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domingo, 22 de noviembre de 2009

El retorno permanente de Albert Camus

Eduardo García Aguilar

La Patria, Manizales

Noviembre 222 de 2009


Los franceses se preparan para celebrar el 4 de enero de 2010 los 50 años de la muerte trágica del Premio Nobel Albert Camus (1913-1960), que después de varias décadas de ser considerado por la intelectualidad marxista y sartreana como un autor fácil para adolescentes, "filósofo incompetente" e ideólogo blando, ha terminado por convertirse en un gurú contemporáneo de la tolerancia y la no violencia.

Hijo de una sirvienta española analfabeta y un humilde agricultor que murió en la guerra, el autor de "El extranjero" y "La peste" creció en la miseria en la colonial Argelia francesa. Un maestro, Louis Germain, cambió su destino al sugerir a su familia que ingresara a los estudios secundarios en un liceo de Argel frecuentado por niños bien y allí se encontró después milagrosamente con la literatura a través de los libros que había en casa de un tío y las orientaciones de su admirado maestro y mentor Jean Grenier.


Empezó desde temprano una obra literaria y una actividad teatral y periodística en los diarios Alger Republicain y Soir Republicain, donde describió la miseria de su clase y mostró en contra de las autoridades el drama de los árabes humillados por el colonizador, así como el desprecio reinante por las costumbres musulmanas del amplio Magreb de parte del autoritario europeo: militares, funcionarios, comerciantes, industriales e incluso obreros y pobres de la metrópoli.


Al estallar la guerra, el joven reportero de 27 años, nacido en Constantine bajo el sol mediterráneo y amante del fútbol, acepta la invitación de Pascal Pia a viajar al húmedo París para trabajar en el diario París Soir. Hace fila en el puerto, entre los árabes, antes de subir al barco y pasar el humillante proceso de desinfección y eliminación de piojos que le aplicaban a los colonizados, sin pensar un sólo instante que 17 años después sería Premio Nobel de Literatura.


Gallimard le publica El extranjero, que tiene un éxito fulgurante y muy rápido su intensa actividad teatral, ensayística y novelística lo llevó a la fama y a la gloria en medio del violento conflicto por la independencia argelina. Se había convertido en un símbolo joven de los "condenados de la tierra" descritos por Frantz Fanon y en ejemplo coyuntural de la lucha pacífica contra la colonización del Tercer Mundo.
Novelista y dramaturgo de éxito en el París de la post-guerra, Camus se destacó como periodista, reportero, articulista en el diario Combat, donde expresó la idea de que el conflicto concluyera con un país que admitiera, en concordia, la convivencia de los hermanos enfrentados: los nativos de siempre y los descendientes de los colonizadores franceses, o los mestizos que hicieron la vida allí y se sentían en casa tanto como los originarios de esa añeja tierra de dátiles que alguna vez fue colonizada por Roma.


Pero la guerra fue irreversible y la represión del ejército francés tan cruel y miserable con los árabes, que las heridas entre los bandos fueron de tal magnitud que al independizarse Argelia los franceses y los colaboradores de la metrópoli llamados pied noir (pies negros) tuvieron que abandonar en masa sus propiedades y tierras y viajar al exilio por millones a Francia, en la miseria, un país que muchos de ellos ni siquiera conocían.


De ahí viene el problema de los suburbios y el conflicto que se vive en Francia, donde existe la mayor cantidad de población musulmana e islámica de Europa. Durante décadas los que llegaron del Magreb fueron considerados la escoria de Francia y sirvieron como humildes trabajadores aplicados a las tareas más sucias, mientras la potencia francesa vivía sus famosos Treinta años gloriosos de progreso y crecimiento, que garantizaron el pleno empleo.


Sólo ahora a comienzos del siglo XXI algunos miembros de esa población argelina inmigrante de tercera o cuarta generación comienzan a acceder poco a poco a algunos puestos importantes, pero el origen árabe sigue siendo una tara para quienes buscan trabajo o ingresar a las escuelas. Medio siglo después de la muerte de Camus, la discriminación sigue viva y la cicatriz de la guerra de independencia arde con fuerza, mientras perviven sectores racistas de ultraderecha listos a endurecer las medidas contra los extranjeros y a desconocer a los descendientes de colonizados el estatuto de franceses auténticos.
Las grandes figuras literarias francesas del momento eran el gran autor de "La condición humana" André Malraux y el inquieto intelectual Jean Paul Sartre, que evolucionó hacia la izquierda y el marxismo y fue el filósofo de referencia de Francia en los años de antes de mayo del 68.


Pero fue el humilde argelino periodista de Combat, extranjero en los medios literarios parisinos, el que recibió a los 44 años el Premio Nobel ante la indignación de los admiradores de Sartre y Malraux. Alto, apuesto, con su cigarrillo siempre colgando de los labios, el personaje se volvió leyenda y sex-symbol al subir a los estrados de Estocolmo, pero tres años después la parca se lo llevó a los 47 años al estrellarse el auto en que viajaba con su editor Michel Gallimard contra un árbol en Villeblevin, cerca de Montereau, en el sureste de París, convirtiéndolo en leyenda, al igual que el aviador Saint Exupéry, autor de "El principito".

"Yo no aprendí la libertad con Marx. La aprendí en la miseria", dijo Camus para destacar que sus ideas estaban ancladas en la realidad de su pueblo natal Mondovi, el sufrimiento de su madre española analfabeta y la tuberculosis que lo aquejó desde muy joven, y no en la moda intelectual de los círculos parisinos.

El admiraba desde adolescente a André Malraux y declaró que hubiera preferido que le hubieran dado el Nobel a él. Pero el destino escogió a Camus. En lo que respecta a Sartre, la historia mostró que su entusiasmo final por los totalitarismos de izquierda no fue tan acertado. Y ahora de nuevo las ideas humanistas de Camus, pasadas de moda un tiempo, reviven y vuelven con fuerza en tiempos de guerras y conflictos atroces y discriminaciones mundiales que parecen estar a punto de estallar en todas partes.

domingo, 11 de octubre de 2009

Herta Müller y los escritores desconocidos

Eduardo García Aguilar

La Patria, Manizales

Octubre 11 de 2009


Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.

La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio de la literatura, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y críticos acríticos en las universidades.


En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado a una autora de mi generación, que nació en la misma estación del año de 1953 cuando murio Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista y bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.


En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con la pinta algo punk, un corte rebelde de pelo y una vestimenta típica de los jóvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza: chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años que no se imagina que dos décadas después ganaría el premio Nobel.


"El hombre es un gran faisán en la tierra" pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta dividida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen: el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruidas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un lei en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.


En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, después del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del este dominados por la Unión Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típica edición modesta apta para animar a un nuevo autor promisorio. Rumanas, polacas, alemanas del este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenia acceso con abundancia en los países del oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.


En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlín y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.


Ahora la academia sueca para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se ha convertido en Berlín en una notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elías Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde le fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.


Fue enternecedor ver a esta mujer decir con ternura que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavía la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y que parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, encorvados por tantos doctorados honoris causa y por los premios y los honores venales que les consigue las multinacionales de turno y que son un pretexto para vender un nuevo best seller.


Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extraordinario como el Nobel.