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domingo, 11 de octubre de 2009

Infamia de un "colectivo de abogados"

Bogotá, 10 de octubre de 2009

Doctor Fidel Cano

Director del Diario El Espectador

Bogotá

Señor Director,

Tengo en mis manos el documento citado erróneamente por un artículo de El Espectador (del 7 de octubre de 2009), firmado por Giovanni González Arango, en el que se afirma que el Departamento de Estado de los EEUU responsabiliza a mi esposo el Coronel LUIS ALFONSO PLAZAS VEGA y a los militares colombianos de la muerte de varias personas fuera de combate y entre ellos los empleados de la cafetería del Palacio de Justicia, durante los trágicos hechos del 6 y 7 de noviembre de 1985.

La información de El Espectador es completamente falsa y difamatoria. Por eso le pido a usted, señor Director, publicar este desmentido al que tengo pleno derecho, como esposa del afectado, hospitalizado actualmente y sin poderse defender por si solo. El honor de mi marido y el de mi familia ha sido gravemente perjudicado por ese artículo donde su nombre aparece citado expresamente.

Es falso decir que se trata de un “documento del Departamento de Estado”. Se trata, en realidad, de un despacho interno de 1999 mediante el cual el Embajador norteamericano en Colombia en ese entonces, Curtis W. Kamman, le resume al Departamento de Estado, el 14 de diciembre de 1999, las afirmaciones de unas ONG de Derechos Humanos colombianas.

Estas ONG evocan el resultado de una reunión sostenida, en enero de 1999, con miembros del ministerio colombiano de Defensa. Tales reuniones fueron patrocinadas por el ministerio de Defensa colombiano. El “informe” aborda 12 o 13 puntos diferentes. El punto que tiene que ver con la tragedia del Palacio de Justicia es sólo uno de ellos. En realidad, son únicamente ocho cortas líneas del despacho. De éstas, el autor del artículo, posiblemente guiado por el colectivo de abogados Alvear Restrepo, extrapola e inventa frases y conclusiones que el documento no contiene.

Con ese despacho, el colectivo de abogados Alvear Restrepo manipuló a los medios de información colombianos aprovechando, quizás, el desconocimiento del idioma inglés del o de los periodistas que redactaron y publicaron la falsa noticia. El Espectador no publicó siquiera una traducción al castellano del despacho del citado embajador.

Varios de los comentarios del embajador aparecen borrados en la copia desclasificada. Probablemente esas líneas fueron borradas por el Departamento de Estado antes de desclasificar ese despacho. La desclasificación fue hecha, según sello oficial, el 19 de noviembre de 2007.

En uno de los puntos de ese despacho, las ONG pretenden que en uno de los diálogos había dos militares colombianos, uno activo (el general Hernández López, jefe del Estado Mayor Conjunto) y otro retirado. Para identificar al retirado las ONG aseguran que se trata del "coronel Alfonso Plazas Vargas” (se equivocan en el segundo apellido) quien comandó, según ellas, en noviembre de 1985, “el asalto del Ejército al edificio de la Corte Suprema que había sido tomado por el M-19”. Ese asalto, dicen, “resultó en la muerte de más de 70 personas, incluyendo once magistrados de las Cortes. Los soldados mataron a un número de miembros del M-19, y a sospechosos de colaborarles, fuera de combate, incluyendo los empleados de la cafetería del Palacio".

Esas frases de las ONG son totalmente erróneas y difamatorias, como es erróneo decir que fueron frases del embajador, o del Departamento de Estado. Quien lanza la calumnia contra el Coronel Alfonso Plazas y contra las fuerzas militares colombianas son las ONG. Tal difamación no viene de la Embajada norteamericana. Esta se limita a transcribir lacónicamente lo que esas ONG dijeron. Tampoco se trata de afirmaciones o de conclusiones del Departamento de Estado. Ni de informaciones obtenidas por un “agente secreto”. Tales afirmaciones fueron lanzadas en una reunión pública propiciada por el ministerio de Defensa de Colombia. El informe en su docena de puntos relaciona diferentes reuniones de ONG durante esos días con diferentes miembros del Ministerio de Defensa Colombiano.

El Departamento de Estado recibió ese resumen y lo archivó, sin darle importancia alguna. Años después, entre muchos otros documentos desclasificados originarios de otras embajadas norteamericanas, lo desarchivó. El colectivo Alvear Restrepo trata de utilizar ahora ese documento, y la falsa noticia redactada con ese respaldo, en momentos en que sus acusaciones contra mí marido se derrumban en el medio judicial.

¿Si el despacho fue desclasificado en noviembre de 2007 por qué lo trata de utilizar ahora, dos años después? Porque la bancarrota de las tesis del colectivo de abogados en contra de Alfonso Plazas es evidente y el colectivo debe intentar algo para salir de ese pantano.

La reunión evocada por el despacho de la embajada sí se llevó a cabo. El Coronel Plazas asistió como asesor del comandante general de las FFMM, cargo en el cual se desempeñaba en ese momento. Esa reunión se celebró en el Hotel Bogotá Plaza. Asistieron a ella entre 12 y 14 ONGs colombianas. El jefe de una de éstas era Otty Patiño, ex miembro del grupo terrorista M-19. Otras estaban representadas por ex guerrilleros del ELN, del M-19, el EPL etc. Había uno o dos extranjeros.

Documentos de este tipo son producidos por las Embajadas todos los días. Son enviados a sus respectivas cancillerías. Ese tipo de texto es conocido bajo la denominación de “informe crudo”, pues recoge lo que se dice en los países donde se hallan las sedes diplomáticas. Esos informes no constituyen posiciones oficiales de los Embajadores, ni del Departamento de Estado.

Es falso decir que “EE.UU. determinó responsabilidad de Plazas Vega en retoma del Palacio”. En el despacho desclasificado no hay ningún juicio de valor del gobierno de Estados Unidos de América, ni del embajador citado, ni de los supuestos “investigadores” o “agentes de inteligencia” (totalmente inexistentes en el despacho de la embajada). Es falso decir que “una investigación estableció que el ex uniformado sí está comprometido en desapariciones y asesinatos de civiles.” Es falso decir que “una operación efectuada por agentes de inteligencia al servicio de la Embajada de Estados Unidos en Colombia fue consignada en un informe al Departamento de Estado de ese país”. Es falso decir que el Coronel Alfonso Plazas es “el autor intelectual de las desapariciones y los asesinatos de quienes integraban la cafetería del Palacio de Justicia”. Es falso decir que el Departamento de Estado “señala que el coronel Plazas sí estuvo al mando de la operación y estuvo al tanto del manejo y conducción de las personas que iban siendo rescatadas del Palacio en llamas”.

No dudo que usted, señor Director, una vez coteje el despacho de la embajada (le adjunto una copia) con el artículo de El Espectador, admitirá que se trata de una falsa noticia y que varias de sus afirmaciones son difamatorias y violatorias del Derecho de prensa. Sin perjuicio de entablar ulteriormente la acción penal respectiva le ruego publicar este derecho de respuesta mío y darle la misma visibilidad que tuvo la noticia incriminada.

Cordialmente,

Thania Vega de Plazas

CC # 41.602.385 de Bogotá

lunes, 28 de septiembre de 2009

Crónica de la esposa de un soldado de Colombia

Por Thania Vega de Plazas *

Colombian News, París

Septiembre 28 de 2009

Domingo 27 de septiembre de 2009. Medio día. Salgo de un ascensor del Hospital Militar de Bogotá y encuentro en la pared un letrero que dice: “Heridos en combate”. Jamás pensé que mi esposo, el coronel Luis Alfonso Plazas Vega, 17 años después de haberse retirado del Ejército, iba a estar en este pabellón. La verdad es que este es otro tipo de combate, diferente a los que él libró estando activo. Este es un nuevo tipo de combate que está siendo muy fructífero para los enemigos de Colombia: ¡el combate jurídico!

Entro a la habitación y encuentro a mi marido profundamente dormido. Esto me hace ser más consciente de que él está realmente herido. El es un hombre hiperactivo, lleno de energía. No es normal que duerma a esa hora. Obviamente, está en un tratamiento contra la ansiedad y el pánico, y las medicinas que toma le obligan a que su mente descanse.

En el silencio de la habitación y con la mirada sobre la ciudad, siento el deseo de plasmar mis pensamientos y decido sentarme a escribir lo que está pasando por mi mente.

Cuando hace 38 años me casé con un soldado de Colombia, y a pesar de ser hija de un gran militar, no era consciente de lo que eso significaba. Es muy diferente la perspectiva de una hija y la de una esposa. Pero muy pronto me di cuenta: me había casado con un patriota. ¡Sí, un patriota! Uno de esos que estudiaba uno en el colegio en una materia que se llamaba Historia Patria que según entiendo ya no existe en los colegios de Colombia. ¡Los patriotas existen! ¡Yo me casé con uno de ellos!

Empecé a darme cuenta de qué es lo que realmente significa para un soldado de Colombia su país, su patria, cómo se preocupa por ella y como la quiere. Entendí lo que significa el juramento que hace cuando el es graduado como oficial y promete “no abandonar a nuestros jefes, superiores ni compañeros en acción de guerra, ni en ninguna otra ocasión”. O cuando reza la oración patria y dice: “Colombia, Patria mía, te llevo con amor en mi corazón, creo en tu destino y espero verte siempre grande respetada y libre”. O cuando dice: “¡Ser soldado tuyo es la mayor de mis glorias, mi ambición más grande es la de llevar el título de colombiano y llegado el caso morir por defenderte!”. Cuando dice todo eso, el soldado colombiano está absolutamente convencido de ello.

Y así lo demostró mi esposo a través de una brillante carrera militar. El es un enamorado de su vocación. Porque ser oficial del Ejército colombiano no es un empleo, es una vocación. Así como los sacerdotes dejan todo por servir a Dios, el militar deja todo para servir a su patria. Y eso lo saben todas las mujeres y esposas que tienen por compañero a un soldado de Colombia. Algunas viudas y otras con sus compañeros secuestrados desde hace más de 10 años lo saben. Otras, frente a su hogar y sus hijos, mientras sus maridos están en los lugares más recónditos de este país, luchando por la tranquilidad de los colombianos, también lo saben.

Por eso ese 6 de noviembre de 1985, cuando el grupo terrorista M-19 decide tomarse las altas Cortes para secuestrar a la justicia y juzgar a un presidente de Colombia, no sólo mi esposo, sino todos los militares que por orden presidencial fueron a rescatar a los magistrados, también iban a cumplir esa consigna de “¡llegado el caso morir por defenderte!”. De hecho algunos murieron. Fueron once los fallecidos en esos dos días, entre policías y militares. Y hubo más de 50 heridos. Yo quisiera saber, si fuera de sus familiares, alguien en Colombia recuerda a alguno de esos héroes. Ellos rescataron por lo menos a 260 personas, entre ellos a 42 magistrados. ¿De qué valió?

Mientras escribo tengo el televisor puesto sin volumen y, cuando levanto la mirada, veo en la pantalla al senador Gustavo Petro, ex guerrillero del M-19, si así se le puede llamar. El está en la Plaza de Bolívar rodeado de seguidores, participando como precandidato presidencial para las elecciones de 2010. ¡Cómo me duele el alma, cómo me duele el corazón, cómo me duele la injusticia! ¡Cómo me duele la inversión de valores! ¡Cómo me duele la ingratitud de un país! ¡Y cómo me duele la indolencia de la gente! Llevamos dos años de amargura desde cuando mi esposo fue detenido injustamente y sin pruebas, sólo por ser considerado “persona peligrosa para la comunidad” por una fiscal que no tenía ni la menor idea de lo que es una operación militar, como la del 6 y 7 de noviembre de 1985 en el Palacio de Justicia, realizada para enfrentar un asalto terrorista. Esa fiscal estima que lo que allí hubo ese día fue una “retención de algunos magistrados”.

Mientras tanto, el señor que aparece en la pantalla, por sentencia del 15 de mayo de 1992, fue condenado por una juez sin rostro por los delitos de rebelión, terrorismo, secuestro agravado, homicidio, lesiones personales, falsedad en documentos e incendio. Sin embargo, él no pagó un sólo día de cárcel. El Gobierno de entonces, se apresuró a citar a sesiones urgentes al Congreso para amnistiar a esos asaltantes. Mientras tanto, nosotros llevamos dos largos años en que la vida nos ha robado la libertad y la calma, por culpa de una fiscal y de una juez. Recuerdo momentos como la inesperada muerte de mi hermana menor, cuando tuve que ir sola a Medellín porque mi esposo estaba detenido hacia diez días. Ese es un duelo que no he podido hacer porque la vida me ha atropellado con tanto dolor y angustia que no he tenido tiempo para hacerlo. También recuerdo el triste momento en que murió mi suegro, cuando la juez no le permitió a mi esposo ser llevado al Hospital Militar a despedirse de su padre. Tampoco hemos podido disfrutar de momentos felices como el nacimiento, hace tres meses, de nuestro primer nieto, fuera del país, ya que mis hijos tuvieron que irse de Colombia. Tuvieron que irse por amenazas desde cuando ese soldado con vocación de servicio al país decidió enfrentarse a los narcotraficantes en su calidad de Director Nacional de Estupefacientes, en busca de un mejor país. Recuerdo el día de ayer cuando tampoco pudimos estar con ellos en un momento tan importante para nuestra formación religiosa como es recibir el sacramento del bautismo.

Reflexiono y pienso. Todo esto parece el mundo al revés. Colombia definitivamente no tiene memoria. ¿Quién ha cambiado la historia verdadera? ¿Quién inventó la nueva idea de que hay que acabar con los defensores de la patria? Creo saber quiénes son. Pero es mejor que usted, lector, haga su propio análisis. Ellos tienen una gran responsabilidad ante los colombianos y especialmente ante sus propios hijos, ante sus mismas descendencias quienes seguramente vivirán en este país. ¿Será que es muy difícil juzgar sobre la verdad verdadera? Pienso en los vecinos de habitación aquí en el Hospital Militar. Todos son muchachos que están comenzando a vivir y ya están heridos, algunos quedaron mutilados. Algunos perdieron sus piernas, otros perdieron sus brazos. Todo ello por ser soldados de Colombia. ¿Es muy tarde para decirles que eso no vale la pena? ¿Que se los dice una mujer de más de 50 años que ha vivido al lado de un soldado de Colombia? No, no quiero decirles eso, a pesar de todo lo vivido. La Patria vive un momento difícil, es cierto. ¡Pero sus enemigos no la vencerán mientras haya soldados de Colombia!

* Esposa del coronel (r) Luis Alfonso Plazas Vega.