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domingo, 18 de octubre de 2009

¡La plaga del hambre!

Juan José Hoyos

El Colombiano, Medellín

Octubre 18 de 2009

Es un récord histórico. Es también una cifra aterradora, de las tantas que contiene el informe sobre el estado de la seguridad alimentaria y nutricional publicado esta semana por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO. Hoy, más de mil millones de personas -la sexta parte de la humanidad- están sufriendo de hambre.


El informe revela paradojas que provocan rabia y estupor. La primera: la humanidad nunca había producido tanta comida como este año. La segunda: sin embargo, nunca antes ha habido en el mundo tantas personas con hambre. La tercera: el hambre se podría erradicar con el 3% del dinero depositado en los bancos. "Tenemos los medios técnicos y económicos para hacer desaparecer el hambre, lo que falta es una voluntad política más fuerte para erradicarla para siempre", dijo el Director General de la FAO, Jacques Diouf, en la presentación del documento en Roma.


La FAO reveló que esta plaga moderna se extiende en silencio por el mundo y está matando a centenares de miles de personas. La mayoría de ellas vive en países en desarrollo. En Asia y el Pacífico se calcula que hay unos 642 millones de personas que sufren hambre crónica; en el sur de África, 265 millones; 53 millones en Latinoamérica y el Caribe; 42 millones en el norte de África y Oriente medio y 15 millones en los países desarrollados. Lejos de disminuir, el número de personas con hambre está aumentando a un ritmo de cuatro millones al año.


Este incremento no es resultado de malas cosechas, sino que se debe al alto precio de los alimentos, a los ingresos más bajos de la gente, a la disminución de remesas enviadas a sus países por los trabajadores inmigrantes y a la pérdida de empleos. De acuerdo con la ONU, en los últimos cinco años, el aumento de un 50% en los precios de los alimentos ha obligado a que al menos 2.000 millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza se vean obligadas a destinar entre el 70 y el 80% de sus recursos a la alimentación. Los niños son el grupo más afectado: hay 55 millones en situación de desnutrición aguda. La FAO advirtió que ellos necesitan ayuda urgente porque su esperanza de vida es muy pequeña. "También en Latinoamérica, debemos recordar que el hambre tiene la cara de un niño indígena", dijo el director de la FAO para América Latina y el Caribe José Graziano Da Silva.


El caso de nuestros países es uno de los más preocupantes. Aunque en ellos la producción de alimentos es más que suficiente, la gente no tiene con qué comprarlos. "Nuestros cálculos apuntan a que hay un 30% de excedente alimentario en la región. Los alimentos no faltan. El problema es el acceso", dijo Da Silva, al dar a conocer el documento de la ONU en Santiago de Chile. Según el funcionario, en los últimos tres años se ha reducido aún más el acceso a los alimentos por parte de millones de personas y se han desvanecido los avances logrados durante más de una década en la lucha contra el hambre. "Ese es el talón de Aquiles de nuestra región, que es una exportadora neta de alimentos para todo el mundo".


De los 52 millones de desnutridos que existían en América Latina en 1997, se pasó a 45 millones en 2006. Pero el número subió a 53 millones en 2009. "Todo lo que se había avanzado se perdió", dijo Da Silva. Entre nosotros el hambre también tiene una distribución desigual. La República Dominicana y Haití son los países donde hay más pobres con hambre. El caso más alarmante es el de Guatemala, donde la peor sequía de los últimos 30 años obligó al gobierno a declarar el estado de emergencia. En algunas zonas del país se perdieron el 90% de las cosechas y el hambre amenaza a más de dos millones de personas.

En Colombia, según el ICBF, el hambre también hace de las suyas y se ha ensañado de modo cruel con los niños: doce, de cada cien, la padecen día a día. Ocho de cada cien han perdido el peso normal para su edad. ¡Y cinco mil niños mueren de hambre cada año!

lunes, 25 de mayo de 2009

La brigada de choque

Por Juan José Hoyos

El Colombiano, Medellín

Mayo 24 de 2009

Eran tiempos de guerra. En la Ciudad Universitaria había pedreas todos los días. Los estudiantes de la Universidad de Antioquia querían tumbar al rector y protestaban por la guerra de Estados Unidos contra Vietnam y por la visita a Colombia del Secretario de Estado Nelson Rockefeller.

La policía allanaba la universidad cada semana con escuadrones de caballería, carros antimotines y pelotones de asalto armados de gases lacrimógenos, cascos, escudos y garrotes.

Para enfrentarlos, los estudiantes formaron una brigada de choque. Zorba era su comandante. Su especialidad: las hondas. Cuando aparecía la policía montada y atravesaba la calle Barranquilla, él escogía un carabinero, preparaba la honda, apuntaba y ¡zzzuassss! La piedra silbaba. Luego sonaba cuando se estrellaba contra el casco. El jinete caía. Enseguida, los estudiantes lo desarmaban.

Zorba se ponía el casco, recogía el garrote y se iba a pelear cuerpo a cuerpo con los policías. A veces le corrían de miedo hasta sus propios compañeros que no lo reconocían con ese atuendo.

Luego, la brigada inventó otra arma terrible. Cuando la policía allanaba el campus y entraba a caballo persiguiendo a los estudiantes y golpeándolos, ellos regaban miles de bolas de cristal en el piso. Los caballos las pisaban, se resbalaban, sus patas vacilaban y los jinetes iban a dar al suelo.

¿El año? Tal vez 1970. Un año agitado por las protestas contra la guerra, por la campaña electoral en Colombia, por las invasiones campesinas de tierras, por la lucha de los estudiantes por cambiar el anacrónico sistema de gobierno de las universidades públicas.

Yo era estudiante de periodismo y aunque no pertenecí a ninguna brigada de choque, era como Zorba uno de los miles de estudiantes que me había rebelado contra los dogmas.

Eran tiempos difíciles. Hacía dos años, en Francia, había estallado la revuelta de 1968. Había grandes protestas en las universidades de Estados Unidos pidiendo al gobierno poner fin a la guerra de Vietnam.

Zorba estaba matriculado en la carrera de Física. Se llamaba Jairo Arango y había nacido en 1947 en Andes, en el Suroeste de Antioquia. Su padre era transportador, y crió a su familia durante la violencia de los años cincuenta. Por los ríos Barroso y San Juan bajaban cadáveres todos los días. En 1953, decidió venirse a vivir a Medellín. Aquí sus hijos crecieron y casi todos se hicieron profesionales. Zorba se volvió un andariego. Su primera excursión fue al morro de El Salvador a los 7 años. Después se voló para la costa Atlántica.

En 1972 se fue para Istmina, Chocó, a enseñar matemáticas en el colegio del Vicariato. Atravesó a pie el Tapón del Darién y cruzó muchas veces las selvas del Alto Andágueda y los farallones del Citará, los mismos que veía incendiarse con la luz del sol, cada mañana, desde Andes, cuando era niño y su madre lo asoleaba después del baño. "Eso fue un imán del carajo", dice.

En 1973 regresó a la universidad a estudiar matemáticas puras. Se retiró cuando estaba matriculado en ingeniería mecánica. Por último, se dedicó a las ventas y a la industria.

Sin embargo, sacaba tiempo para visitar a los indios de Urabá y Chocó y organizar con ellos comedores comunitarios y huertas caseras. También leía, componía canciones y tomaba fotografías.

Unos años más tarde sus padres y sus hermanos organizaron una reunión familiar. Zorba volvió a encontrarse con sus primos, muchos de ellos oficiales retirados de la Policía Nacional. Uno de ellos entró a su cuarto. Sus ojos se detuvieron en una repisa donde había puesto uno de los cascos averiados por las piedras de su honda, un recuerdo que había guardado de las trifulcas en la universidad. El primo buscó el número que identificaba el casco y se quedó mirándolo, perplejo. Luego dijo: ¿Entonces vos fuiste el hijueputa que me pegó ese tracamanazo y me tumbó del caballo? Los dos se rieron de la historia, con los demás primos, el resto de la noche.

Ahora, Zorba ya no tira piedras ni quiebra vidrios porque está convencido de que eso no sirve para cambiar un país, así piense todavía que Colombia es una sociedad injusta, excluyente, desigual.

Ahora fabrica espejos y los exporta. Y sigue tomando fotos, cantando, escribiendo y tallando madera. También, organizando comedores comunitarios, esta vez para mujeres del campo.

A los 62 años es el mismo hombre corpulento, de ojos azules, que ríe a carcajadas. Y aunque ama a su familia, vive solo en una pequeña casa que hizo con sus propias manos en medio de los bosques del Alto de Santa Elena.

Ahora es un abuelo que lo comprende todo.