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miércoles, 10 de marzo de 2010

Lección aprendida

Eduardo Behrentz*

El Tiempo, Bogotá

Marzo 10 de 2010


El paro de transporte que afectó a Bogotá por cuatro días y dejó millonarias pérdidas a distintos sectores fue motivado por diferencias entre las compensaciones ofrecidas para la entrada del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP) y las pretensiones de la Asociación de Pequeños Transportadores (Apetrans).

La discusión llegó a feliz término en lo que se refiere al levantamiento del paro, pero dejó un sinsabor respecto a la estructura de indemnizaciones asociadas con el SITP y a la posibilidad de que estas afecten la tarifa que pagará el usuario. Esto a su vez representa un antecedente indeseable para los esfuerzos realizados en otros centros urbanos del país que pretenden generar sus propias versiones de SITP.

Es claro que Bogotá y otras ciudades se verán altamente beneficiadas con sistemas integrados de transporte (asociados con mejoras en la eficiencia, calidad del servicio y condiciones de trabajo de los conductores, así como con disminuciones en accidentalidad y contaminación del aire y visual), pero varios analistas han insistido en que se requieren mayores discusiones en relación con las condiciones de los contratos de concesión. Para el caso particular de Bogotá, se han criticado los extensos tiempos de las concesiones, así como las onerosas indemnizaciones y las generosas garantías jurídicas para los operadores.

En este contexto (que podría reproducirse en otras ciudades) y como resultado de las presiones ejercidas por Apetrans, dichos transportadores se aseguraron un negocio con muy pocos antecedentes, al lograr, sin importar la gestión realizada, una rentabilidad garantizada del 18 por ciento anual por un período de 24 años. Esto no solo parece excesivo, sino que representa una contradicción con la forma en que operan otros servicios públicos en Colombia, en donde las empresas prestadoras son objeto de un régimen económico regulado.

Por ejemplo, en el caso de los servicios públicos domiciliarios y bajo el actuar de las comisiones de regulación, los operadores (públicos, privados o mixtos) se encuentran sujetos a un marco tarifario que les permite recuperar los costos de inversión y de operación que se requieren para la prestación del servicio. Según la Ley 142 de 1994, dichos costos no deben reflejar ineficiencias en la prestación y estas no pueden trasladarse a la tarifa que paga el usuario. Esto significa, en contraste con lo logrado por Apetrans, que la única fuente de utilidad para las empresas se deriva de la optimización que logren de su propia operación.

A través de este modelo se han resuelto graves problemas de calidad y cobertura en el sector de servicios públicos y se ha logrado optimizar su costo, así como el uso de los recursos naturales requeridos. Asimismo, un modelo de regulación económica que opere a escala nacional protege de presiones a las autoridades locales y aporta solidez y transparencia a los procesos licitatorios. Esto último sería altamente deseable para el caso del transporte público, dado el tamaño del negocio y la informalidad y los conflictos de intereses que lo han caracterizado hasta el momento.

En conclusión, en busca de una mejor calidad de vida para todos los colombianos, debemos avanzar en la solución del caos asociado con los actuales sistemas de transporte público colectivo, asegurando que los procesos de migración hacia modelos tipo SITP se lleven a cabo de forma acertada. Para esto se debería reactivar la Comisión Nacional de Regulación del Transporte bajo la figura de Unidad Administrativa Especial, de tal forma que cuente con autonomía y la capacidad de acción requerida. ¡El Congreso Nacional tiene la palabra!

* Investigador

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Ahorro de agua en el país

Eduardo Behrentz*

El Tiempo, Bogotá

Diciembre 16 de 2009

De acuerdo con el esquema tarifario vigente, las tarifas que se cobran por el servicio de distribución de agua potable en Colombia son función, entre otros, del estrato socioeconómico del usuario y del denominado Consumo Básico. Este último hace referencia a la cantidad de agua que se considera necesaria para suplir las necesidades básicas de una familia.

El estrato incide en la tarifa debido a que los usuarios de altos ingresos contribuyen a cubrir los costos de los estratos bajos. Bajo este esquema, la tarifa que se cobra a los estratos 1, 2 y 3 no alcanza a cubrir el valor del servicio prestado, mientras que la diferencia causada es cubierta por el sobrecosto aplicado a los estratos 5 y 6.

El Consumo Básico influye en la tarifa debido a que este determina el máximo volumen de agua subsidiable, así como la cantidad a partir de la cual se considera un consumo excesivo (y, por ende, objeto de sobrecostos) para el caso de los estratos no subsidiados.

Esto significa que el valor asignado al Consumo Básico afecta los costos del servicio en todos los estratos sociales y, por lo mismo, tiene gran influencia en los patrones de consumo a nivel nacional. Esto se debe a la relación inequívoca (demostrada en las cifras disponibles para el sector) que existe entre costo del servicio y consumo de agua (menores costos se asocian con mayores consumos) dentro de un mismo estrato.

Lo anterior no quiere decir que para bajar el consumo nacional debamos aumentar aún más las tarifas del servicio de distribución de agua o limitar el sistema de subsidios que se aplica al mismo. Sin embargo, sí se hace necesaria una discusión acerca del valor del Consumo Básico en Colombia.

Esta necesidad se deriva tanto de la importancia de asegurar la sostenibilidad a largo plazo de nuestros recursos hídricos y energéticos, como del elevado valor asignado en la actualidad al Consumo Básico.

Numerosas fuentes de abastecimiento de agua potable del país se encuentran amenazadas por la creciente contaminación de las corrientes naturales, así como por la continua presión que la actividad minera ejerce sobre los sistemas de páramo.

Adicionalmente, a pesar de los esfuerzos realizados, la canasta energética del país sigue siendo dependiente de las fuentes hidroeléctricas, y su vulnerabilidad a las (cada vez menos predecibles) condiciones climatológicas sigue latente hoy en día.

A pesar de lo anterior y en el contexto de un panorama desolador en lo que se refiere al nivel de los embalses y reservorios de agua, según la normativa vigente, el Consumo Básico en Colombia es de 20 metros cúbicos al mes por hogar. Este valor, que equivale a unos 165 litros diarios por habitante, supera en más de un 35 por ciento el consumo residencial promedio de Bogotá y es significativamente mayor que el consumo per cápita de países como Inglaterra y Alemania.

Estas cifras demuestran la viabilidad técnica de reducir de forma significativa el valor asignado al Consumo Básico, a través de lo cual se evitaría el desperdicio y se fomentaría un uso más racional, con lo cual se lograría una disminución de los consumos a nivel nacional.

Es claro que cualquier normativa que afecte los costos del agua potable es altamente impopular y difícil de adoptar en medio de un año electoral. Sin embargo, si no tomamos medidas drásticas en este sentido, es posible que entremos a ser parte del grupo de países andinos que se caracterizan de forma simultánea por su riqueza natural y por los racionamientos de agua y energía.

*Investigador