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lunes, 8 de marzo de 2010

Lula y los Castro

Mario Vargas Llosa

El Heraldo, Tegucigalpa

Marzo 8 de 2010

Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa.

La razón, supongo, es que vivo allá en países democráticos en los que, no importa los problemas que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la crítica, y los medios, los partidos, las instituciones y los individuos suelen protestar con entereza y ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre todo en el campo político.

En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de mi juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el beneplácito o la indiferencia general.

Esta mañana he vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al risueño presidente Lula del Brasil, abrazando cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos momentos en que los esbirros de la dictadura cubana correteaban a los disidentes y los sepultaban en los calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años, del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó morir de hambre -luego de someterlo en vida a confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más de treinta años de prisión- tras 85 días de huelga de hambre.

Cualquier persona que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma de disidencia y de crítica, la violación sistemática de los más elementales derechos humanos, procesos amañados para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan 51 años practicando esa política y solo los idiotas podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.

Pero de Luiz Inacio Lula da Silva, gobernante elegido en comicios legítimos, presidente constitucional de un país democrático como Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más digna y coherente con la cultura democrática que en teoría representa, y no la desvergüenza impúdica de lucirse, risueño y cómplice, con los asesinos virtuales de un disidente democrático, legitimando con su presencia y proceder la cacería de opositores desencadenada por el régimen en los mismos momentos en que él se fotografiaba abrazando a los verdugos de Orlando Zapata Tamayo. El presidente Lula sabía perfectamente lo que hacía. Antes de viajar a Cuba, cincuenta disidentes cubanos le habían pedido una audiencia durante su estancia en La Habana y que intercediera ante las autoridades de la isla por la liberación de los presos políticos martirizados como Zapata en los calabozos cubanos. Él se negó a ambas cosas. Tampoco los recibió ni abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a la isla, cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor eufemismo.

Por lo demás, esta manera de proceder del mandatario brasileño ha caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su política exterior, desmiente de manera sistemática su política interna, en la que respeta las reglas del Estado de derecho, y, en economía, en vez de las recetas marxistas que proponía cuando era sindicalista y candidato -dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la inversión extranjera, etcétera, promueve una economía de mercado y de libre empresa como cualquier estadista socialdemócrata europeo.

Pero cuando se trata del exterior el Presidente Lula se desviste de los atuendos democráticos y se abraza con el comandante Chávez, con Evo Morales, con el comandante Ortega, es decir, con la hez de América Latina, y no tiene el menor escrúpulo en abrir las puertas diplomáticas y económicas del Brasil a la satrapía teocrática integrista de Irán. ¿Qué significa esta duplicidad? ¿Que el Presidente Lula nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido, capaz de todos los volteretazos ideológicos, un politicastro sin espina dorsal cívica y moral? Según algunos, los designios geopolíticos para Brasil del presidente Lula están por encima de pequeñeces como que Cuba sea, con Corea del Norte, una de las dictaduras donde se cometen los peores atropellos a los derechos humanos y donde hay más presos políticos. Lo importante para él serían cosas más trascendentes como el puerto de Mariel, que Brasil está financiando con 300 millones de dólares así como la próxima construcción por Petrobras de una fábrica de lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de este calado ¿qué puede importarle al "estadista" brasileño que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre, muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?

En verdad, todo esto significa, ay, que Lula es un típico mandatario "democrático" latinoamericano. Casi todos ellos están cortados por la misma tijera y casi todos, unos más, otros menos, aunque -cuando no tienen más remedio- practican la democracia en el seno de sus propios países, en el exterior no tienen reparo alguno, como Lula, en cortejar a dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen, los pobres, que de este modo aquellos manoseos les otorgarán una credencial de "progresistas" que los libre de huelgas, revoluciones, acoso periodístico y de campañas internacionales acusándolos de violar los derechos humanos. Como recuerda el analista peruano Fernando Rospigliosi, en un admirable artículo, "Mientras Zapata moría lentamente, los presidentes de América Latina -incluido el sátrapa cubano- se reunían en México para formar una organización -¡otra más!- regional. Ni una palabra salió de allí para demandar la libertad o un mejor trato para los más de 200 presos políticos cubanos". El único que se atrevió a protestar -un justo entre los fariseos- fue el presidente electo de Chile, Sebastián Piñera.

De manera que la cara de cualquiera de estos jefes de Estado hubiera podido reemplazar a la de Luiz Inacio Lula da Silva, abrazando a los hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas al leer la prensa de esta mañana.

Esas caras no representan la libertad, la limpieza moral, el civismo, la legalidad y la coherencia en América Latina. Estos valores se encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las Damas de Blanco, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la bloguera Yoani Sánchez y demás cubanos y cubanas que, sin dejarse intimidar por el acoso, las agresiones y vejaciones cotidianas de que son víctimas, se siguen enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan, asimismo, en principalísimo lugar, en los centenares de prisioneros políticos y, sobre todo, en el periodista independiente Guillermo Fariñas, que, cuando escribo este artículo, lleva ya ocho días de huelga de hambre en Cuba para protestar por la muerte de Zapata y exigir la liberación de los presos políticos.

Curiosa y terrible paradoja: que sea en el seno de uno de los más inhumanos y crueles regímenes que haya conocido el continente donde se hallen hoy los más dignos y respetables políticos de América Latina.

martes, 1 de diciembre de 2009

La expulsión de los moriscos

Mario Vargas Llosa

El Comercio, Lima

Noviembre 29 de 2009


El Grupo Socialista ha presentado en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley destinada a desagraviar a los descendientes actuales de los moriscos expulsados de España hace 400 años, en 1609. Los ponentes precisan que no se trata de ofrecer reparaciones económicas a los herederos de aquellas víctimas por los perjuicios de toda índole que padecieron sus antepasados, sino de un gesto simbólico y moral, algo así como una autocrítica pública del Estado español sobre un error histórico cometido hace cuatro siglos. La iniciativa tiene una apariencia bienintencionada y progresista que, en principio, solo un cavernario retrógrado podría objetar. ¿No se repara de este modo una injusticia histórica perpetrada por la intolerancia religiosa y el prejuicio racista?

Sin embargo, analizada con la cabeza fría y de cerca, la propuesta, a mi juicio, es precipitada, inútil y, en última instancia, fuente de confusiones múltiples. El pasado histórico debe ser analizado con una perspectiva crítica en las sociedades democráticas, desde luego, pero esa función corresponde a la sociedad abierta en general, a los historiadores, investigadores y científicos independientes, no a los gobiernos ni a los políticos profesionales que carecen de la objetividad, la competencia técnica y viven y obran enfeudados a la lucha política y a la actualidad, pésimas consejeras a la hora de ponderar y explicar los hechos históricos.

Las injusticias del pasado no pueden ni deben ser seleccionadas en función de las necesidades del presente. Lo ocurrido a comienzos del siglo XVII con los moriscos fue bárbaro y brutal, sin duda alguna. ¿Lo fue menos la expulsión de los judíos de España en 1492? Llevaban tantos o acaso más siglos en la península que aquellos y su desarraigo forzado, decidido por razones políticas y religiosas por los Reyes Católicos, acumuló todos los agravantes posibles: expropiación de sus bienes, maltratos, ser arrojados como perros sarnosos a un exilio incierto y, para muchos, mortal. ¿No merecen sus herederos un desagravio idéntico al de los moriscos? La lista de agraviados por el Estado español a lo largo de su vieja historia podría ser interminable. (Naturalmente, esto vale para todos los Estados, sin una sola excepción).

Los indios de América, por ejemplo. El próximo año comenzarán las celebraciones de los doscientos años de la emancipación colonial y nacimiento de las repúblicas hispanoamericanas. La ocasión será propicia para que, encabezada por Evo Morales, quien ya ha tasado las reparaciones que debería pagar España a las “naciones indias” por las atrocidades de los conquistadores en una vertiginosa suma de billones de dólares, haya una verdadera traca, de un confín al otro de América Latina, de vituperios y condenas contra España por parte de politicastros tan oportunistas y demagógicos como el mandatario boliviano (Se me hace agua la boca anticipando las efusiones fulminantes y las disquisiciones de Filosofía y Moral de la Historia que verterá al respecto el presidente Hugo Chávez en su programa “Aló, presidente”) Si lo hace con los moriscos, ¿no debería también arrepentirse, disculparse y hacer propósito de enmienda el Estado español con los indios de América?

¿Y qué de los protestantes, esos pobres luteranos, calvinistas, hugonotes, perseguidos como ratas apestosas, encarcelados y hasta quemados por no ser cristianos de buena ley? La primera víctima de la Inquisición en Lima se llamaba Mateo Salado, y, acusado, juzgado, sometido a tormento y condenado por pertenecer a “la maldita y diabólica secta luterana” fue quemado vivo en la Plaza de Armas de la Lima virreinal. ¿Cuántos pobres diablos como él sufrieron padecimientos parecidos por practicar el cristianismo reformado en todo el orbe hispánico? ¿No deberían ser también simbólicamente desagraviados por el Congreso de los Diputados? ¿Y los homosexuales? ¿Y los gitanos? ¿Y los esclavos africanos? ¿Y los brujos y brujas? ¿Y los ateos? Los días y las horas de muchos años no bastarían al Estado español para ponerse de rodillas y pedir perdón a Dios y los vivos por todas las injusticias cometidas por quienes gobernaron a lo largo de su antiquísima historia contra colectividades o individuos diversos. Y lo seguro es que nadie quedaría contento con lo que, por lo demás, no pasaría de ser una pantomima desprovista de contenido y seriedad.

La revisión crítica del pasado no es cometido del poder político sino de historiadores y estudiosos que, situando las ocurrencias del ayer en su contexto debido, y estableciendo las jerarquías y prelaciones indispensables, nos proporcionan las informaciones necesarias para poder juzgar nuestro pasado y nos ayudan a discernir, con un mínimo de objetividad, lo condenable, lo excusable, lo inevitable y lo admirable de los hechos y personajes que lo conforman. Este examen, para ser eficaz, debe ser individual, libre, independiente y plural. Demás está recordar que en una sociedad abierta coexisten versiones e interpretaciones muy diversas del devenir histórico. Esa diversidad es la mejor manera de aproximarse y conseguir atrapar a esa escurridiza y protoplasmática materia que es la verdad histórica. Desde luego que semejante aproximación no excluye la crítica; por el contrario, es la única que la hace a la vez posible y justa. En cambio, cuando la verdad histórica es monopolio del poder político, como ocurre en las sociedades totalitarias, aquella posibilidad de llegar a conocer la verdad se eclipsa y torna inalcanzable, pues la reemplazan las mentiras que el dictador y la pandilla gobernante imponen por razones de propaganda, para distraer o para autojustificar sus desafueros.

En un luminoso ensayo titulado “El recuerdo de nuestros muertos”, Carmen Iglesias explicaba hace algún tiempo por qué no había que confundir memoria e historia y por qué era bueno y sano para una sociedad que los políticos no se entrometieran en el dominio de los historiadores. Desde luego, es imprescindible que los ciudadanos de una sociedad democrática tengan conciencia crítica y conserven vivo el recuerdo de donde vienen, de lo bueno y lo malo que heredaron, para enfrentar con lucidez y determinación el futuro y no perseverar en el error. Pero el pasado no debe ser manipulado por razones políticas ni convertido en un comodín en el juego de malabares ideológicos en que se torna siempre la lucha por el poder. Estudiarlo, conocerlo e interpretarlo es una tarea intelectual que exige rigor, paciencia, probidad y talento, un esfuerzo sostenido a lo largo del tiempo por generaciones de investigadores de cuyo escrutinio va surgiendo una historia que nunca se está quieta, a la que los descubrimientos y análisis van todo el tiempo enriqueciendo con matices y a veces corrigiendo de manera radical.

Todos los países tienen muchas cosas que reprocharse cuando examinan su pasado. En todos hay una larguísima genealogía de víctimas. Pero semejante lastre no se borra con un decreto ley ni una moción parlamentaria sino mediante una toma de conciencia de aquella realidad y unas instituciones, un sistema de valores, una cultura y una conducta ciudadana que sean, de por sí, una permanente corrección y superación de ese triste legado.

Esa es la función de los museos de la memoria. No fomentar el masoquismo que suele producir una forma retorcida de placer a ciertos políticos e ideólogos cuando contemplan los horrores del pasado y tratan de explotarlos en provecho propio, sino educar a las nuevas generaciones de tal modo que todo aquello que abruma y avergüenza a una sociedad en su historia no vuelva a repetirse en el futuro. No hay mejor homenaje a esas víctimas de la intolerancia, el fanatismo, el prejuicio o la mera estupidez, que recordarlas, aprender de ellas e inculcar de este modo a la sociedad la cultura de la tolerancia, el respeto a la diversidad, al pluralismo político, religioso y cultural.

Así como la conducta humana es rara vez rectilínea y unívoca, los hechos históricos, por lo general, cambian de significado y sobre todo de matices según el cristal con el que se los mire. Por eso, solo la perspectiva plural y totalizadora que permitan las sociedades abiertas autoriza un juicio crítico válido. Los matices no son excusas sino factores que hay que tener en cuenta para entender cabalmente por qué ocurrieron las cosas como ocurrieron y menoscabarlos o prescindir de ellos puede significar a veces seguir matando a los muertos a los que aparentemente se quiere resucitar.

martes, 3 de noviembre de 2009

El declive mexicano: lecciones universales

Mario Vargas Llosa

Eldiarioexterior.com

Octubre 29 de 2009

Moises Naím, director de “Foreign Policy”, escribió hace poco que lo que hoy se dice de Brasil —por la percepción de su despegue definitivo— se decía, en los años 90, de México, nación que hoy está estancada. Naím ya había afirmado lo mismo en una mesa redonda que compartimos en la Cámara de Comercio de Estados Unidos. Concuerdo con él en que este asunto merece extremada atención: el salto atrás de México contiene lecciones para otros países además del propio México.

Las reformas mexicanas se agotaron debido en parte al peso muerto del PRI, que gobernó durante décadas, y a la subsistencia de una izquierda antediluviana, pero también a que el PAN, que trajo la democracia y gobierna desde entonces, ha carecido de la imaginación y el celo implacable que tuvieron otros reformadores para guiar a sus pueblos hacia la modernidad. ¿La consecuencia? Entre 2000 y 2007, la economía de Brasil creció 150 por ciento mientras que la de México lo hizo tres veces menos. Nada expresa mejor este desempeño decadente que la industria energética mexicana, aherrojada por restricciones nacionalistas que impiden las inversiones de capital y la innovación: la producción petrolera ha caído 30 por ciento en cuatro años y las reservas actuales sólo durarán otros nueve. Finalmente, el descenso del país en la guerra contra las drogas ha reemplazado las expectativas de un luminoso destino para México en el siglo 21 por el temor a su balcanización.

Los observadores angustiados por cuestiones del desarrollo se ocupan de los países que prosperaron. Estados Unidos, en el siglo, 19 es el caso más impresionante de la historia; China podría lograr algo similar en este siglo. También estudian, con mucha menor intensidad, a quienes alcanzaron la prosperidad y luego la desperdiciaron. Dos casos fascinantes son el de Argentina y Uruguay: lograron niveles "europeos" de desarrollo en el siglo 19 e iniciaron la cuesta abajo hacia 1930. Pero se presta poca atención a países que parecían estar encaminados a convertirse en naciones "VIP" y se detuvieron a medio camino. México es el caso más sorprendente de este joven siglo.

Preguntarse qué sucedió no es un ejercicio académico. Naciones como China, India, Brasil, Turquía y Sudáfrica deberían estar sacando conclusiones de la vuelta en “U” dada por México. Algunas me vienen a la mente.

Primera: jamás hay que subestimar los vestigios culturales e institucionales del antiguo régimen, y por ende su capacidad política para socavar al nuevo régimen. Algo similar —pero peor—ha acontecido en Rusia, donde el retorno de la autocracia y el Estado mercantilista ha revertido muchos logros de la caída de la URSS, la hazaña mesmerizante de 1991. Segunda: nunca hay que dormirse en los laureles. Chile, país exitoso que ha caído varias posiciones relacionadas con la eficiencia económica en los rankings internacionales, debería tomar esto muy a pecho.

En tercer lugar, un país no debe nunca atar su destino a una nación en particular. La dependencia de México con respecto a Estados Unidos ha reducido su flexibilidad en el ancho mundo. Australia, no obstante ser un país desarrollado, debe cuidarse de su creciente dependencia de China. La mitad de los clientes del National Australia Bank, uno de sus gigantes financieros, vive del mercado chino. Y, en Austria, hemos visto la catástrofe sufrida por la banca, que prestó el equivalente al 75 por ciento del PIB austriaco a empresas y personas de países centroeuropeos de su "patio trasero" que entraron luego en suspensión pagos.

Por último, los países deben elegir bien sus batallas. Tengo mucha simpatía por el Presidente mexicano, Felipe Calderón. Pero cometió lo que muchos mexicanos que lo admiran creen que fue un error colosal al dedicar a la guerra contra las drogas la energía y recursos que debió haber destinado a completar las reformas truncas. Los cárteles de la droga están sencillamente trasladando algunas de sus operaciones a América Central sin dejar de corromper a las instituciones mexicanas y chupar la sangre de una Administración consumida por la lucha contra el enemigo elegido.

Nada de esto es fatal. México puede dar la vuelta una vez más. No será fácil, por cierto: para absorber a 1,2 millones de jóvenes mexicanos que buscan empleo cada año, la economía debe crecer al menos 5,5 por ciento anualmente, cifra que ha eludido a México en años recientes y que no alcanzará en los inmediatos. Pero la primera condición es reconocer la gravedad del problema. No muchos dirigentes mexicanos parecen estar haciéndolo.

Fuente: The Washington Post Writers Group, 2009

lunes, 10 de agosto de 2009

Los Kirchner, flor de capitalistas

Por Mario Vargas Llosa

La Nación, Buenos Aires

Agosto 10 de 2009

¿Crisis del capitalismo? Sí, es verdad, en los últimos años el poderoso sistema capitalista, tan denostado y tan extendido al mismo tiempo, que se veía indestructible, pareció derrumbarse a escala planetaria, no por acción de sus viejos enemigos, los comunistas y los socialistas radicales, sino por efecto de lo que el profeta Marx llamaba sus "contradicciones internas", es decir, la corrupción e irresponsabilidad de sus banqueros, financistas, empresarios, especuladores, estafadores y piratas que, enceguecidos por la fiebre del lucro y la voracidad crematística, fueron empujándolo hacia el abismo, donde terminó por rodar y hacerse trizas (bueno, casi).

Las consecuencias resultaron catastróficas, desde luego: quebraron bancos, las bolsas se escurrieron hasta quedar exánimes, desaparecieron millones de puestos de trabajo, los niveles de vida de tres cuartas partes del globo cayeron en picada, prestigiosos hombres de empresa fueron a la cárcel porque el naufragio sacó a la superficie sus pillerías y embauques y, en resumen, los ricos dejaron de serlo tanto, la clase media se empobreció brutalmente y los pobres se volvieron miserables.

Ahora bien, hubo algunas excepciones a la regla, felizmente, que dejan entrever una esperanza para la supervivencia del sistema, es decir, para su recuperación sobre bases más firmes y exitosas. Tomemos como ejemplo a dos capitalistas ejemplares que no sólo sortearon felizmente la crisis que descuajeringaba a sus colegas, sino que, en estos tiempos de tragedia y quebranto, consiguieron multiplicar siete veces su capital.

¿De quiénes hablo? De los esposos Néstor Kirchner y Cristina Fernández, por supuesto. El ex presidente de la Argentina y su sucesora, la actual mandataria, eran poseedores en 2003 de un patrimonio que ellos presentaron en su declaración jurada y que la Oficina Anticorrupción, dependiente del Ministerio de Justicia, evaluó en el equivalente de un 1,2 millones de euros de la época. En 2007, cuando la señora Kirchner ocupó la Casa Rosada, este capital se había casi triplicado, hasta alcanzar unos 3,2 millones de euros. Pero fue en diciembre de 2008 cuando dio un salto espectacular y en sólo 12 meses alcanzó la cifra (vertiginosa para cualquier bípedo común y corriente) de 8,5 millones de euros.

¡Aprendan, capitalistas de pacotilla, mediocres y ramplones, tipo Madoff, que como éste merecerían pasar el resto de sus años en la cárcel por ineptos! Eso es ser unos capitalistas de verdad, audaces, ingeniosos, creativos, que, cuando todos a su alrededor perdían lo que tenían y lo que no tenían, fueron capaces de disparar a las nubes sus ingresos y demostrar de este modo que el sistema tiene recursos y vericuetos para sortear las peores calamidades y aun medrar con ellas.

¿Cómo consiguieron este milagro Néstor Kirchner y Cristina Fernández? Lo ha sacado a la luz en Buenos Aires la diputada de la oposición Patricia Bullrich, del Acuerdo Cívico y Social, según leo en una crónica de Alejandro Rebossio ( El País , 26 de julio) que no tiene desperdicio y que debería ser estudiada como un catecismo por todo capitalista que aspire a emular a esa pareja excepcional.

Los esposos Kirchner, ambos abogados, eran ya, en 2003, cuando don Néstor subió a la presidencia de su país, bastante prósperos. Tenían 23 inmuebles, que alquilaban, y cuentas bancarias. Sin que ello los distrajera de sus responsabilidades políticas -doña Cristina era senadora y colaboraba estrechamente con el mandatario en sus tareas de gobierno-, este patrimonio se fue revaluando mediante la compra, rehabilitación y venta de inmuebles y sagaces inversiones financieras. Además de alquilar algunas de sus propiedades para que sirvieran de hoteles, constituyeron, en sociedad con uno de sus hijos, una consultoría que asesoraba a sus clientes en "economía, finanzas, derecho, ciencias sociales, educación, administración y otras disciplinas". ¿Cómo no hubiera tenido gran éxito una empresa de servicios semejante? ¿Quién, que tenga dos dedos de frente, no hubiera querido ser asesorado en sus negocios e inversiones por ese par de presidentes tan enterados y prósperos?

Pero las operaciones, rayanas en la genialidad, que hicieron de verdad la fortuna de la pareja tuvieron como escenario la muy bella localidad de El Calafate. Un paisaje divino, aire purísimo y glaciares, el más hermoso de los cuales fue bautizado Perito Moreno, que quitan el habla, hacen pensar en las historias de Jack London y atraen a ese rincón de la Patagonia argentina a millares de turistas cada año. Pues bien, gracias a la generosidad del alcalde del lugar, un caballero llamado Néstor Méndez, los Kirchner compraron en 2005 unos terrenos de 60.000 metros cuadrados y pagaron 69 céntimos de euro por metro cuadrado. Al año siguiente lo revendieron ¡a 50 euros el metro cuadrado! Así financiaron su lindo hotel -lo conozco- en El Calafate. Ese mismo año se hicieron dueños de otros 129.000 metros cuadrados (a 69 centavos de euro por metro cuadrado) y los revendieron, pocos meses después, a 50 y a 57 euros el metro cuadrado.

En su crónica, Alejandro Rebossio cita una declaración de Aníbal Fernández, jefe de Gabinete de la presidenta argentina, en respuesta a los maliciosos que ven gato encerrado en estas formidables operaciones empresariales: "Nadie que ejerza el poder está impedido de tener un patrimonio propio y que éste tenga vida, lo que es la esencia del capitalismo". Tiene toda la razón del mundo, por supuesto, y estoy seguro de que la deficiente mafia rusa -deficiente porque, a diferencia de los Kirchner, parece haber perdido, por culpa de la crisis, la mitad de los incontables billones que tenía- debía impregnarse de esta filosofía y enfrentar al mundo, sin complejos de inferioridad, proclamando que, haciendo lo que hacen, no roban, ni contrabandean, ni piratean, sino mantienen viva y llameando la esencia metafísica del capitalismo.

El mérito de los esposos Kirchner es tanto mayor si se tiene en cuenta que a ellos, a juzgar por los discursos con que suelen hipnotizar a los electores que los llevaron al poder y que he tenido la ocasión de padecer, el capitalismo no les gusta nada. Más todavía, son sus encarnizados adversarios. Y abominan de él porque lo consideran explotador, egoísta, abusivo y corruptor.

Sus verdaderos amigos y afines son gentes como el comandante Hugo Chávez, de Venezuela, o el comandante Daniel Ortega, de Nicaragua, con quienes a menudo se estrechan en efusivos abrazos y profetizan la próxima derrota del imperialismo. Sus corazones son de izquierda (sólo sus bolsillos y los vestidos de doña Cristina son de derecha) y por eso a muchos capitalistas, durante sus dos gobiernos, además de injuriarlos, les han hecho pasar muy malos ratos, al nacionalizarlos, abrumarlos con regulaciones y nuevos impuestos, hasta el extremo de que la fuga de capitales en la Argentina, según un despacho de la Agencia EFE del día 2 de agosto, alcanzó sólo en el primer semestre de este año los 7860 millones de euros. Las cifras proceden del Banco Central, una institución según la cual, desde que comenzó la crisis financiera, unos 30.300 millones de euros en ahorros de argentinos escaparon al exterior o fueron escondidos en cajas de seguridad o bajo el colchón.

O sea que mientras la empresa Kirchner hacía pingües negocios, el capitalismo se desmoronaba en la Argentina y ganaba terreno esa peculiar filosofía de los esposos gobernantes según la cual no hay contradicción alguna en ejercitar y aprovecharse de un sistema odioso al mismo tiempo que se obra desde el gobierno por su ruina y extinción.

Quizás ésta sea la explicación del enredo: la benemérita pareja no se ha hecho rica por codicia ni muchísimo menos, sino para dar una lección ideológica práctica a su pueblo. Su conducta responde a un propósito laberíntico, semejante a esas deslumbrantes y sutiles construcciones intelectuales de los cuentos de su compatriota Jorge Luis Borges. Un propósito altruista y pedagógico destinado a mostrar, en carne viva, inmolándose en el intento, lo sucio y pestilente que es el sistema capitalista, pues permite a un par de políticos del común volverse millonarios en un plazo brevísimo, pese a las inclemencias y zozobras que vive su país, mientras millones de argentinos se empobrecían, los agricultores se sentían amenazados, las empresas quebraban y los ahorristas veían cómo la inflación volatilizaba las reservas con que esperaban afrontar la vejez. Héroes y mártires del capitalismo, pues. ¡Flor de pareja!

sábado, 30 de mayo de 2009

Aquí en Venezuela se está jugando el futuro de América Latina

Por Mario Vargas Llosa

Palabras de clausura en el Foro  del CEDICE "El Desafío Latinoamericano: Libertad, Democracia, Propiedad y Combate a la Pobreza", Caracas, Venezuela

Mayo 29 de 2009

Voy a comenzar contándoles una experiencia que tuve anoche. Prendí la televisión y vi un programa donde hablaban de ustedes y de mí: no se criticaba, nos insultaban, nos ridiculizaban, detrás de todo había odio.

A mi me recordó a mi país en época de dictaduras. Siempre ha ocurrido en dictaduras o en regímenes camino a dictaduras. Es que la forma que tienen para combatir a la oposición es con la perversión moral.

Estaba hecho en un estilo vulgar y chabacano, pero con cierta inteligencia para lograr ese fin.

Nos presentaban como gentes de mala entraña, oscuros, egoístas, que hemos traicionado los ideales de nuestra juventud, agentes de instituciones despreciables.

Es absolutamente imposible entablar diálogo con alguien que comienza descalificando, que va a la entraña misma del ser que uno representa.

Eso es lo que no debemos ser los que defendemos la libertad.

Una virtud que debemos trabajar es la tolerancia.

Eso ocurre con la izquierda y la derecha.

El liberalismo nació para luchar con esas actitudes.

El liberalismo no sólo es economía de mercado, defensa de la propiedad privada es, sobre todo, tolerancia.

Es verdad que el liberalismo a veces a dado la imagen de la insolidaridad social, creo que algunos economistas son responsables.

Se ha traicionado el pensamiento liberal, cuando se cree que la economía va a resolver todo en una sociedad.

Si queremos cambiar la sociedad, tenemos que cambiar las ideas que conducen a políticas equivocadas.

Tolerancia no significa debilidad, o no ser firmes. Pero no incurrir jamás en aquella deshumanización del adversario.

Aquí no hemos caracterizado a nuestros adversarios, no los hemos ofendido, calumniado.

Queremos cambiar la manera de hacer política.

Me toca despedir este encuentro. Siento una gran emoción. Ha sido estimulante ver que este país tan importante para la historia de la libertad en América, tiene entre los jóvenes magníficos expositores.

Dicen que sólo uno recuerda la libertad cuando se encuentra amenazada. Hay que hablar como una virgen, de la libertad, eso de lo que hemos hablado es la libertad.

Y eso que tantos venezolanos están dispuestos a defender, sin importar los obstáculos.

Aquí en Venezuela se está jugando el futuro de América Latina.

Por eso aquellos que están embarcados en la lucha por la libertad, deben contar con nuestro apoyo.

Vamos a llevar la experiencia de estos días por Latinoamérica.

Debemos solidarizarnos en apoyo de los venezolanos, porque esa libertad por la que los venezolanos están luchando es la de todos nosotros.

Esta es una experiencia que no olvidaremos jamás.

miércoles, 28 de enero de 2009

Retos de la ilusión.

Por: Mario Vargas Llosa
El Colombiano, Medellín
Publicado el 25 de enero de 2009


Nunca en la historia un Presidente de Estados Unidos ha entrado en la Casa Blanca con una popularidad tan grande como Barack Obama. La toma de posesión, el 20 de enero, fue una hermosa ceremonia, por la asistencia multitudinaria, el discurso de ese gran orador que es el nuevo mandatario, y, sobre todo, porque todos los que la siguieron, en vivo o en la pantalla de la televisión, compartieron la impresión de estar asistiendo a un "momento histórico".
De tan usada esta expresión se ha vuelto un tópico, pero la llegada de un negro a la Presidencia de Estados Unidos, un país donde hace apenas medio siglo se practicaba la segregación racial, ¿de qué otra manera podría llamarse? El rotundo triunfo electoral de Obama fue una muestra inequívoca de la formidable capacidad de transformación de Estados Unidos y algo así como la partida de nacimiento de la vocación multirracial y multicultural de la democracia norteamericana. Ahora, terminada la fiesta, comienzan los problemas. Como se espera tanto de él, y tantas cosas contradictorias, es inevitable que Obama decepcione a mucha gente. Por lo pronto, quienes creían que daría un vuelco radical a la política hacia Cuba, ya saben que se equivocaron: está dispuesto a dialogar con Raúl Castro, sí, pero no levantará el embargo mientras haya presos políticos en la isla y no se haya iniciado un proceso de democratización.
En cuanto a Chávez, antes aún de la juramentación, Obama ya fue bastante explícito censurando al caudillo venezolano por haber frenado con sus políticas la modernización de América Latina. Respecto a la crisis económica no hay mucho más que el nuevo Presidente pueda hacer. Las medidas básicas de ayuda y corrección financiera están en marcha y sólo cabe esperar que la confianza y el entusiasmo que han despertado su persona y liderazgo ayuden psicológicamente a acelerar algo una recuperación económica que, de todos modos, será lenta y difícil. Irak anda muy bien encaminado, aunque los atentados terroristas, disminuidos, continuarán por mucho tiempo. Pero los progresos son notables.
La prueba es la campaña electoral en marcha para las elecciones del 31 de enero en que se renovarán 440 escaños en 14 de las 18 provincias iraquíes. Las candidaturas cubren todo el espectro político y religioso y hay un alto número de mujeres candidatas. El reportaje de Andrea Stone en USA Today de hace pocos días mostraba una participación notable del público, tanto en las ciudades grandes como en las aldeas, en los mítines, encuentros y debates. Un espectáculo que, demás está decirlo, no es nada frecuente en los países árabes.
Si no ocurre algo extraordinario, la retirada de las tropas norteamericanas a fines de 2011 debería dejar un país pacificado y un Estado de Derecho funcionando. El problema serio, y que se agrava cada día, es Afganistán. Los talibanes han reconstruido su infraestructura bélica y operan ya en medio país, en tanto que el desprestigio del gobierno de Karzai aumenta por su ineficacia y la corrupción. Obama dijo que fortalecería el empeño militar y espera que los aliados colaboren.
Pero, probablemente, lo que hace falta en Afganistán no sea tanto nuevas fuerzas militares como una estrategia eficiente semejante a la que diseñó y ejecutó en Irak el general Petraeus, que ejerce ahora el comando supremo de las Fuerzas Armadas norteamericanas en el Medio Oriente. Los talibanes reciben una ayuda sistemática de Pakistán, donde cuentan con aliados y cómplices en todos los estratos oficiales, sobre todo en los servicios de inteligencia, y utilizan las regiones limítrofes como santuarios, para curar a sus heridos, dar descanso a sus comandos o refugiarse. Aunque, en teoría, Pakistán es un aliado de los E.U., su gobierno y sus Fuerzas Armadas están infiltrados de islamistas fanáticos.
Ese problema ha sido una espina de la que ni Bush ni Clinton pudieron librarse y será también, a menos que encuentre una nueva fórmula para hacerle frente, uno de los desafíos más serios para Obama. Y el otro, todavía más grave, es Israel. Allí, en ese pequeño territorio que israelíes y palestinos comparten -como lo harían perro y gato- se juega la suerte de todo el Medio Oriente y acaso del mundo. E.U. es el único país con suficiente influencia sobre ambos adversarios como para inducirlos a una negociación que concluya en lo que, en principio, tanto Israel como los palestinos dicen aceptar: dos Estados independientes y garantías seguras para la supervivencia de Israel.
El Presidente Clinton estuvo a punto de conseguirlo en Camp David y Taba en 2000-2001 y, en el último momento, fracasó porque Arafat rechazó un acuerdo en el que Israel había hecho concesiones importantes: la devolución de casi el 95 por ciento de los territorios ocupados y la instalación del gobierno palestino en la sección oriental de Jerusalén. Aunque, después de la terrible carnicería perpetrada en estos días en Gaza por los bombardeos israelíes, reanudar aquellas negociaciones es más difícil, no hay otro camino. Es obvio -para cualquiera que no sea un obtuso o un fanático- que aquel conflicto no se resolverá jamás por medio del terror y la matanza. ¿Seguirá Obama la tradición de los gobiernos norteamericanos de adhesión incondicional a las políticas de Israel o tendrá el coraje de adoptar una posición más neutral, sirviendo de muro de contención a los excesos de los halcones israelíes convencidos de que la única solución aceptable es rendir a los palestinos mediante operaciones de castigo como la de Gaza e imponerles una solución a la fuerza? Es la gran incógnita.
El nuevo Presidente ha dicho que quiere diálogo y acercamiento con el mundo árabe. La condición para ello es una sola: propiciar una solución negociada entre ambas partes. Si Obama lo consigue, será mucho más fácil -mucho menos difícil- frenar los intentos de Irán de dotarse de un arma nuclear y alentar a los sectores moderados y democráticos del mundo árabe y musulmán a actuar unidos para reprimir la amenaza terrorista del fundamentalismo islámico. Las relaciones de E.U. con la Unión Europea, en los que Obama es todavía más popular que en Norteamérica, mejorarán con el nuevo mandatario y sin duda la colaboración se intensificará tanto en el ámbito económico como diplomático y militar.
Esto redundará en un fortalecimiento de la OTAN. Con la Rusia de Putin habrá desencuentros y tensiones, sin duda. Pero el nuevo despotismo ruso no significa ni sombra de la amenaza que constituía para el Occidente democrático la Unión Soviética comunista. Sin ideología ni mística alguna, el régimen construido por Putin y sus colegas de la antigua KGB es pura y simplemente una autocracia más o menos corrompida, condenada, a la corta o a la larga, a la descomposición a la que, con suerte, seguirá el renacimiento de una nueva democracia con bases más sólidas que aquella de la que lo rusos tuvieron un fugaz y mediocre anticipo cuando el imperio soviético se desplomó. Las grandes realizaciones del Presidente Obama deberían tener lugar en el propio E.U., donde aberraciones como Abu Ghraib y Guantánamo deberían desaparecer. Su elección ha sido un logro extraordinario y una verdadera emulsión para las minorías raciales del país, no sólo la de origen africano, también la hispánica y la asiática.
Pero hacen falta reformas audaces que abran las puertas a esas minorías a una real igualdad de oportunidades, que, mejorando la educación pública y los sistemas de salud, les permita competir en los mercados sin desventajas con los sectores favorecidos. Y que reconozcan a los inmigrantes la función indispensable que juegan en la economía nacional y eliminen las disposiciones que todavía mantienen a muchos en la marginalidad. Este ha sido un tema constante de su prédica electoral y una de las razones por las que el voto de los hispanios, que le era reacio al principio, se volvió decisivamente a su favor. América Latina es acaso la región del mundo que le es menos familiar a Obama. Pero se ha comprometido a corregir ese vacío de su formación y ha dado una muestra de su buena voluntad reuniéndose antes que con ningún otro mandatario, con el Presidente de México.
Ahora, la política de Obama hacia América Latina debería ser la que, felizmente, vienen siguiendo más o menos los últimos gobiernos: apoyo y colaboración con las democracias y rechazo de las dictaduras, de cualquier índole. Y en el campo económico resistir los llamados al "nacionalismo económico" de los sindicatos reaccionarios de E.U., desconsiderar su oposición a los tratados de Libre Comercio y alinearse abiertamente con quienes propician la apertura de mercados iberoamericanos. Suerte y éxito, Presidente Obama.

miércoles, 30 de julio de 2008

Para la historia de la infamia

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA

La Corte Interamericana de Derechos Humanos admite la denuncia en la que la hijastra de Daniel Ortega le acusa de abusos sexuales durante 20 años. En Nicaragua el caso había sido rechazado
MARIO VARGAS LLOSA 27/07/2008

El miércoles 16 de julio, decenas de miles de nicaragüenses se manifestaron en las calles de Managua para pedir la renuncia del presidente Daniel Ortega, a quien acusan de estar convirtiendo la frágil e imperfecta democracia que vive su país en una dictadura tan corrompida y autoritaria como la que padeció Nicaragua bajo Somoza. La manifestación fue convocada por la Coordinadora Civil, que reúne a unas 600 organizaciones cívicas, partidos y movimientos de todo el espectro político, muchos independientes, asociaciones feministas e intelectuales.

Es la primera buena noticia que nos llega desde ese desventurado país -el segundo más pobre de América Latina, después de Haití- desde que, en un acto de verdadero desvarío colectivo, los electores eligieron el año pasado a Daniel Ortega para ocupar la primera magistratura de la nación, olvidando su catastrófica primera gestión (1985-1990) y legitimando su pacto mafioso con el ex presidente "liberal" Arnoldo Alemán, condenado a 20 años de cárcel en el año 2003 por haber entrado a saco en las arcas del Estado despilfarrando y robando la vertiginosa suma de 250 millones de dólares. El supuesto reo multimillonario cumple ahora su sentencia en una finca particular, viviendo a cuerpo de rey, recibiendo todas las visitas que le place y viajando a Managua cuando le da la gana a dar consignas a su bancada parlamentaria que, unida a la sandinista, detenta la mayoría del Congreso. Esta alianza mafiosa y antinatura de una supuesta izquierda y otra supuesta derecha -en verdad, dos bandas gansteriles disfrazadas de partidos políticos- ha permitido la desnaturalización de la justicia, sentado las bases de una nueva dictadura, y abierto la puerta para que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán se salgan con la suya y se libren de pagar por los delitos que se les imputan. Los electores que, por ingenuidad, ignorancia o fanatismo, sacramentaron este contubernio están ya arrepentidos de su error, pues, según las últimas encuestas, la popularidad del presidente Ortega ha caído en picada desde que asumió el poder en enero de 2007. Ahora sólo lo respalda un 21% de los nicaragüenses.

Todavía es muchísimo si se tiene en cuenta el prontuario del "comandante" Ortega. Resumo la historia de su hijastra Zoilamérica Narváez, tal como aparece en dos publicaciones que me merecen absoluta credibilidad (EL PAÍS, de Madrid, 29-06-08, y Búsqueda, de Montevideo, 5-06-08), pero quien tenga estómago para ello puede leer en Internet el testimonio completo de esta peripecia que parece extraída de una novela del Marqués de Sade.

Zoilamérica es hija de Rosario Murillo, esposa de Ortega, Coordinadora de los Consejos del Poder Ciudadano y, según algunos, el verdadero poder detrás del trono nicaragüense. El 22 de mayo de 1998, Zoilamérica, militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, hizo público su testimonio contra su padre adoptivo, revelando que, desde la edad de 11 años, "fui acosada y abusada sexualmente por Daniel Ortega Saavedra, manteniéndose estas acciones por casi 20 años de mi vida". Las precisiones, detalles y circunstancias del relato de Zoilamérica son escalofriantes y revelan en su verdugo, acosador y violador, un cinismo y una crueldad poco menos que patológicas. El vía crucis de la niña comenzó en 1979, cuando el revolucionario andaba en la clandestinidad, en Costa Rica. Cada vez que se ausentaba la madre, aquel aprovechaba para "manosearme y tocar mis partes genitales. Hasta hace poco recordé que también ponía su pene en mi boca".

El terror y la vergüenza hacían que la niña soportara todo aquello sin denunciarlo a la madre, quien, por lo visto, entregada en cuerpo y alma a la política, andaba en la luna sobre las malandanzas que protagonizaba su marido a sus espaldas.

El "comandante" se metía al baño cuando Zoilamérica estaba duchándose y se masturbaba mirándola y acariciando sus ropas. En las noches, se introducía en el cuarto que la niña compartía con su hermano Rafael, "procedía a separarme parte de la cobija de mi cuerpo, continuaba con manoseos y luego concluía masturbándose. Me decía que no hiciera bulla para no despertar a Rafael... y me decía: '¡Ya verás que con el tiempo esto te va a gustar!".

Cuando los sandinistas derrocaron a Anastasio Somoza en 1979, la familia Ortega Murillo se trasladó a Managua. Allá le asignaron a Zoilamérica un cuarto para ella sola. Fue, dice, una pesadilla todavía peor. En las noches, el comandante se deslizaba en la cama de la niña de 12 años y se refocilaba a su gusto. Ella comenzó a padecer "escalofríos, náuseas y temblores de quijada". Vivía con una sensación de pánico constante, por los abusos de que era objeto, y por la perspectiva de que todo aquello se supiera y se convirtiera en el centro de un gran escándalo. Robándole tiempo a sus responsabilidades de gobierno, el "comandante" aparecía de pronto en la casa a las horas que sabía que Zoilamérica estaba sola y le exigía que participara en sus juegos sexuales: "Me indicaba que me moviera, que así sentiría rico. 'Te gusta, ¿verdad?', me decía, mientras yo permanecía en absoluto silencio sin tener fuerzas para gritar ni llamar a mi mamá. El miedo no me dejaba. Sentía en la garganta resequedad, atorada y con temblores. Su contacto me transmitía intensos fríos y malestares, me provocaba asco y me creía sucia, muy sucia, pues sentía que un hombre al que rechazaba me ensuciaba toda. Comencé a bañarme muchas veces durante el día, para lavarme la suciedad".

Las audacias del "comandante" se incrementaron con el tiempo. Obligaba a su hijastra a que viera con él películas pornográficas y le mostraba revistas eróticas, como Playboy. Un día se apareció en la casa con un vibrador que pretendió que Zoilamérica usara, pero el aparato no funcionó. El año 1982, la violó, tirada en la alfombra de su cuarto. "Lloré y sentí náuseas. Él eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos y así continuó haciéndolo repetidas veces: mi boca, mis piernas y mis pechos fueron las zonas donde más acostumbraba echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Desde entonces, para mí la vida tuvo un significado doloroso. Las noches fueron mucho más temerarias, sus pasos los escuchaba en el pasillo con su uniforme militar; recuerdo clarito el verde olivo y los laureles bordados en su uniforme".

El testimonio sigue así, muchas páginas más, con infinidad de pormenores en los que es difícil determinar si es peor la cobardía del todopoderoso mandatario "revolucionario" que mantuvo por 20 años de su vida a su hijastra convertida en su esclava sexual o la villanía del aparato militar y político a su servicio que amparaba aquellos abusos impidiendo que la joven denunciara a su verdugo.

Cuando el escándalo estalló, la señora Rosario Murillo tomó la defensa de su marido y acusó a su hija de complotar con los enemigos del sandinismo. Hace algunos años, en 2004 -urgencias de la política-, la esposa del "comandante" representó en una radio una reconciliación con su hija, la cual, sin embargo, mantuvo todas las acusaciones contra su padre adoptivo. Pero éste ya había tomado todas las providencias debidas para burlar a la justicia. El Juzgado Primero del Crimen de Managua, a cargo de la guerrillera Juana Méndez, fiel militante sandinista, sobreseyó el caso. Ante la recusación de la denunciante, la titular del Juzgado Segundo del Distrito del Crimen de Managua, Ileana Pérez, otra probada sandinista, necesitó sólo un día para rechazar el expediente. Pero la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha admitido el caso contra el Estado de Nicaragua por "denegación de justicia". ¿Prosperará allí la acusación contra el "comandante" violador, incestuoso y pedófilo? A juzgar por la lentitud geológica con la que los jueces examinan el caso, se diría que el alto tribunal de la OEA es más que renuente a condenar a un jefe de Estado en ejercicio, y, además, progresista y revolucionario.
Eso es también América Latina todavía, por desgracia. No sólo eso, felizmente. Hay otra realidad latinoamericana que va dejando atrás estos extremos de brutalidad y de barbarie, donde la justicia ya comienza a ser digna de ese nombre y donde una mujer no puede ser atropellada y abusada a lo largo de dos décadas por un matón con pistolas y uniforme verde olivo sin que los jueces actúen en defensa de la víctima. En la propia Nicaragua, muchos sandinistas decentes, como los hermanos Mejía Godoy -que han prohibido a Ortega utilizar sus canciones revolucionarias-, han pasado a militar contra el nuevo déspota y sus desafueros, a la vez que muchas agrupaciones feministas tomaban la defensa de Zoilamérica. Pero que alguien capaz de haber cometido semejantes iniquidades se halle de nuevo en el poder, ungido por los votos de sus conciudadanos, en vez de estar pudriéndose en una cárcel, dice leguas sobre lo mucho que le falta aún a la tierra de Rubén Darío y de Sandino para salir de ese pozo de horror y vergüenza que llamamos subdesarrollo.

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