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lunes, 22 de marzo de 2010

Centrocracia

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Marzo 21 de 2010


La designación, a través de la consulta popular, de Noemí Sanín en el Partido Conservador y de Antanas Mockus, en el Partido Verde, despejó ya el abanico de candidatos de las próximas elecciones presidenciales. La vitalidad de la democracia colombiana (a pesar de negros lunares, como el PIN y la compra de votos) se ve ya reflejada en la disputa por la Presidencia de la República.

Todos los rasgos que los teóricos de la democracia exigen para que una contienda electoral amerite ese calificativo se presentan en estas elecciones.

En primer término, la diversidad y la calidad del liderazgo político. Este es, sin duda, uno de los rasgos de nuestro sistema político que más sorprende a los observadores internacionales: en efecto, el liderazgo en Colombia no se agota en una figura única (Hugo Chávez) o en un dúo dinámico (Fidel y Raúl, Néstor y Cristina), sino en una amplia gama de candidatos de altísima calidad. Muchos de ellos con reconocidos méritos para alcanzar la presidencia y ejercerla con eficacia y dignidad. Colombia continúa siendo una tierra estéril para el caudillismo personalista. Salvo, probablemente, el general Tomás Cipriano de Mosquera en el siglo XIX, Colombia no ha conocido nunca esta folclórica figura del zoológico político latinoamericano.

En segundo término, a diferencia de otros países del continente donde los mandatarios han anunciado que desean gobernar por los siglos de los siglos de manera individual (Hugo Chávez) o en una rotación matrimonial indecente (Néstor y Cristina), en Colombia vamos a observar una amplia rotación de las élites políticas. Cualquiera que sea el ganador en las próximas elecciones, se va a producir un cambio de estilo de gestión política, en los énfasis gubernamentales, en la composición de los altos cargos del Estado. Sin duda, el 7 de agosto vamos a observar cambios profundos en la forma de gobernar.

En tercer término, es interesante comprobar que el abanico de candidatos a la Presidencia de la República cubre todo el espectro ideológico, salvo los dos extremos, la extrema derecha y la extrema izquierda. En efecto, los candidatos que representan las actuales opciones político-partidistas van desde el centroderecha hasta el centroizquierda, pasando por el centro. Es importante resaltar la composición de este abanico ideológico centrista, pues esta diversidad ideológica acotada muestra una vez más que los colombianos, a pesar de la violencia que nos afecta, siempre votamos hacia el centro del espectro ideológico. Colombia ha sido y seguirá siendo una democracia de centro: una centrocracia.

En cuarto término, las elecciones presidenciales están regidas por la incertidumbre. A pesar de que Juan Manuel Santos tiene, probablemente, las mayores opciones, nada está escrito de antemano. No estamos en la Cuba de los Castro, en donde elecciones plebiscitarias con candidatos únicos renuevan monótonamente a los vejetes del anacrónico Partido Comunista. En el juego de alianzas interpartidistas que se van a tejer tras la primera vuelta presidencial en torno a los dos candidatos mayoritarios, se va a definir el nuevo Presidente de Colombia. Es decir, el ganador va a ser aquel que logre armar la coalición mayoritaria.

En los últimos días se han escrito todo tipo de improperios en contra de las instituciones democráticas colombianas. No es, como no lo es ninguna, una democracia perfecta. Basta observar el sorprendente avance de los movimientos neonazis y neofascistas en Europa, con su carga incontenible de odio xenofóbico y su violencia contra otras expresiones nacionales y culturales.

En nuestro país, valores como la renovación política, el pluralismo ideológico, la incertidumbre y el respeto a las minorías están hoy en día plenamente garantizados. No creo que algunos lunares, así algunos causen vergüenza, sean suficientes para desconocer la vitalidad de una democracia que pronto celebrará 200 años.

lunes, 8 de marzo de 2010

Luces y sombras

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Marzo 8 de 2010


¿Cómo sería hoy Colombia si las Farc y el Eln hubieran escuchado el clamor nacional de paz en 1990?

Hace 20 años se firmó el acuerdo de paz entre el M-19 y el gobierno de Virgilio Barco. Se trata, sin duda, de un hecho histórico con muchos logros y enormes frustraciones.

Yo lo viví intensamente. A pesar de ser un crítico abierto de la lucha armada, el M-19 me invitó en varias ocasiones a discutir su proyecto de paz. El primer encuentro fue en la casa de seguridad que le había asignado el gobierno de Cuba al M-19 en La Habana y la continuamos en la casa de seguridad que disponían en Managua, concedida por el gobierno sandinista. Meses después, tuve la ocasión de reunirme de nuevo con sus máximos dirigentes en un hotel en la Ciudad de México.

En medio de los intensos debates obtuve una satisfacción personal: una de mis tesis, la necesidad de alcanzar un "pacto político por la democracia", fue acogida en uno de los últimos congresos del M-19.

La decisión de firmar un acuerdo de paz no era fácil, pues en esos momentos todos los grupos guerrilleros se habían unificado en torno a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y una decisión unilateral podía ser percibida como una traición a la revolución. Por ello, Carlos, mi hermano, se dirigió al principal campamento de las Farc en La Uribe (Meta) y durante un largo mes trató de convencer a Jacobo Arenas y a 'Manuel Marulanda' de las bondades de un pacto de paz. No encontró ninguna receptividad.

Es más. En las semanas que antecedieron al acuerdo de paz tuve la ocasión de escuchar una conversación entre mi hermano y Jacobo Arenas -en el campamento de paz localizado en Santo Domingo (Cauca)-, abiertamente hostil. ¿Por qué, sin embargo, firmó el M-19 el acuerdo de paz? Si me atengo a mis largas conversaciones con Carlos, podría resumir en cuatro sus argumentos centrales: en primer término, una clara conciencia de la inutilidad de la lucha armada como un recurso para acceder al poder. La guerrilla estaba condenada a convertirse, como en efecto ocurrió, en una insurgencia crónica. En segundo término, el rechazo de los colombianos a la violencia y el deseo de paz que conducirían inexorablemente a la guerrilla a la marginalidad (como, sin duda, ocurrió). En tercer término, a los riesgos inevitables de una degradación de la guerrilla por las modalidades de financiación del conflicto que exigiría una escalada militar. En efecto, el narcotráfico y el secuestro terminarían degradando moralmente a las Farc y al Eln. Y, finalmente, las lecciones del desastre que significó la criminal toma del Palacio de Justicia.

El acuerdo de paz tuvo importantes repercusiones, tanto a nivel interno como internacional. Poco después de la desmovilización del M-19, siguieron el mismo camino el Epl, el Quintín Lame, el Prt y la Crs. Pero, además, como han reconocido los dirigentes guerrilleros de El Salvador y Guatemala, el ejemplo del grupo colombiano incidió hondamente en los dos procesos de paz exitosos de Centroamérica (1992 y 1996).

Por otra parte, el acuerdo de paz generó un clima nacional de reconciliación que habría de incidir en la aprobación de la Asamblea Constituyente y la Constitución de 1991. Es más. En la Constituyente hubo un hecho excepcional: una dirección colegiada que reunió a Antonio Navarro con Álvaro Gómez Hurtado (recientemente secuestrado por el propio M-19) y Horacio Serpa Uribe. Los representantes de los dos partidos tradicionales con una fuerza emergente, como un signo de los nuevos tiempos.

Pero la euforia de esos acuerdos de paz tuvo también su lado oscuro. Ante todo, la inasistencia de las Farc y el Eln a esa fiesta democrática que significó la aprobación de la Constitución de 1991 y, por tanto, la persistencia de la violencia -cada día más degradada-, gracias al nacimiento de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), hija natural de los excesos de la guerrilla.

¿Cómo sería hoy Colombia si las Farc y el Eln hubieran escuchado el clamor nacional de paz en 1990? ¿Cuánto dolor y sangre nos hubiéramos evitado?

lunes, 22 de febrero de 2010

Efecto de demostración

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Febrero 22 de 2010


El Polo Democrático Alternativo tiene hoy en día dos espacios de demostración de su capacidad de gestión administrativa en el país: Bogotá y Nariño, los cuales pueden ser determinantes a la hora de la escogencia de su candidato para la Presidencia de la República, Gustavo Petro.

Es muy difícil que la administración de Antonio Navarro Wolff -quien en el pasado, siendo alcalde de Pasto, fue declarado el mejor del país- brille hoy como gobernador, pues al hermoso departamento de Nariño le cayeron simultáneamente los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: la guerrilla, el narcotráfico, las pirámides y las bandas criminales emergentes. Por ello, el espacio de demostración del Polo ha quedado reducido a Bogotá.

Es legítimo, por tanto, formular una pregunta: ¿La cuestionada gestión del alcalde de Bogotá, Samuel Moreno Rojas, va a afectar las perspectivas electorales futuras del Polo? Esta pregunta nace de una constatación histórica: una de las principales vías de la izquierda democrática en América Latina para acceder a la Presidencia de la República ha sido gracias al carácter ejemplarizante de su gestión municipal.

Podríamos mencionar tres casos. La labor del líder del Frente Amplio Tabaré Vázquez, en Montevideo; la gestión del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), en San Salvador, y las distintas administraciones locales del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil.

El 15 de febrero de 1990, Tabaré Vázquez ganó las elecciones para ocupar el cargo de Intendente de Montevideo a nombre del Frente Amplio. Sus reconocidas realizaciones en la capital uruguaya lo proyectaron como una figura de talla nacional que, finalmente, lo condujo a la presidencia de la República en las elecciones celebradas en el año 2004.

En el año 1997 -es decir, solamente cinco años después de los acuerdos de paz firmados en el Castillo de Chapultepec en Ciudad de México-, el FMLN en alianza con el partido Convergencia Democrática gana la alcaldía de San Salvador con Héctor Silva y la conservará durante doce años. Este triunfo fue el inicio de una carrera ascendente del FMLN, hasta el triunfo el año pasado de su candidato presidencial, Mauricio Funes.

Un camino similar recorrió el Partido de los Trabajadores de Brasil. El PT, que surgió en las luchas sindicales contra la dictadura militar en los años setenta, se consolidó durante la transición a la democracia en la década siguiente como uno de los más importantes partidos en el panorama partidista brasileño. El ejemplo de sus alcaldías locales (Fortaleza, São Paulo, Porto Alegre, Río Grande del Sur, Victoria, Belo Horizonte, etc.) catapultó al PT a la Presidencia de la República, la cual ocupará con su máximo líder, Luiz Inácio Lula da Silva, en el año 2003.

El Polo Democrático Alternativo debe hacer profundos esfuerzos para mejorar su imagen en Bogotá. Una mala administración afectaría profundamente la candidatura de Gustavo Petro, pues el elector podría hacer una reflexión muy simple: "si no pueden administrar a Bogotá, menos podrán administrar a Colombia".

Pero el impacto negativo sería catastrófico no solamente para Petro, sino para el propio PDA, hecho que no es de ninguna manera deseable. Colombia requiere de una izquierda democrática no solamente para garantizar el pluralismo democrático y el juego gobierno/oposición -que constituyen las fuentes de toda democracia auténtica-, sino para erradicar la violencia política.

En efecto, hasta los años 80 los jóvenes radicales no tenían ninguna opción democrática de izquierda (salvo grupos minoritarios, como el Moir). La guerrilla copaba el espacio de la oposición radical. Hoy, un joven de izquierda encuentra en el Polo una opción política creíble.

Por estas razones, es indispensable que el Polo reaccione frente a lo que ocurre en la capital del país. Se requiere un serio cambio de ruta. Bogotá puede ser un trampolín hacia la presidencia o un camino hacia el fracaso.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Incertidumbre o "dedazo"?

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Febrero 8 de 2010

¿En el caso probable de que el presidente Álvaro Uribe no se pueda presentar como candidato en las próximas elecciones, quien reciba el guiño presidencial será el seguro ganador? Es decir, como afirman algunos, estamos ad portas de repetir la experiencia de México durante la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el "dedazo". Mediante la designación de su sucesor a dedo, el PRI mantuvo su hegemonía política entre 1926 y 2000, es decir, hizo elegir 12 presidentes (Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo), o sea, hasta la llegada de Vicente Fox, del Partido Acción Nacional.

¿En qué consistía el "dedazo"? En la obra de Jorge Castañeda La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México (Alfaguara, 1999), el autor cuenta una anécdota que retrata de cuerpo entero esta práctica del PRI. En 1979, el entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz, había decidido nombrar como su sucesor al ministro del Interior, Luis Echeverría. Pero, para conservar el rito convocó a los nueve jerarcas de su partido para "comunicarles que Don Alfonso Martínez Domínguez, el líder de nuestro partido, después de haber celebrado una auscultación muy completa, como a ustedes les consta, ha llegado a la conclusión de que el candidato que reúne las mejores condiciones es Luis Echavarría". Y agregó: "Como miembro distinguido del partido he sido comisionado para comunicárselos. Entiendo que ustedes también han llegado a esa conclusión. Los felicito por esa decisión, que yo comparto".

A mi modo de ver, es erróneo hablar de "dedazo" en Colombia al menos por dos factores. En primer término, en México existía en estos años lo que Mario Vargas Llosa denominó la "dictadura perfecta", es decir, un sistema unipartidista hegemónico. Este no es el caso de Colombia, en el cual existe un claro multipartidismo. Incluso, el Polo Democrático controla la capital del país.

Por otra parte, en América Latina, gracias a su creciente madurez democrática, uno de sus principales rasgos, la incertidumbre en los resultados electorales, comienza a ganar fuerza. En efecto, la dinámica electoral reciente en la región muestra una multiplicidad de situaciones. En Chile, a pesar de la enorme popularidad de Michelle Bachelet (82 por ciento) su candidato fue derrotado. En Brasil, a pesar de la buena imagen de Lula (75 por ciento), Dilma Rousseff, su candidata, no las tiene todas consigo, pues José Serra, del PSDB, sigue arriba en las encuestas.

Por el contrario, en Uruguay el candidato del Frente Amplio, José Mujica, barrió en las elecciones, gracias, entre otros factores, a los altos niveles de popularidad del presidente saliente, Tabaré Vázquez. En Costa Rica, en cambio, a pesar de que Óscar Arias sólo contaba con una aceptación del 40 por ciento, la candidata de su partido, Laura Chinchilla, podría hoy lunes proclamarse como la nueva Presidenta de su país.

Estas cuatro experiencias nos muestran que en los actuales procesos electorales de América Latina reina la incertidumbre. Esta es una buena noticia. Además del otro requisito para una auténtica democracia, la posibilidad de la alternación democrática (como ocurrió en Chile con al triunfo de Sebastián Piñera), la incertidumbre es fundamental. Estamos lejos de los resultados previsibles como en la Cuba de Fidel Castro y sus reelecciones indefinidas con el 99 por ciento de los votos.

Por ello, hablar de "dedazo" en Colombia me parece un error. Colombia, como el resto de América Latina, está alcanzando la mayoría de edad democrática y en las próximas elecciones el abanico de candidatos será amplio y diverso en el plano ideológico y político, y podremos escoger con total libertad. Unos votarán a favor de la continuidad de las políticas de Uribe, otros buscarán otras alternativas.

lunes, 25 de enero de 2010

Péndulo democrático

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Enero 25 de 2010

El triunfo electoral del candidato de la derecha chilena, Sebastián Piñera, deja una honda lección para América Latina: la posibilidad de la alternación democrática izquierda-derecha sin traumatismos, sin que esto signifique el fin del mundo. La imagen de Piñera abrazado con su contrincante derrotado, Eduardo Frei, es excepcional. Ambos sonrientes, ambos dispuestos a encontrar espacios comunes -en medio de la diferencia-, para hacer de Chile la primera nación de América Latina que podría ingresar en un futuro próximo al exclusivo club de los países desarrollados.

La alternación ideológica es el mayor indicador de la madurez democrática que ha alcanzado Europa. El Viejo Continente ha virado hacia la derecha tras años de dominio socialista y socialdemócrata. Silvio Berlusconi (Italia), Nicolás Sarkozy (Francia), Ángela Merkel (Alemania), Jan Balkenende (Holanda), Yves Leterme (Bélgica), Anders Rasmussen (Dinamarca), Fredrik Reinfeldt (Suecia), Maati Vanhanen (Finlandia) y algunos otros líderes son los portadores de este viraje derechista. Pronto, la Gran Bretaña ingresará a esta corriente con el nuevo líder tory, David Cameron, en detrimento del desgastado primer ministro laborista, Gordon Brown. Lo mismo puede ocurrir en España debido a la caída de popularidad de José Luis Rodríguez Zapatero.

Un incipiente proceso de alternación ideológica pacífica se viene dando, igualmente, en América Latina. Se trata de una buena noticia. Un signo de que estamos alcanzando, finalmente, la mayoría de edad democrática.

En los años noventa, muchos candidatos de izquierda accedieron al poder por la vía electoral, incluyendo partidos o coaliciones conformadas por antiguos miembros de los grupos insurgentes (El Salvador, Uruguay, Nicaragua). Ahora, el péndulo se está moviendo hacia la derecha.

Además de Chile, ya cambió el signo ideológico de los gobiernos de Panamá y Honduras. En la primera nación, el empresario y líder de la derecha, Ricardo Martinelli, del Partido Cambio Democrático, barrió en las elecciones del año pasado a la candidata oficialista, Balbina Herrera, del Partido Revolucionario Democrático, y hoy se sitúa como el gobernante más aplaudido de la región con un 90 por ciento de respaldo. En Honduras, tras la ruptura institucional liderada por Roberto Micheletti -miembro del propio Partido Liberal del depuesto, Manuel Zelaya-, en las recientes elecciones triunfó el candidato del Partido Nacional de oposición, Porfirio Lobo.

Y se vislumbran más cambios. Probablemente, el más significativo se va a producir en la potencia emergente de América Latina, Brasil, con el no improbable triunfo de José Serra en las próximas elecciones presidenciales. Serra (ex ministro, ex senador y actual gobernador del Estado de São Paulo) es el sucesor de Fernando Henrique Cardoso en el liderazgo del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), de tendencia liberal. De acuerdo con las encuestas, si las elecciones fueran hoy Serra ganaría las elecciones con un 41 por ciento de los votos, seguido de Ciro Gomes, del oficialista Partido Socialista Brasileño (PSB), con el 15 por ciento; de la líder del opositor Partido Socialismo y Libertad (PSOL) de extrema izquierda, Heloísa Helena Lima, con el 14 por ciento; y, más abajo, con un escaso 8 por ciento, la candidata de Lula, la ex guerrillera y actual Ministra de la Presidencia, Dilma Rousseff, del oficialista Partido de los Trabajadores (PT), que cuenta con un escaso 8 por ciento de las intenciones de voto.

Un panorama similar se vislumbra en Argentina, debido a la caída vertical de la imagen de la presidenta, Cristina Fernández, con un débil 19 por ciento en las encuestas -la más baja de todo el continente-, y cuya facción política ya recibió un duro campanazo de alerta: la pérdida de la mayoría parlamentaria en las elecciones celebradas en junio de este año.

Ojalá la tendencia mesiánica de algunos mandatarios de la región no les impida ver este nuevo panorama de renovación democrática que vive el continente.

lunes, 11 de enero de 2010

"Bicho raro"

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Enero 11 de 2010

"Bicho raro." Así se define a sí mismo el ex líder guerrillero y nuevo presidente electo de Uruguay, José Mujica, quien se posesiona el próximo primero de marzo. Uruguay es una enorme fuente de lecciones para Colombia por su madurez democrática y su infinita capacidad de reconciliación.

En las recientes elecciones presidenciales hubo dos hechos que merecen una honda reflexión. Por una parte, la mayoría de los uruguayos votaron en contra de una propuesta de reabrir los procesos penales contra los responsables de la dictadura civil-militar (1973-1985). Y, al mismo tiempo, eligieron presidente a un ex miembro del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), Tupamaros. Es decir, con una mano decidieron "pasar la página" de los horrores del pasado y con la otra, para reforzar esa decisión, designaron a un ex guerrillero presidente.

La dictadura terminó en 1985, gracias al controversial Pacto del Club Naval, mediante el cual los líderes políticos de los partidos Colorado, Frente Amplio y Unión Cívica y los comandantes de las Fuerzas Armadas pactaron un acuerdo de impunidad, tanto para los miembros del Estado como para los líderes guerrilleros. Este pacto se materializó en la Ley No. 15.848 de 1986 (o Ley de Caducidad de las Pretensiones Punitivas del Estado), como mecanismo para garantizar una transición pactada hacia la democracia.

En 1989, la mayoría de los uruguayos (57 por ciento) votaron en contra de un plebiscito que pretendía anular la Ley de Caducidad. En las recientes elecciones, celebradas el pasado 25 de octubre, nuevamente, la mayoría de los electores votaron en contra. Uruguay decidió pasar la página y mirar hacia el futuro.

Pero este gesto de reconciliación nacional no terminó ahí. La elección de José Mujica tiene un significado aún más profundo.

José Mujica es, sin duda, un "bicho raro". En 1964 cayó preso durante un asalto frustrado a Sudamtex. En ese momento se hizo pasar por delincuente común y salió en libertad. Poco después, sin embargo, debió pasar a la clandestinidad como 'Ulpiano' o 'Facundo'. Gravemente herido en un enfrentamiento con la fuerza pública fue, nuevamente, detenido y torturado. Tras una fuga, fue recapturado al inicio de la dictadura y pasó en prisión más de una década. Al salir de la cárcel haría historia. Fue el primer ex tupamaro en llegar al Congreso. El primero en presidir la Asamblea General. El primero en pasar revista a las tropas del Batallón Florida -responsable del desmantelamiento del MLN-, acompañado por el jefe del Ejército, general Ángel Bertolotti, y por los comandantes de la Marina y la Aviación. El primero en ser ministro (de Agricultura), al lado de Enrique Bonelli (Ministro de Trabajo), y, finalmente, el primero en ser presidente. Una parábola vital ejemplar.

Los colombianos estamos enfrentando el pasado con estándares de verdad, justicia y reparación distintos y superiores a los que ha habido en Uruguay y muy superiores a los que hubo en Brasil, Guatemala, El Salvador, España e Irlanda del Norte, para solo mencionar algunos casos. La aplicación de estos estándares debe tener como norte alcanzar la paz y la reconciliación entre los colombianos. Pues, como diría el presidente de Chile, Ricardo Lagos, en el momento en que recibió el informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (2005), "estas medidas están orientadas a sanar las heridas y no a reabrirlas".

José Mujica, ese "bicho raro", es un símbolo para toda América Latina. Es un símbolo de la capacidad de un movimiento armado de transitar de las armas a la política, de la violencia a la lucha democrática. Es un símbolo de la capacidad de reconciliación nacional, mediante la cual los antiguos adversarios se reencuentran en una sociedad democrática.

Me pregunto: ¿estamos los colombianos preparados para "pasar la página", para mirar hacia el futuro? ¿Cuándo entenderán las Farc y el Eln -dos organizaciones en proceso de honda degradación criminal- la inutilidad de su violencia irracional?

lunes, 14 de diciembre de 2009

Violencia urbana

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Diciembre 14 de 2009

En los últimos meses se observa un aumento de las tasas de homicidio en algunos de los principales centros urbanos del país. ¿Cuáles son las raíces explicativas de un hecho tan preocupante? Recientemente, la Fundación Nuevo Arco Iris propuso una explicación con poco rigor intelectual: que se trataba de un particular fenómeno de neoparamilitarismo aliado de la guerrilla (¿?) y enemiga del Estado (¿?). Dios mío.

Otros analistas han propuesto hipótesis más sólidas y coherentes, relacionadas con la creciente disminución de los ingresos provenientes del tráfico de drogas y, por tanto, la brutal guerra que se ha desatado en torno a estos ingresos menguantes. Si antes el tamaño de la torta limitaba las guerras intestinas, pues el pastel alcanzaba para todos; ahora una torta cada día menos suculenta genera guerras sin cuartel.

¿Por qué han disminuido los ingresos del narcotráfico? En primer término, debido a la reducción de los cultivos y laboratorios en el país, como reconoció recientemente el embajador William Brownfield, compensado con el aumento de la producción en países como Perú y Bolivia. El típico "efecto globo", es decir que, frente a un consumo global estable, si disminuye la producción en un país, aumenta de inmediato en otro, para satisfacer los requerimientos del mercado ilegal.

En segundo término, la creciente presencia del Estado en territorios que ayer eran controlados por organizaciones criminales y, en los cuales, la producción y comercialización de la cocaína se hacía sin mayores restricciones. Unas tras otras, las ciudadelas de la coca en manos de las Farc han sido reincorporadas a la nación.

En tercer término y, ante todo, debido a la incapacidad de los actuales precarios carteles colombianos de introducir directamente y bajo su control la cocaína a los mercados europeos y norteamericano y, luego, venderla al menudeo a través de redes locales. Como sabemos, gracias a los estudios de los especialistas, el 80 por ciento de los ingresos totales de la producción, comercialización y venta de las drogas ilícitas las obtiene quien las introduce en el mercado consumidor y las vende al menudeo. Hoy en día, los carteles regionales o las Farc y el Eln (grupo que día a día está más y más inmerso en este criminal negocio) entregan la droga en las fronteras terrestres o marítimas a los carteles mexicanos, brasileños y, de manera creciente, a los de Venezuela y Ecuador, los cuales la introducen en los grandes mercados. Es decir, para bien de Colombia y para tristeza de países hermanos, el grueso de las ganancias se está quedando manos de sus carteles con grave impacto en sus tasas de criminalidad. Caracas, la ciudad más violenta hoy en el mundo, es un ejemplo dramático.

Otra raíz de este aumento de la criminalidad urbana es que, frente a la creciente dificultad para comercializar la droga a nivel mundial, los carteles-boutique actuales están haciendo un esfuerzo desesperado para aumentar verticalmente el consumo interno. Las 450 'ollas' o expendios de droga solamente en Bogotá son altamente preocupantes. Mientras que estamos logrando que disminuya el peso de Colombia en el mercado mundial de las drogas, nos estamos convirtiendo en un país altamente consumidor. Este factor está, igualmente, incidiendo en las tasas de homicidio. El control territorial de 'ollas' y zonas de tráfico y consumo urbano ha desatado una brutal guerra entre bandas y combos en ciudades como Cali y Medellín y otros centros urbanos.

Finalmente, una tercera raíz de esta ola criminal se relaciona con uno de los fenómenos más comunes tras la desmovilización de grupos armados a nivel mundial: la extorsión. Es decir, las famosas oficinas de cobro que se han extendido como un cáncer en todos los centros urbanos del país, dirigidas en muchas ocasiones por mandos medios de las Auc y, en algunos casos, de las Farc y el Eln.

Estos nuevos fenómenos criminales deben ser objeto de análisis y, ante todo, de acción estatal decidida.

martes, 1 de diciembre de 2009

¿Paramilitares o bandas criminales?

Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Noviembre 30 de 2009

Hoy, en Colombia estamos afrontando un complejo debate intelectual: ¿cómo denominar a las bandas que emergieron tras la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia? Mientras que la Policía Nacional las denomina "bandas criminales emergentes", en algunos estudios y medios de comunicación las consideran como una nueva generación paramilitar.

Según el director de la Fundación Arco Iris, León Valencia, estos grupos "se diferencian de la anterior generación de paramilitares en que aún no tienen una estructura nacional que los cobije a todos y en que, en algunos lugares, están aliándose con uno de los grupos guerrilleros para compartir actividades de narcotráfico o para luchar por el control territorial combatiendo a la fuerza pública o a otro grupo insurgente" (Cambio, 26 de noviembre de 2009).

¿Grupos paramilitares que combaten a la fuerza pública? ¿Grupos paramilitares aliados con la guerrilla? ¿No eran los grupos paramilitares aparatos paraestatales destinados a apoyar la guerra contrainsurgente?

Recordemos que Ronald Reagan introdujo un cambio profundo en la doctrina militar de los Estados Unidos. Fue el paso de la doctrina de la contención a la doctrina del roll back. La tesis de la contención a la expansión comunista había sido formulada en los inicios de la guerra fría (1947) por George Kennan. Reagan, ante el avance de los regímenes revolucionarios en el Tercer Mundo (Etiopía, Angola, Mozambique, Nicaragua, Grenada), decidió pasar de la contención al roll back (es decir, una política orientada no a contener sino a desestabilizar a los regímenes marxistas en la periferia del campo socialista para "reincorporarlos" al mundo occidental). Los "guerreros santos" o muyahidines en Afganistán, la Renamo en Mozambique, la Unitas de Jonas Savimbi en Angola y la Contra en Nicaragua son algunos ejemplos de estas "guerrillas anticomunistas", según el conocido término de Michael Radu.

Carlos Castaño intentó reproducir esas experiencias y ganar apoyo, tanto interno como internacional, gracias a la imagen del "combatiente anticomunista". Sin embargo, nunca lo logró debido a las fronteras borrosas que siempre tuvieron las Auc entre la acción contrainsurgente y las prácticas criminales.

Tras la desmovilización de las Auc, emergieron en el país numerosas bandas. En algunos casos, se trató de algunos bloques que se opusieron a la desmovilización; en otros, de grupos disidentes de bloques desmovilizados que siguieron en la acción ilegal; y, finalmente, en algunas regiones, de nuevos grupos liderados por mandos medios de las antiguas Auc.

Más que una "tercera generación paramilitar", se trata de grupos criminales descompuestos de tres tipos: típicas redes mafiosas (tales como las "oficinas de cobro"), traficantes de drogas o simples redes criminales dedicadas al secuestro y la extorsión. La diferencia central entre estas nuevas manifestaciones criminales y los grupos paramilitares son dos: primero, su enemigo ya no son los grupos guerrilleros o sus bases de apoyo social y político, sino, ante todo, las instituciones estatales. Segundo, en la mayoría de las regiones estas bandas criminales no solamente no actúan contra la guerrilla y sus bases de apoyo social, sino que conviven en alianzas pragmáticas ya sea para el tráfico de drogas o para negociar secuestrados.

En cualquier caso, el Estado debe poner en marcha todo su dispositivo de seguridad y justicia para impedir que este nuevo Frankenstein eche raíces. La convivencia pragmática, el apoyo encubierto o abierto o, simplemente, la indiferencia que hubo en el pasado hacia las Auc permitieron que ese otro Frankenstein se escapara del laboratorio. Sería criminal que esta dolorosa experiencia se repitiera en el futuro, dado que muchas bandas están siendo utilizadas para evitar que las víctimas luchen por sus derechos. Por ejemplo, a la restitución de sus propiedades, en manos de testaferros de las Auc o de las Farc.

lunes, 19 de octubre de 2009

Los dilemas del perdón

Por Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogota

Octubre 19 de 2009


Hace pocos días se conoció un fragmento del documental Los pecados de mi padre, dirigido por el joven realizador argentino Nicolás Entel en torno a la vida del hijo de Pablo Escobar, Juan Pablo Escobar, joven arquitecto que ahora vive en Argentina bajo el nombre de Sebastián Marroquín. En ese fragmento aparece el senador Rodrigo Lara conversando con el hijo de uno de los responsables de la muerte de su padre. Al final, se observa un abrazo de reconciliación.

En el mismo documental aparecen los hijos de Luis Carlos Galán, otra víctima de Pablo Escobar. Ellos habían manifestado hace un año -con ocasión de una carta de Sebastián Marroquín en la cual éste decía que "si seguimos en este mar de odios, vamos a ahogarnos todos"- que estaban "dispuestos a perdonar, pero siempre y cuando haya justicia, porque perdón sin justicia es sinónimo de impunidad y eso, para nosotros, no es un verdadero perdón" (EL TIEMPO, 17 de agosto de 2008).

Estos gestos excepcionales me recordaron un libro, igualmente excepcional, en el cual los dilemas del perdón y la reconciliación constituyen el telón de fondo. Simón Wiesenthal, sobreviviente de los campos de concentración y quien dedicara su vida a localizar a criminales nazis, publicó un libro testimonial (Los límites del perdón. Dilemas éticos y racionales de una decisión, Paidós), que nace de una dura experiencia personal. La historia es la siguiente. Un soldado de las SS que participó en el exterminio del pueblo judío estaba a punto de morir. En su lecho de muerte, su conciencia cristiana lo atormenta y en un último aliento decide pedir "absolución" a un judío. Wiesenthal, quien se hallaba recluido en el campo de exterminio viendo morir diariamente a miles de miembros de su pueblo, no quiso conceder al moribundo el perdón que este pedía con vehemencia e, incluso, juntando las manos en actitud suplicante. Simplemente le dio la espalda y se fue.

El soldado murió sin consuelo y Simón Wiesenthal vivió atormentado con este hecho toda su vida. ¿Ha debido conceder el perdón? Para afrontar esta duda que lo martirizaba les pidió su opinión a muchas personas que habían vivido situaciones similares o, al menos, de elevada autoridad moral. Las respuestas están en el libro. Unos consideran que los crímenes de lesa humanidad no pueden ser objeto de perdón. Como dice en su comentario, Herbert Marcuse, "creo que el perdón fácil de estos crímenes perpetúa la propia maldad que trata de aliviar". Otros, aun entendiendo lo difícil de la decisión para Wiesenthal en aquel momento, consideran que el perdón libera no solamente al ofensor sino, ante todo, al ofendido. Este se quita de encima una carga de odio y resentimiento que le impide reconstruir su vida. En su comentario, Robert M. Brown recuerda el proceso surafricano liderado por Nelson Mandela y Desmond Tutu, tendiente a superar el apartheid con base en la catarsis colectiva del perdón. Como diría Borges, "mi castigo es el perdón".

No se trata de un tema fácil. Perdón proviene de la palabra perdonar, una conjugación de los verbos latinos per y donare. Uno y otro tienen múltiples significados, pero en general se entiende por perdón -de acuerdo con su etimología latina- la acción de dar algo de manera gratuita. Esta es, en mayor o menor medida, la idea del perdón en todas las grandes religiones (cristiana, judía o musulmana). El perdón unilateral y sin esperar ninguna contraprestación es una opción individual. Ni el Estado ni la sociedad pueden exigirles a las víctimas perdonar. Depende del fuero interno de cada ser humano. Pero, ¿deben las víctimas de las múltiples violencias de Colombia perdonar? En el contexto actual del país, me parece que la respuesta de los hijos de Luis Carlos Galán es la más adecuada. Decir sí al perdón, mucho más al hijo de Pablo Escobar, que no es responsable de los excesos de su padre, pero, sin sacrificar los derechos de las víctimas a la verdad, a la justicia y a la reparación.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El deber de la memoria

Por Eduardo PizarroLeongómez

El Tiempo, Bogotá

Septiembre 21 de 2009

El domingo 13 de septiembre se llevó a cabo en la población de El Salado (departamento de Bolívar) la presentación del informe del Área de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación titulado 'Esta guerra no era nuestra' (Bogotá, Taurus/Semana, 2009).

En el año 2000, 450 paramilitares rodearon a la población acusada de apoyar a las Farc y asesinaron con sevicia a 60 personas. Fue un típico acto de terror y de barbarie.

El terrorismo se puede definir como un acto dirigido contra la población civil con objeto de generar un clima de miedo colectivo y, de esta manera, obtener un resultado específico. Matar a pocos para afectar a muchos, es la consigna central del terrorismo. Por ejemplo, los carrobombas de los extraditables en los años 80 y 90 del siglo pasado buscaban, mediante el terror, influir sobre la opinión pública para que esta presionara a las autoridades a terminar con la extradición. Lo lograron: la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 aprobó la no extradición.

En El Salado el objetivo de la masacre tenía la misma lógica perversa: mediante una matanza arbitraria (la mayoría de las víctimas eran seleccionadas al azar, para mostrar que todos sin excepción eran culpables) se logró el objetivo buscado: que, salvo pocas familias, los 7.000 habitantes del corregimiento de El Salado salieran desplazados para Cartagena, Sincelejo, Barranquilla o Carmen de Bolívar. De esta manera, los 'paras' lograron despejar el territorio, ocupar los bienes abandonados y crear corredores estratégicos para el tráfico de drogas y armas. El Salado es un caso típico de utilización del terror como un arma de guerra.

En el mundo de hoy, tras la creación de la Corte Penal Internacional de La Haya, estamos entrando a una fase histórica de "cero tolerancia" hacia la violencia como recurso de acción política, ya sea para sostener un orden social (paramilitares), ya sea para transformarlo (guerrilla).

Mi generación creció con el mito de la revolución cubana, la guerra de Vietnam, el "cura guerrillero" Camilo Torres y el Che Guevara. Es decir, en un clima de legitimidad en múltiples sectores sociales de la lucha armada para afrontar dictaduras militares o transformar sociedades con inmensas desigualdades económicas.

Sin embargo, durante el período de vida de mi generación ese mito se ha derrumbado y ha surgido un protagonista distinto: las víctimas, portadoras de derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación. El "guerrillero heroico" perdió su aura mítica y hoy miramos con horror y desprecio a sus herederos: las Farc y el Eln. Es decir, en el mundo actual estamos contemplando la muerte del mito del "combatiente-rebelde", que en el pasado era la figura central en los procesos de paz, para darle paso a la figura de las víctimas. De todas las víctimas: de agentes del Estado, de grupos de extrema derecha o de organizaciones de extrema izquierda.

Para entender esta honda transformación cultural, jurídica y política tanto en el ámbito internacional como en el contexto colombiano, es indispensable leer la brillante obra del profesor de la Universidad de los Andes Iván Orozco titulada Justicia transicional en tiempos del deber de la memoria (Bogotá, Temis/Universidad de los Andes, 2009).

Se trata de una obra fundamental para comprender los desafíos que enfrentamos hoy en día los colombianos para lograr la paz. Esta ya no puede pasar por leyes de amnistía o decretos de indulto como en el pasado (es decir, en donde el "rebelde-combatiente" ocupaba el centro de la escena), sino, mediante mecanismos de justicia transicional en donde los derechos de las víctimas constituyen el corazón del proceso histórico. Una revolución copernicana.

El mundo cambió 360 grados. Ojalá las Farc y el Eln comprendan algún día que son más obsoletos que el tranvía tirado de mulas que había en la Bogotá de principios del siglo XX.

jueves, 17 de septiembre de 2009

La otra cara de la luna

Por Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Septiembre 17 de 2009


En la segunda mitad del siglo XIX, César Lombroso, el polémico médico italiano fundador de la antropología criminal, tuvo, tras observar las anormalidades en el cerebro de un famoso criminal de su época, la idea de los "tipos criminales innatos". Estos eran el epiléptico, el habitual, el loco, el loco-moral, el atávico, el ocasional, el pasional y el profesional.

Esta cuestionada teoría fue refutada por los científicos de su época, pero de cuando en cuando revive aquí y allá en el mundo. En Estados Unidos, la comunidad afroamericana es muchas veces percibida como la fuente principal de la criminalidad. Ante lo cual, Richard Rosenfeld, profesor de criminología de la Universidad de Missouri-St. Louis, ha insistido en que "ninguna raza tiene el crimen impreso en sus genes".

En Colombia, igualmente, surgen a menudo estereotipos semejantes. Algunos sectores sociales son objeto de una injusta estigmatización: si un estudiante de una universidad pública es capturado por sus vínculos con un grupo insurgente, todos los estudiantes de ese centro universitario son calificados como terroristas.

Una estigmatización similar ocurre con los ganaderos del país, quienes, sin más ni más, son acusados de paramilitarismo. A partir de casos particulares (sin duda, hubo quienes se vincularon con las Auc) se generaliza de manera irresponsable y se abarca a todo un sector de la sociedad, lo cual no solamente es injusto, sino criminal. En efecto, estos señalamientos convierten a los sectores estigmatizados en objetivo militar, ya sea de grupos radicales de extrema derecha o de extrema izquierda.

Pero, además, el señalamiento termina haciendo invisible "la otra cara de la luna": la inmensa cantidad de ganaderos que han sido víctimas de los grupos armados ilegales. Ante todo, de crímenes atroces, como secuestro, extorsión, homicidios y desaparición forzada.

Para afrontar estos temas, la Fundación Colombia Ganadera (Fundagan) y la Universidad Sergio Arboleda van a lanzar mañana viernes, en el Museo Nacional, un libro desgarrador: 'Acabar con el olvido' (Bogotá, 2009), en el cual aparecen miles de nombres de ganaderos que han perdido su vida o sus bienes, tanto por responsabilidad de la guerrilla como de los grupos paramilitares; 1.008 homicidios y 1.452 secuestros se hallan documentados en el libro, en el cual se recogen algunos de los 472 testimonios de víctimas que ha registrado ya Fundagan. Como dice la presidenta de la Fundación, María Fernanda Cabal, "las víctimas ganaderas de la violencia no son menos víctimas ni tienen menos derechos que las demás. Ante los derechos a la verdad, la justicia y la reparación, todas las víctimas son iguales, sin distingos de clases, condición o ideología y, sobre todo, sin distingos del victimario que los sometió a tan abyecta condición". Estamos de acuerdo. Todas las víctimas merecen especial consideración. No puede haber víctimas de primera y víctimas de segunda.

La Fundación Colombia Ganadera es un ejemplo del creciente compromiso de los gremios del país con la población más vulnerable y con las víctimas del conflicto. Por una parte, Fundagan ha conformado una sociedad de ganaderos donantes de vacas preñadas a familias pobres, bajo el compromiso de que le deben donar la primera cría a un vecino necesitado. Doscientos treinta y nueve mil ganaderos pobres (alrededor del 48,3 por ciento de la ganadería del país) se podrían ver beneficiados con este programa.

Además, mediante el programa "Carne pa' ti, carne pa' mí" se están vendiendo a precios muy bajos para los estratos 1 y 2 productos inalcanzables para estos sectores sociales desposeídos, mejorando así su dieta proteínica. Ya la fundación ha adquirido furgones refrigerados para acceder a estas poblaciones altamente vulnerables, en zonas tanto urbanas como rurales.

En buena hora la Federación Nacional de Ganaderos ha tomado estas decisiones. Colombia requiere un mayor compromiso gremial con la paz y la justicia social.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Rostro compungido

Por Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Setiembre 7 de 2009

El viernes pasado, tras las marchas organizadas por un grupo de jóvenes (no por el Imperio y la CIA, como dijo Chávez) mediante Facebook y Twitter, el embajador de Venezuela, Gustavo Márquez Marín, con el rostro compungido, les dijo a los medios que era doloroso ver cómo atacaban al líder de su nación y cómo, mediante estas manifestaciones, se podía agudizar el odio entre ambas naciones.

Con Venezuela tengo afectos antiguos y profundos. Con presencia del presidente Ramón J. Velásquez, en noviembre de 1992, creamos en la Universidad Central de Venezuela la Cátedra Colombia y, poco después, en febrero de 1993 y con presencia de la canciller, Noemí Sanín, la Cátedra Venezuela, en la Universidad Nacional de Colombia. Fruto de estas dos cátedras de la hermandad y el afecto nació el Grupo Académico Binacional Colombia-Venezuela. Un grano de arena, sin duda, pero que evidencia mi afecto por su país, Señor Embajador.

Por eso me duele la distancia entre Caracas y Bogotá e, igualmente, me duele el trato de su gobierno hacia Colombia y los colombianos. Ud. afirma, Señor Embajador, que le molestaron los ataques a su líder durante las marchas. ¿Le parece, entonces, sano que el presidente Hugo Chávez trate al gobierno de mi país en los términos que utiliza? Le ruego que observe y escuche por YouTube el video titulado 'Chávez insulta nuevamente a Uribe' (2 de febrero de 2003), en el cual afirma que "el presidente Uribe es un criminal", oligarca, imperialista, lacayo, mentiroso, mafioso, etc. ¿Le parecen calificativos para construir un relación sana entre pueblos hermanos?

Me duelen las constantes amenazas de su gobierno de matar colombianos. ¿Cómo interpretar de otra manera las amenazas de prender los aviones Sukhoi y los tanques para agredir a mi país? ¿Le pareció muy amistoso, Señor Embajador, el envío de 10 batallones a la frontera común?

Me molesta el trato al comercio binacional. Miles de colombianos han perdido sus puestos de trabajo y caído en la miseria por esta actitud agresiva. La frontera binacional se debate en la incertidumbre económica por causa de estas decisiones arbitrarias.

Me molesta la decisión del presidente Hugo Chávez de "cero comercio". La situación socioeconómica de las clases menos favorecidas de Venezuela es difícil, tanto como en Colombia. Pero, trasladar productos de consumo desde Argentina a su país, debido a los costos de los fletes, va a doblar su precio para el consumidor venezolano o va a obligar a Venezuela a subsidiar estos productos para venderlos al mismo precio. ¿Tiene sentido un sacrificio económico de estas dimensiones? Hoy, Caracas, según la prestigiosa revista Foreign Policy ('The List: Murder Capitals of the World', septiembre de 2008), que dirige su compatriota Moisés Naim, es la ciudad más violenta del mundo con 130 homicidios por cada cien mil habitantes, superando a Ciudad del Cabo, Nueva Orleans, Moscú y Port Moresly (Papua Nueva Guinea). ¿Tiene sentido agravar aun más las condiciones de vida de los venezolanos, ahondando los costos comerciales?

Señor Embajador: ¿estaban las dos funcionarias diplomáticas de su país, Alicia Dávila y Ligzabeth Lozano, haciendo proselitismo político en el salón comunal del barrio Policarpa Salavarrieta con su autorización? ¿Estaba el sargento Pedro José Carreño, de
la Fuerza Aérea de su país, tomando fotos y videos de las marchas del viernes pasado -seguramente para detectar ciudadanos venezolanos opositores- con su autorización?

Señor Embajador: debo ser sincero. En vez de afirmar, con el rostro compungido, que las marchas eran una agresión a su líder y un mecanismo para ahondar odios, Ud. debe trabajar para que su gobierno respete a Colombia y a los colombianos. Estamos fatigados con la hostilidad del gobierno de su país. Dos naciones hermanas deben construir escenarios de diálogo basados en el respeto mutuo. Los colombianos jamás hemos agredido a Venezuela y jamás lo haremos. Se lo aseguro.

domingo, 9 de agosto de 2009

Yankees go home

Por Eduardo Pizarro Leongómez

El Tiempo, Bogotá

Agosto 10 de 2009

El acuerdo para la presencia de tropas USA en siete bases militares de Colombia ha generado todo tipo de reacciones, tanto a nivel nacional como internacional. Más allá de la conveniencia o inconveniencia de su presencia en nuestro país, debo confesar que me han causado asombro muchos argumentos confusos y falaces, que se han expresado a lo largo de este debate.

Primero, me impresiona que para muchos críticos, mientras que las tropas USA se hallaban en la base de Manta en Ecuador no constituían una amenaza para la región. Como, en efecto, no lo fueron. Pero, una vez estas mismas tropas se trasladan para Colombia, se convierten de la noche a la mañana en una amenaza regional. No me explico la razón por la cual no protestaron cuando se hallaban en Ecuador y ahora, a pesar de que cumplirán idénticas funciones (enfrentar el tráfico de drogas y el terrorismo), son objeto de rechazo frontal.

En segundo término, no entiendo por qué la presencia de tropas norteamericanas no era amenazante cuando nos hallábamos bajo el mandato de George W. Bush en la Casa Blanca -un auténtico halcón-, mientras que ahora, bajo el liderazgo de Barack Obama -una reconocida paloma-, sí constituye un riesgo para la seguridad regional. Esta lectura se encuentra, por ejemplo, en el artículo de Fidel Castro 'Siete puñaladas en el corazón de América', publicado en el diario oficial Granma. El dirigente cubano considera que el "imperialismo norteamericano" no cambia y que su naturaleza es igual e inmutable. Castro sigue teniendo, probablemente, como libro de cabecera la obra de Lenin El imperialismo: fase superior del capitalismo. No, Fidel, Obama no es la versión 'afro' de Bush. Es otra cosa, gracias a Dios.

En efecto, todo el mundo ha celebrado la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, incluida la izquierda en todo el mundo. Sin embargo, este hecho histórico, que ha generado un nuevo escenario internacional (retiro de las tropas USA en Irak, cierre del presidio de Guantánamo, apertura hacia Cuba, etc.), se olvida y el "antinorteamericanismo" pueril e infantil resucita sin más ni más. Chávez afirma que el gobierno de Barack Obama amenaza la seguridad de Venezuela. Qué ridiculez.

En tercer término, me molestaron las palabras del canciller de Brasil. El señor Celso Amorim considera que el descubrimiento de los misiles suecos constituye "un episodio de tamaño pequeñito en comparación con las bases". Es probable que para Amorim el asesinato de colombianos con armas provenientes del Ejército venezolano sea despreciable. No se trata de sangre brasileña. Pero, para los colombianos, una gota de sangre, un solo colombiano asesinado, no es un "episodio de tamaño pequeñito". Si Brasil -un país que amamos y admiramos- quiere jugar un papel de potencia media en el mundo, es decir, un rol político correspondiente a su tamaño y a su poder económico, debe probar que está dispuesto a actuar con responsabilidad y mesura. De lo contrario, es preferible que quede en su papel actual.

En cuarto término, muchos críticos exigen que Colombia explique el sentido de la presencia de tropas USA en bases colombianas en la reunión de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), pero no exigen que Ecuador explique la presencia de miembros de las Farc en su territorio, ni que Venezuela explique por qué hay tanta arma y munición de sus Fuerzas Armadas en manos de los grupos guerrilleros. Si el espacio de Unasur es serio, debe ser un escenario para discutir todos los temas que afectan a la región y crear un espacio de diálogo constructivo.

Es importante, sin duda, que el gobierno colombiano deje claras al menos tres cuestiones esenciales en torno a este espinoso tema: primero, que no se trata de bases estadounidenses, sino de bases militares colombianas dirigidas por oficiales colombianos; segundo, que sus funciones se limitan al combate contra el narcotráfico y el terrorismo; tercero y, por lo tanto, que no constituyen una amenaza para la región.