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miércoles, 24 de febrero de 2010

El acertijo griego

George Soros*

El Tiempo, Bogotá

Febrero 24 de 2010

El euro es una construcción única e inusual cuya viabilidad hoy es sometida a prueba. Otmar Issing, uno de los padres de la moneda común, dejó perfectamente en claro el principio sobre el cual se fundaba: el euro estaba destinado a ser una unión monetaria, pero no política. Los estados participantes establecieron un banco central común, pero explícitamente se negaron a renunciar al derecho de gravar a sus propios ciudadanos y cederlo a una autoridad común. Este principio fue venerado en el Artículo 125 del Tratado de Maastricht, que desde entonces ha sido rigurosamente interpretado por la Corte Constitucional alemana.

El principio, sin embargo, está lleno de errores a la vista. Una moneda hecha y derecha requiere tanto un banco central como un tesoro. El tesoro no tiene por qué ser utilizado para gravar a los ciudadanos a diario, pero sí tiene que estar disponible en tiempos de crisis. Cuando el sistema financiero corre el riesgo de colapsar, el banco central puede ofrecer liquidez, pero sólo un tesoro puede lidiar con los problemas de la solvencia. Este es un hecho bien sabido que debería haberle resultado claro a todo aquel involucrado en la creación del euro. Issing admite que él estaba entre quienes creían que "dar inicio a una unión monetaria sin haber establecido una unión política era poner el carro delante del caballo".

A la Unión Europea se le fue dando vida paso a paso, poniendo el carro delante del caballo: estableciendo objetivos y cronogramas limitados pero políticamente alcanzables, sabiendo plenamente que no serían suficientes y, por ende, que se necesitarían otros pasos posteriores en su debido curso. Pero, por varias razones, el proceso gradualmente se paralizó. La UE hoy está en gran medida congelada en su forma actual.

Lo mismo es válido para el euro. La crisis del 2008 reveló el defecto en la construcción del euro, ya que cada país miembro tuvo que rescatar a su propio sistema bancario en lugar de hacerlo de manera conjunta. La crisis de la deuda griega llevó las cuestiones a un clímax. Si los países miembro no pueden tomar los próximos pasos, el euro puede desmoronarse, con consecuencias adversas para la UE.

La construcción original del euro postulaba que cada miembro acataría los límites impuestos por el Tratado de Maastricht. Pero los gobiernos griegos anteriores insignemente violaron esos límites. El gobierno de Papandreou, elegido en octubre del 2009 con el mandato de poner la casa en orden, reveló que el déficit presupuestario alcanzó el 12,7 por ciento del PBI en el 2009, lo que sorprendió tanto a las autoridades europeas como a los mercados.

Las autoridades europeas aceptaron un plan para reducir el déficit gradualmente, pero los mercados no se quedaron tranquilos. La prima de riesgo sobre los bonos del gobierno griego sigue rondando los tres puntos porcentuales, lo que priva a Grecia de gran parte del beneficio de pertenecer al euro, a saber, poder refinanciar los bonos del Gobierno a la tasa de descuento oficial.

Con la prima de riesgo en los niveles actuales, existe un peligro real de que Grecia no pueda salir del aprieto, más allá de lo que haga, porque mayores recortes presupuestarios terminarían por deprimir aún más la actividad económica, reducir ingresos tributarios y empeorar la relación deuda-PIB. Frente a ese peligro, la prima de riesgo no regresará a su nivel previo si no existe una ayuda externa.

La situación se ve agravada por el mercado de las permutas de riesgo crediticio (CDS, por su sigla en inglés), que es proclive a favorecer a quienes especulan con la quiebra. Al tratarse de CDS largos, el riesgo automáticamente baja si se equivocan. Esto es exactamente lo contrario de la venta en corto en los mercados de valores, donde equivocarse implica que el riesgo automáticamente aumenta.

Tras reconocer la necesidad, en su última reunión, Ecofin por primera vez se comprometió a "salvaguardar la estabilidad financiera en la zona del euro en su totalidad". Pero Ecofin todavía no ha encontrado el mecanismo para hacerlo, porque los actuales acuerdos institucionales no ofrecen ninguno, aunque el Tratado de Lisboa establece una base legal para ello.

La solución más efectiva sería emitir, de manera conjunta o por separado, eurobonos con garantía para refinanciar, digamos, el 75 por ciento de la deuda con vencimiento, siempre que Grecia cumpla con sus objetivos acordados, dejando que esta nación financie el resto de sus necesidades de la mejor manera que pueda. Esto reduciría significativamente el costo del financiamiento, y sería el equivalente de que el FMI desembolsara sus préstamos en tramos siempre que se fueran cumpliendo las condiciones.

Pero esto es políticamente imposible hoy en día, porque Alemania se opone vehementemente a recurrir a sus bolsillos abultados para ayudar a sus socios derrochadores. Por lo tanto, se tendrán que encontrar acuerdos provisorios.

El gobierno de Papandreou está decidido a hacer lo que sea necesario para corregir los abusos del pasado, y goza de un grado considerable de respaldo público. Ha habido protestas masivas y resistencia de parte de la vieja guardia del partido gobernante, pero el público general parece dispuesto a aceptar la austeridad siempre que se vean progresos en la corrección de los abusos presupuestarios -y existen muchos abusos para corregir-.

De manera que la asistencia provisoria será suficiente para permitirle a Grecia salir adelante, pero eso deja afuera a España, Italia, Portugal e Irlanda. Juntos, constituyen una porción demasiado grande de la zona del euro como para que la ayuda surja de acuerdos provisorios. La supervivencia de Grecia sigue dejando interrogantes sobre el futuro del euro. Aun si la UE maneja exitosamente la crisis actual, ¿qué sucederá con la próxima?

Lo que se necesita es evidente: más control intrusivo y acuerdos institucionales para una asistencia condicional. Es más, un mercado de eurobonos bien organizado sería aconsejable. La pregunta es si se puede generar la voluntad política para tomar estas medidas.

*Presidente de Soros Fund Management y del Open Society Institute. Su libro más reciente es 'The Crash of 2008'. Copyright: Project Syndicate, 2010. Traducción de Claudia Martínez.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Una nueva estructura mundial

George Soros*

El Tiempo, Bogotá

Noviembre 19 de 2009

Veinte años después de la caída del Muro de Berlín y del desplome del comunismo, el mundo afronta otra difícil alternativa entre dos formas fundamentalmente diferentes de organización: el capitalismo internacional y el capitalismo de Estado. El primero, representado por los Estados Unidos, ha quedado decompuesto, y el segundo, representado por China, está en ascenso. Seguir la vía de la menor resistencia propiciará la desintegración gradual del sistema financiero internacional. Hay que inventar un nuevo sistema multilateral basado en principios más sólidos.

Si bien la cooperación internacional para la reforma de la reglamentación es difícil de alcanzar fragmentariamente, podría lograrse con un gran pacto que reorganizara todo el orden financiero. Es necesaria una nueva conferencia de Bretton Woods, como la que creó la estructura financiera internacional posterior a la segunda guerra mundial para establecer unas nuevas normas internacionales, incluidos el trato dispensado a las entidades financieras demasiado grandes para quebrar y el papel de los controles de capital. También debería reconstituir el Fondo Monetario Internacional para que reflejara mejor el orden jerárquico predominante entre los Estados y revisar su método de funcionamiento.

Además, un nuevo Bretton Woods debería reformar el sistema monetario. El orden de la posguerra, que hizo a Estados Unidos más igual que los demás, produjo desequilibrios peligrosos. El dólar ya no disfruta de la confianza que merecía en otro tiempo y, sin embargo, ninguna divisa puede ocupar su lugar.

E.U. no debe dudar en recurrir más a los derechos especiales de giro del FMI. Como estos están denominados en varias divisas nacionales, ninguna de ellas gozaría de una ventaja injusta.

Habría que aumentar el número de divisas incluidas en los derechos especiales de giro y algunas de las nuevas divisas añadidas, incluso el renmimbi, pueden no ser totalmente convertibles. Sin embargo, eso permitiría a la comunidad internacional apremiar a China para que abandone su paridad del tipo de cambio con el dólar y sería la forma mejor de reducir los desequilibrios internacionales. Así, el dólar podría seguir siendo la divisa de reserva preferida, siempre que se gestionara prudentemente.

Una gran ventaja de los derechos especiales de giro es la de que permiten la creación internacional de dinero, que resulta particularmente útil en momentos como el actual. A diferencia de lo que ocurre actualmente, se podría dirigir el dinero hacia donde más falta hiciera. Existe un mecanismo que permite a los países ricos que no necesiten reservas suplementarias transferir sus asignaciones a quienes sí que las necesiten, recurriendo a las reservas de oro del FMI.

La reorganización del orden mundial no deberá limitarse al sistema financiero y deberá contar con la participación en ella de las Naciones Unidas, en particular los miembros del Consejo de Seguridad. Debe ser E.U. quien inicie ese proceso, pero China y otros países en desarrollo deben participar en condiciones de igualdad. Son miembros renuentes de las instituciones de Bretton Woods, dominadas por países que ya no tienen una posición dominante. Las potencias en ascenso deben estar presentes en la creación de ese nuevo sistema para velar por que lo apoyen activamente.

El sistema, en su forma actual, no puede sobrevivir y E.U. es el que más tiene que perder si no se colocan al frente de su reforma. E.U. está aún en condiciones de dirigir el mundo, pero, sin una capacidad de dirección de amplias miras, es probable que su posición relativa siga erosionándose. Ya no puede imponer su voluntad a los demás, como el gobierno de George W. Bush intentó hacer, pero podría encabezar un empeño cooperativo para lograr la participación de los países en desarrollo y los desarrollados, con lo que se restablecería la dirección americana de forma aceptable.

De no ser así, la perspectiva es aterradora, porque una superpotencia en declive que pierda su dominio político y económico, pero conserve la supremacía militar, es una combinación peligrosa. Solía tranquilizarnos la generalización de que los países democráticos aspiran a la paz. Después de la presidencia de Bush, esa regla ha dejado de ser válida, si es que alguna vez lo fue.

En realidad, la democracia pasa por un momento muy difícil en Estados Unidos. La crisis financiera ha infligido privaciones a una población que no gusta de afrontar la realidad dura. El presidente Barack Obama ha desplegado el "multiplicador de la confianza" y afirma haber contenido la recesión, pero, en caso de que haya una recesión con "doble caída", los americanos pasarán a ser víctimas de toda clase de traficantes del miedo y demagogos populistas. Si Obama fracasa, el próximo gobierno sentirá la poderosa tentación de crear alguna distracción respecto de los problemas internos: un gran peligro para el mundo.

Obama tiene la visión acertada. Cree en la cooperación internacional, en lugar de la concepción de Bush-Cheney, basada en la razón de la fuerza. El ascenso del G-20 como foro primordial de la cooperación internacional y el proceso de colaboración con los asociados acordado en Pittsburgh son pasos en la dirección correcta.

Sin embargo, lo que falta es un reconocimiento general de que el sistema está decrépito y se debe reinventarlo. Al fin y al cabo, el sistema financiero no se desplomó del todo y el gobierno de Obama adoptó la decisión consciente de resucitar los bancos con subvenciones ocultas, en lugar de recapitalizarlos por decreto. Las entidades que sobrevivieron disfrutarán de una posición en el mercado más potente que nunca y resistirán una revisión sistemática. Muchos problemas apremiantes preocupan a Obama y no es probable que preste toda la atención debida a la necesidad de reinventar el sistema financiero internacional.

Los dirigentes de China deben tener una amplitud de miras mayor aún que Obama. China está substituyendo a los consumidores americanos como motor de la economía mundial. Como es un motor menor, la economía mundial crecerá más despacio, pero la influencia de China aumentará muy rápidamente.

De momento, el público chino está dispuesto a subordinar su libertad individual a la estabilidad política y el adelanto económico, pero puede que no siga así indefinidamente y el resto del mundo nunca subordinará su libertad a la prosperidad del Estado chino.

Al convertirse China en una de las potencias rectoras del mundo, debe transformarse en una sociedad más abierta para que el resto del mundo esté dispuesto a aceptarla como tal. Como las relaciones de poder militar son las que son, China no tiene otra opción que la de un desarrollo pacífico y armonioso. De hecho, de ello depende el futuro del mundo.

*Presidente del Soros Fund Management y del Instituto de la Sociedad Abierta. Su libro más reciente es 'The Crash of 2008' ('El desplome de 2008').

Copyright: Project Syndicate, 2009.