cuba, porque estoy seguro de que Dilla, además de conocer profundamente la historia haitiana, maneja la información adecuada sobre la economía contemporánea. La diferencia, además, no es para reír sino para echarse a llorar.

Por otra parte, fui yo quien encontró cómica la explicación de Dilla del catastrófico desempeño haitiano: “Yo remito esa caída —dice— a la manera como Haití quedó inserto en la economía regional/mundial en el siglo XX, como proveedora de mano de obra barata y desprotegida para la acumulación capitalista en Cuba y República Dominicana (…)”. O sea, para el amigo Dilla la Teoría de la Dependencia, pese a la experiencia de la segunda mitad del siglo XX, continúa vigente. Como suelen decir los españoles, hay gente “inasequible al desaliento”. Cuanto lo siento.

Dilla no ha leído las declaraciones de Fernando Henrique Cardoso (autor del mejor resumen de ese disparate, escrito junto a Enzo Faletto), en las que pide que olviden cuanto escribió basado en la absurda premisa de la Teoría de la Dependencia, desmentida una docena de veces por casos como los de Taiwán, Corea del Sur, Singapur, etc., países de la supuesta “periferia” que pasaron a formar parte del “centro” con la colaboración y no la oposición de las naciones desarrolladas.

Dilla no ha tomado en cuenta las humildes rectificaciones de la CEPAL a las elucubraciones equivocadas de los economistas estructuralistas que le dieron vida, ni siquiera las del propio Raúl Prebisch, apóstol del desaguisado a mediados del siglo pasado. Dilla, cuando ve el ejemplo del Estado de Israel, un pequeño gigante brotado en el desierto, no es capaz de comprobar que nada ni nadie impide que una sociedad progrese y prospere en las peores circunstancias. Empantanado en la visión victimista de la Teoría de la Dependencia, el amigo Dilla es indiferente a la realidad.

Como Dilla, además, no sabe qué es la modernidad ni cómo se forjó, pero tiene la gentileza de recomendarme lecturas (que buscaré ávidamente), me permito proponerle que lea con mucho cuidado la obra de Douglass North, el Premio Nobel de Economía (1993), para que pondere el peso de las instituciones en el desarrollo económico, y en especial sus finas disquisiciones sobre las “sociedades de acceso abierto y acceso limitado”, porque probablemente eso contribuirá a ampliarle sus horizontes de análisis, tal vez muy constreñidos por la pobreza sin remedio del pensamiento marxista.

Otros autores que seguramente no eran populares en Cuba, pero que le recomiendo vivamente para que entienda mejor cómo las sociedades crean o destruyen la riqueza, además de North, son F. Hayek, James Buchanan, Gary Becker, Robert Fogel, Milton Friedman —los cinco obtuvieron el Nobel de Economía, y dos que no lo recibieron, pero lo merecían: L. von Mises e Israel Kirsner. La ventaja que tiene este selecto grupo de pensadores liberales es que abordan el tema desde diversas perspectivas: culturalistas, institucionalistas, monetaristas, fiscalistas y empresarialistas.

Tampoco entiendo muy bien (salvo si tomo en cuenta los estereotipos absorbidos por Dilla en Cuba tras medio siglo de distorsiones de la percepción) que me incite a “dar un paso adelante respecto a los dogmas liberales y la retórica del discurso seguro que le acompañan”.

¿Qué debo abandonar del pensamiento liberal? Me encantaría que me lo señalara. Los principios básicos que defendemos los liberales, y las medidas de gobierno que solemos recomendar, son estos: defensa de las libertades individuales, límites a la autoridad, separación y equilibrio de poderes, respeto por los derechos humanos, laicismo del sector público, tolerancia con la diversidad, supremacía de la sociedad civil, exigencia de transparencia y rendición de cuentas en los actos de gobierno, igualdad ante leyes neutrales, pluralismo político, consultas democráticas periódicas, descentralización del Estado, economía libre que respete la propiedad privada y que deje al mercado, y no a la arbitrariedad de los comisarios, la asignación de recursos o la fijación de los precios (como sucede en Cuba), comercio libre, control del gasto público y de la inflación, equilibrio fiscal, competencia entre las empresas y meritocracia entre las personas.

Francamente, me intriga saber cuáles son los principios o las medidas de gobierno que le resultan equivocadas o contraproducentes al economista Dilla.

¿Se da cuenta el amigo Dilla que las treinta naciones más felices y desarrolladas del planeta son las que se conducen con arreglo a esos principios y medidas liberales, unas veces bajo la gerencia de socialdemócratas, y otras bajo democristianos, conservadores o los que nos llamamos liberales, hijos todos de una misma familia procreada, en los tiempos modernos, por Locke, Smith, Montesquieu y una larga cadena de pensadores que desde la Ilustración hasta nuestros días han ido refinando incesantemente las ideas originales que dieron origen a la democracia liberal?

Me temo, en cambio, que es el amigo Dilla quien debe revisar sus lecturas y premisas, porque lo que no encaja en la tradición liberal de Occidente es el marxismo, con su receta odiosa de lucha de clases, dictadura del proletariado, intolerancia, y desaparición de las libertades y de la propiedad privada, inevitablemente conducentes a los mataderos y el empobrecimiento.

¿Cómo se puede ser marxista tras la horrenda experiencia del siglo XX? Realmente, lo ignoro. ¿Se ha percatado Dilla de que el marxismo, convertido en discurso legitimador del gobierno, siempre ha terminado erigiendo paredones y calabozos en medio de la miseria? ¿Cómo se puede ser marxista tras los ejemplos de las dos Alemania y las dos Corea? ¿Cómo se puede ser marxista y conocer a fondo lo sucedido en nuestra desdichada Cuba? ¿Cómo se puede ser marxista cuando se comprueba, invariablemente, que en la construcción de los estados comunistas han fracasado germanos, eslavos, turcomanos, latinos, latinoamericanos, asiáticos, católicos, ortodoxos, protestantes, todos, porque, como me confesara con humildad Alexander Yakolev, el padre de la Perestroika, en su despacho de Moscú (que antes había sido de Suslov), la sangrienta utopía marxista no tenía en cuenta la naturaleza humana.

En fin: tal vez la diferencia esencial entre ser liberal y marxista es ésta: un verdadero liberal, si no está dispuesto a traicionar los valores que perfilan su conciencia, tiene la obligación moral de respetar a un marxista aunque piense que está equivocado; un marxista, en cambio, en nombre de la revolución se siente justificado para perseguir a un liberal, encarcelarlo, matarlo si es necesario y, en definitiva, extirparlo de la faz de la tierra porque los adversarios de sus ideas son, en realidad, despreciables enemigos del pueblo. Es lo que han hecho siempre cuando han ocupado el poder.

lunes, 11 de enero de 2010

América Latina: a tiros

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Enero 11 de 2010

El mapa político latinoamericano está cambiando a tiros. La violencia es el problema mayor de Venezuela. Así lo perciben los venezolanos de acuerdo con las últimas encuestas. Eso se refleja en la caída de la popularidad de Hugo Chávez. Y con razón: Caracas se ha convertido en una ciudad sin ley, en la que el 95% de los crímenes ni siquiera llega a los tribunales. Antonio Ledezma, el alcalde, ganó ampliamente las elecciones pasadas denunciando la inseguridad de los ciudadanos caraqueños. Chávez lo privó de recursos para combatir el crimen (en realidad lo privó de recursos para todo), la situación empeoró y la culpa se la atribuyen al pintoresco presidente. Caracas ya es una de las tres ciudades más peligrosas del mundo. Las otras dos son Ciudad Juárez, en México, y New Orleans en Estados Unidos.

Los países del norte de Centroamérica (Honduras, El Salvador y Guatemala) son también unos impresionantes mataderos, como no se cansa de denunciar, a riesgo de su vida y sufriendo toda clase persecuciones, la periodista radial guatemalteca Marta Yolanda Díaz-Durán. Los tres del sur (Nicaragua, Costa Rica y Panamá) tienen tasas de homicidios tolerables, pero con una peligrosa tendencia a subir que los electores castigan en las urnas. Esa situación contribuyó a darle la victoria al panameño Ricardo Martinelli y, sorpresivamente, ha impulsado hasta un honroso segundo lugar al candidato costarricense Otto Guevara, un libertario moderado, que goza de una notable reputación internacional, quien pudiera convertirse en presidente si Laura Chinchilla, representante del oficialismo, no gana en primera vuelta, para lo cual necesitaría obtener un 40% de los votos. Guevara ha hecho de la ``mano dura'' su tema favorito de campaña y sus compatriotas le están respondiendo.

El problema de la ``mano dura'' (que, sin duda, se necesita) es que cuesta mucho y es muy difícil. No sólo se trata de poner más policías en la calle. Es necesario endurecer la legislación para que los jueces no deshagan lo que la policía logra con sus detenciones. Hay que aumentar la vigilancia electrónica, infiltrar las organizaciones de criminales, recompensar generosamente a los informantes, tecnificar a los policías, impedir que se corrompan y castigarlos cuando lo hacen, mejorarles los salarios, fabricar cárceles, multiplicar los tribunales e invertir ingentes cantidades de dinero en el ``sistema de justicia'', un amplísimo arco que va desde la preparación de los estudiantes de Derecho y Criminología, hasta la formación de miles de carceleros capaces de mantener el orden y la disciplina en los penales, para que no suceda lo que ocurre en Brasil, Venezuela o México, donde muchos de estos recintos se han convertido en feudos manejados por los propios delincuentes.

Y hay, además otro costo ingente: la prevención de la delincuencia en la adolescencia, dentro y fuera de las cárceles. Se necesita una muchedumbre de psicólogos bien formados dispuestos a enfrentar el problema desde sus inicios. Se sabe que, generalmente, los criminales comienzan sus sangrientas carreras antes de los 18 años, y casi nunca el primer delito es degollar a una anciana para robarle el reloj. Usualmente, comienzan por pequeñas violaciones de la ley. Es en ese punto donde un buen psicólogo juvenil adiestrado en las técnicas de William Glasser puede modificarles su comportamiento. Una vez que los jóvenes delincuentes han sido capaces, como ocurrió en Guatemala, de asesinar a un maestro, arrancarle el corazón y jugar con él al fútbol, ya no hay otra cosa que hacer que encerrar a los monstruos y tirar la llave al mar.

¿Cuesta mucho la ``mano dura''? Tal vez, pero infinitamente menos que no dominar y encarcelar a los delincuentes. Algunos especialistas mexicanos calculan que la inseguridad ciudadana le cuesta al país el 8% anual de su PIB. Los inversionistas extranjeros se lo piensan dos veces antes de llevar sus capitales a estos lugares violentos y los nacionales se largan al extranjero acosados por la incertidumbre. Se ha dicho mil veces: no hay animal más cobarde que un millón de dólares. España y Estados Unidos han recibido a decenas de millares de ciudadanos emprendedores y creadores (o tenedores) de riqueza que huyen de los matarifes locales que los asustaban.

Quienes tienen razón, pero poca, y la poca que tienen no les sirve de nada, son los que suponen que la causa de tanta delincuencia radica en las escasas oportunidades económicas que existen en las sociedades latinoamericanas. Haití, que es una catástrofe con bandera e himno, el país más pobre de América Latina, tiene una tasa de homicidio de 11.5 por cien mil habitantes, mientras la vecina Jamaica, mucho más rica, alcanza los 49. El problema de fondo es cultural, sistémico, y hay que abordarlo desde muchos ángulos simultáneamente. Por eso es tan difícil de aliviar.

viernes, 8 de enero de 2010

Cuba: tres generaciones inútilmente sacrificadas

Carlos Alberto Montaner

El Nuevo Herald, Miami

Diciembre 27 de 2009

Puedo escribir los textos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: la revolución cubana va a cumplir 51 años, pésimamente dirigida por los hermanos Castro, y no se avizora el menor síntoma de cambio, alivio o rectificación. El gobierno insiste en el disparatado curso de la planificación centralizada, los planes quinquenales, el colectivismo, la burocracia indolente que todo lo controla, el palo y tentetieso contra cualquiera que desafine en el coro, bajo la autoridad de un partido único guiado por Fidel, el líder amado, y por su hermano Raúl, porque, para colmo, ahora hay que practicar la bigamia cortesana y amar a dos líderes repulsivos simultáneamente.

Fidel y Raúl llegaron al poder sin ninguna experiencia de gobierno hace medio siglo, pero no han logrado aprender nada. Todo un récord. Hoy son dos ancianitos puntillosamente incompetentes, que han agravado hasta el sadismo los cinco elementos básicos que le dan sentido y forma material a cualquier sociedad moderna: alimentación, agua potable, vivienda, transporte y comunicaciones. Si hubiera un premio a la incapacidad gerencial habría que dárselo a estos dos personajes.

Raúl acaba de decir que en el 2009 las exportaciones cayeron un 23%, las importaciones un 37 y las inversiones un 16. Pero esos son números vacíos. Aquí va un dato que es un reflejo más elocuente del panorama general: en el 2009 el país produce la misma cantidad de azúcar que en 1902, cuando no había tractores, electricidad o camiones. En 1902 existían un millón y medio de cubanos que se movilizaban a lomo de caballo. Hoy hay once que ya ni siquiera tienen caballos. El país se hunde por la improductividad tremenda de un sistema que no ha funcionado bien en ninguna latitud, pero que en Cuba ha alcanzado la más profunda sima imaginable.

Esto es importante tenerlo en cuenta para entender el estado anímico de la sociedad cubana: las tres primeras generaciones de la república (1902 a 1958), en medio de crisis económicas –incluida la del 29– desórdenes, corrupción y periodos dictatoriales, progresó constante y notablemente hasta colocarse en el pelotón de vanguardia de América Latina. Cada una de esas generaciones vivió mejor que la anterior. En cambio, las tres generaciones posteriores que sólo han conocido la dictadura comunista (1959 a 2009) han tenido la experiencia contraria: cada una de ellas ha vivido peor que la precedente. Por eso los cubanos sólo piensan en emigrar: los Castro les enseñaron la cruel lección de que el futuro siempre será más negro, pobre y desagradable que el miserable presente que padecen.

Prueba al canto: una encuesta secreta realizada hace unos meses por el Partido Comunista en la Universidad de La Habana (un universo de 30,000 personas supuestamente simpatizantes del régimen) arrojó unos resultados devastadores: las tres cuartas partes de los estudiantes, profesores y administradores deseaban ardientemente la erradicación del sistema y su sustitución por un modo racional de organizar la convivencia. Los Castro, en lugar de admitir la evidencia, se limitaron a echar al rector, como si el pobre tipo fuera el causante del rechazo que provoca el prolongado disparate revolucionario.

¿Cómo va a terminar este fallido proceso político? Sin duda, con la demolición de esa disparatada forma de gobernar. El sistema comunista tiene muy pocos partidarios reales en el país. Hay, sí, gente que aplaude o que se presta a apalear adversarios en pogromos orquestados por la policía política, pero ya son contadas las personas con convicciones marxistas, persuadidas de que ese modo cruel de estabular a la sociedad algún día les traerá la felicidad a los cubanos.

¿Cuándo va a ocurrir esto? Como todos sabemos, hay que acogerse a la vieja fórmula española con que la oposición democrática, incapaz de arrebatarle el poder a la dictadura o de cambiar sustancialmente el sistema, se resignó a esperar por la muerte de Francisco Franco: la melancólica “solución biológica”. Primero, Fidel (83) debe tener la esperada cortesía de morirse, y luego Raúl (78), siempre un buen discípulo, debe seguirle los pasos educadamente.

Raúl, es verdad, intenta consolidar el PC con sus incondicionales para tratar de perpetuar el sistema, pero esa estratagema no funcionará. A ellos, a los Castro, los obedecen por miedo y por la inercia propia de estas largas tiranías –como ocurría en la España de Franco o en la República Dominicana de Trujillo–, pero una vez que desaparece el sultán, o los sultanes, comienzan a aflorar los verdaderos deseos de la inmensa mayoría: enterrar de una vez esta etapa de violencia e irracionalidad que han padecido los cubanos por más de medio siglo.

lunes, 4 de enero de 2010

Correa: recetario para un desastre

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Diciembre 4 de 2009

Rafael Correa, el presidente de Ecuador, acaba de publicar un libro. Lo llamó Ecuador: de Banana Republic a la No República. Supone que el país, bajo su mando, dejó de ser una república bananera, gobernada arbitrariamente en beneficio de una oligarquía deshonesta y del capital extranjero, para convertirse en otra cosa que no es, tampoco, una república tradicional con su separación y equilibrio de poderes, su constitución neutral y sus instituciones abiertas que propician los cambios suavemente al amparo tranquilo del Estado de Derecho.

En la solapa del libro Correa aporta sus notables credenciales académicas y declara su filiación ideológica. Dice ser un seguidor de la doctrina social de la Iglesia y de la hoy muy desacreditada teología de la liberación. Pero es en el texto, compuesto por artículos previamente publicados, donde encontramos las claves de su visión de los problemas de Ecuador. Es ahí donde comparece una abultada lista de malos a los que fustiga junto a los buenos a los que cita elogiosamente.

La lista de los villanos es muy extensa: prácticamente todos los presidentes que lo precedieron en el poder, los organismos internacionales de crédito, ``la nefasta burocracia internacional y sus corifeos'', el mercado y ``la mano invisible'' que lo guía, el Consenso de Washington, la independencia del Banco Central, la dolarización del país, el comercio libre internacional (el ALCA), la privatización, lo que llama ``la larga y triste noche neoliberal'', las concesiones de los servicios a la empresa privada y la ``tercerización'' o contratación a terceros para evitar cargas fiscales o presiones sindicales. En la página 64 manifiesta una intención que me parece encomiable: ``Liberar al Estado de los grupos de poder que lo controlan''.

Sus héroes son el Estado, la teoría de la dependencia, la planificación, el gasto público, el dirigismo desarrollista, una moneda nacional que sirva para encajar las crisis y compensar la improductividad del país, Raúl Prebisch, J. M. Keynes, James Petras --un disparatado economista marxista radical--, las protecciones arancelarias para desarrollar la industria nacional, cierta conveniente inflación y hasta Facundo Cabral y Eduardo Galeano, como para poner cierta nota folclórica a un texto que es semiacadémico.

El libro tiene algunos errores impropios de un economista formado en Estados Unidos como, por ejemplo, afirmar que el gobierno de F. D. Roosevelt revocó el patrón oro en 1933, algo que sucedió, realmente, durante la administración de Richard Nixon varias décadas más tarde. Roosevelt lo que hizo fue devaluar el dólar con relación al oro: de 20 dólares la onza a 35, medida que, en su momento, fue considerada por muchas personas como una violación de los derechos de propiedad.

Estamos, pues, ante un gobernante que posee cierta visión ideológica perfectamente calificable como estatista (``tercermundista'', le llamaba Carlos Rangel), acompañada por una acendrada desconfianza en la economía de mercado y en las intenciones de las grandes democracias desarrolladas. Lamentablemente, a esta equivocada forma de entender cómo debe gobernarse, cuarenta veces fracasada en América Latina a lo largo del siglo XX, se une un temperamento claramente autoritario, según su propio hermano, y la perniciosa arrogancia intelectual de quien no conoce la duda y se mantiene indiferente ante una realidad que desmiente constantemente las premisas de las que parte.

Si, de acuerdo con el análisis de Correa, la clase política ecuatoriana es totalmente venal e ignorante, y está rodeada por un ejército de funcionarios indolentes, ¿por qué cree que el Estado va a solucionar los problemas de la sociedad mejor que la sociedad civil? Si el sector público ecuatoriano es un minucioso desastre y su propio gobierno naufraga en medio de la corrupción y la ineficacia (según también opina su hermano) y ni siquiera pudo prever el anunciado colapso de la distribución de energía eléctrica, ¿qué le hace pensar que dándole más poder y entregándole más recursos ese Estado va a hacer mejor su trabajo?

En lugar de mirar hacia Venezuela, que es el modelo perfecto de cómo no debe gobernarse a una sociedad, el señor Correa debería observar cuidadosamente el tipo de Estado que los chilenos han construido a partir de los años ochenta, y luego, inteligentemente, han conservado y profundizado los posteriores cuatro gobiernos de la democracia, como hará el que salga electo en las próximas elecciones. Es verdad que los chilenos hacen lo contrario de lo que Correa prescribe, pero parece aconsejable imitar los ejemplos exitosos, no los fallidos.

Al final de su libro, Correa cita a dos economistas que, probablemente, no ha leído o, peor aún, no ha entendido, Ronald Coase y Douglas North, y asume con ellos que la prosperidad, el desarrollo y la estabilidad dependen de la calidad de las instituciones y del carácter predecible de las reglas. Exactamente lo opuesto a lo que hace su gobierno. Eso se llama cultivar la esquizofrenia intelectual.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El socialismo mata

Carlos Alberto Montaner

Diario de América, Nueva York

Diciembre 14 de 2009

Swaminathan Aiyar es un notable economista hindú que ha sacado una cuenta muy incómoda. Se le ocurrió medir el enorme precio que pagó la población de la India por no haber hecho antes la reforma económica que hoy mantiene en su país un ritmo de crecimiento que excede el 7% anual, reduce vertiginosamente el porcentaje de pobres y mejora sustancialmente la calidad de vida de los más necesitados. Los números son impresionantes: no haber hecho la reforma con antelación provocó la muerte de 14.5 millones de niños, mantuvo a 261 millones en el analfabetismo y a otros 109 por debajo de los límites de la pobreza. El estudio lo acaba de publicar el Cato Institute de Washington y se titula El socialismo mata.

Los latinoamericanos deberían aprender de esta experiencia. No hacerlo, además de un crimen, es una estupidez casi perfecta. El ejemplo es muy claro: en la India ha habido dos grandes modelos de desarrollo. Entre 1947 y 1981 se ensayó la fórmula de la economía estatizada, dirigida por una enorme burocracia gubernamental, intensamente proteccionista, hostil a la empresa privada y a las inversiones extranjeras, convencida de las ventajas del desarrollo hacia dentro. El resultado de esa etapa socialista fue un crecimiento anual promedio de 3.5 que, cuando se descontaba el aumento de la población, quedaba reducido al 1.49.

Mientras los hindúes seguían esa senda socialista, tan parecida a los ensayos latinoamericanos, desde el peronismo hasta el chavismo, otros pueblos asiáticos --primero Taiwan, Corea del Sur, Hong-Kong, Singapur, luego Tailandia, Malasia e Indonesia-- tomaron el camino contrario: abrieron sus economías, alejaron al gobierno del aparato productivo y fomentaron la iniciativa privada. En otras palabras, liberalizaron decididamente sus economías. Al cabo de apenas una generación, los resultados que exhibían eran pasmosos: disminución drástica de la miseria y la ignorancia, mejora en todos los índices de desarrollo humano y surgimiento de unos robustos sectores sociales medios.

Presionados por esa inocultable realidad, los hindúes hicieron su reforma y abandonaron las fallidas supersticiones del socialismo, primero tibiamente, y luego con mayor ímpetu comenzada la década de 1990, hasta llegar a convertirse hoy en un actor de primer rango internacional que compite en precio y calidad con la China, a la que comienza a disputarle la condición de gran fábrica del mundo. (No olvido la sorpresa de unos amigos que necesitaban contratar un servicio de ventas telefónicas en América Latina y acabaron pactando con la sucursal de una compañía hindú radicada en Cochabamba, Bolivia.)

Es importante que los economistas latinoamericanos saquen la cuenta de cuánto nos cuestan los experimentos socialistas en sangre, sudor y lágrimas. Cuánto han pagado y pagan los argentinos por los tercos experimentos del peronismo. Cuál fue la inmensa factura pagada por la sociedad peruana durante la locura de Velasco Alvarado, la nicaragüense con el sandinismo o Cuba con su medio siglo de estalinismo.

La medición podía hacerse a partir de la experiencia chilena: ¿qué hubiera pasado en toda América Latina si los pueblos de nuestra cultura hubieran hecho una reforma económica como la llevada a cabo por los chilenos, iniciada durante la dictadura de Pinochet, pero sabiamente mantenida por los gobiernos de la democracia? En 1959, por ejemplo, Cuba tenía un tercio más de ingreso per cápita que Chile y más o menos la misma población. Hoy Chile triplica el ingreso de los cubanos, su población es un treinta por ciento mayor, y el país sudamericano se ha convertido en la secreta meta y destino de miles de cubanos que han conseguido instalarse allí, incluidos unos cuantos hijos de la clase dirigente convencidos de que el barco de los hermanos Castro se va a pique a corto o medio plazo.

¿Somos capaces los latinoamericanos de aprender en cabeza ajena? Con algunas dificultades, parece que sí. Perú, por ejemplo, es hoy el país que más crece en el continente, y eso se debe a que, de manera creciente, los últimos tres gobiernos peruanos han tenido el sentido común de inspirarse en el vecino Chile y abandonar paulatinamente las viejas prácticas del socialismo estatista. Eso significa menos pobreza y mejores estándares de vida para la inmensa mayoría de la sociedad. Sin embargo, lamentablemente, la racionalidad sigue siendo un bien escaso en nuestro mundo. Mientras los peruanos, como los chilenos, se mueven en la dirección que dicta la experiencia, Hugo Chávez y sus cómplices del socialismo del siglo XXI reinciden en el disparate. Insisten en hacerles daño a sus conciudadanos, convencidos de que los guían en la dirección de la gloria. No se han enterado de que el socialismo mata.