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miércoles, 24 de marzo de 2010

Las diferencias

Fernando Londoño Hoyos

La Patria, Manizales

Marzo 23 de 2010

Cerrada la Consulta Conservadora con el triunfo ajustado pero indiscutible de Noemí Sanín, queda abierto el debate sobre el futuro del partido y sobre la organización de las fuerzas uribistas para las próximas campañas. La señora Sanín obtuvo muchos votos para una consulta y muy pocos para aspirar con ellos a la Presidencia de la República y ni siquiera suficientes para tomar parte en una segunda vuelta que proceda con ese fin. Dicho con claridad elemental, si no consigue el apoyo de cuantos llegaron con Andrés Felipe Arias a las urnas, no tiene nada que decir en el debate que se viene. Noemí necesita de Arias, o mejor expuesto, necesita convencer para su causa a quienes lo acompañaron. Tratándose de un electorado de opinión, lo que cuenta es la opinión de toda esa gente, hasta ahora bien distante de lo que Noemí Sanín significa y pregona.


No convence la candidata conservadora cuando se dice fervorosa partidaria de la Seguridad Democrática. Porque el asunto es de harta profundidad y alcance, nada bien resuelto cuando se advierte que trabajó y luchó a la sombra del doctor Andrés Pastrana y de su grupo, encabezado por Juan Gabriel Uribe, mucho más cercano a Pastrana que a Noemí. Y Pastrana es la antítesis de la Seguridad Democrática. Pastrana es el Caguán. Es el diálogo con la guerrilla, es la entrega del territorio y de la dignidad del país a cambio de la esperanza fallida de apaciguar la fiera, que no de vencerla.


Ni una palabra ha dicho la señora Sanín de lo que opina sobre la Justicia Penal Militar, ni de la manera como se viene adelantando la guerra política contra nuestros hombres en armas. Aquello de los testigos falsos comprados en la Fiscalía General de la Nación, de las acusaciones infames de la izquierda en los Tribunales Internacionales, del ensañamiento de los medios de comunicación contra nuestros mejores combatientes, no han sido cuestión de su resorte. Nunca la oímos quebrando una lanza por los soldados de la Patria. Y sin claridad en esa materia no habrá segunda palabra por decir.


El modelo de Desarrollo Económico tendrá que ser materia de claridad absoluta. Arias ha demostrado que el Banco de la República se ha equivocado en el manejo monetario, con gravísimo daño para el crecimiento, y que tenemos largo espacio para defender una tasa cambiaria que no quiebre la producción nacional. La señora Sanín no se ha ocupado del tema, que siéndole tan ajeno bien hubiera podido ser expuesto por sus asesores.


En ese modelo de desarrollo viene implícita la cuestión agraria. Sobre la materia no ha dicho la señora Sanín cosa distinta a las que sabemos en contra de la honorabilidad de su contendor. Bien poco, para ser francos, porque una descortesía montada en una calumnia no valen como programa de gobierno. Sin que sepamos cómo se va a colonizar la altillanura, espacio para cambiar la historia de Colombia; sin que nos cuente sus remedios para la deforestación y su técnica para multiplicar varias veces la producción de biocombustibles, de caucho, de cacao, de soya y de maíz, no ha empezado el discurso para un país que entendió el campo, por fin, como eje central de su desarrollo; sin que se pronuncie sobre los planes para la Mojana y Urabá y su aproximación a la cuestión cafetera y al desafío ganadero para aprovechar tecnológicamente centenares de miles de hectáreas mal utilizadas, el problema queda intacto.


Nos queda pendiente la cuestión de la infraestructura, sobre lo que todo está por decir desde aquellas triunfadoras toldas. Pero algo mucho más serio y definitivo. El país reclama claridad sobre el equipo de gobierno. La doctora Sanín produjo un resultado sorprendente con los envejecidos gamonales del partido conservador y con alianzas ocasionales con enemigos del Gobierno de Uribe. Hay de ello pruebas matemáticas. Pero sin discutir ese cuestionable éxito, sugiere reflexiones sobre asunto mucho más complejo: si será con aquellos amigos de travesía con los que pretenda gobernar. La doctora Sanín tiene la palabra.

jueves, 11 de marzo de 2010

Es fácil: todos pierden

Fernando Londoño Hoyos

El Tiempo, Bogotá

Marzo 11 de 2010


Ojalá nos equivoquemos, y por mucho, cuando vaticinamos que las elecciones del próximo domingo serán un desastre para la democracia colombiana. Nunca presenciamos un debate menos brioso y convincente que el que está llegando a su fin. Y lo peor es que el contagio ha sido universal y no hay a la derecha, o a la izquierda o en el centro un ápice de entusiasmo. Si es verdad que la política colombiana después de tanto tiempo de permanecer en el congelador, y cuando aterida y yerta intenta sus primeros pasos después de la catástrofe del Referendo, está divida entre uribismo y antiuribismo, el panorama no puede ser más desolador. Porque uribismo sin Uribe, no solo como candidato, sino como factor esencial de la política, es una operación imposible. Y la oposición está descubriendo, demasiado tarde, que también necesitaba a Uribe para sobrevivir.

Hemos visto, entristecidos y confusos, que en estos meses de trajín político ha habido un poco de todo, menos de entusiasmo. Los partidos uribistas se quedaron sin cabeza y no es fácil el andar airoso en esas condiciones. 'La U' es un barquito a la deriva al que le faltan el velamen y el timón. En sus listas para Senado hay un puñado de colombianos interesantes, que no tuvo una oportunidad.

Y en el Partido Conservador las cosas no andan mejor. Fuera de la contienda Arias-Sanín, que tanto se empeñaron algunos en rebajar de nivel y destituir de sentido, lo que queda en el conservatismo es lo mismo de hace años. Unos cuantos que se atornillaron en el poder y que le cerraron abusivamente el paso a cualquier estilo novedoso, a cualquier forma de expresión diferente, a cualquier idea salvadora.

Por el lado de la oposición las cosas andan igualmente deprimidas. En el Partido Liberal, porque nunca pudo descubrir qué era lo que del uribismo le mortificaba. Y porque en ese trance de opositor sin causa se fue empobreciendo hasta la deplorable languidez en que se extingue.

El partido de Cambio Radical no tiene más que las ambiciones de su caudillo, que es tener muy poco. Fajardo es un buen mozo que ya fatigó con su silencio y espantó con su absoluta falta de ideas. A los tres tenores les quedó faltando la letra y la música para componer una canción. Y al Polo Democrático no le quedan alientos ni para la monótona demagogia de la izquierda. Los prosélitos se acuerdan de lo que pasa en Bogotá, y se declaran en íntima derrota.

Súmesele a este cuadro pesaroso el fatídico invento del voto preferente y queda la suerte echada. Nadie sabe al fin si vota por un partido, por una señora o por un señor y si el vecino de la lista es amigo o enemigo. Con el voto preferente se logró el milagro de poner en contradicción los compañeros de una lista, olvidándose de los supuestos contradictores de una causa. Y ese galimatías se expresa en un tarjetón tan complicado que va a derrotar millones de colombianos.

Aquello de empezar por distinguir el logotipo de un partido, para jugar después a un crucigrama con cien cuadros que no dicen nada y no tienen siquiera el consuelo de una fotografía, es demasiado para un elector de mediana información, que es el inmensamente mayoritario en Colombia.

Lo que no lograron los partidos con su mediocre campaña y sus vocecitas de ocaso, y los candidatos con sus mensajes pobretones e insulsos, lo hará el tarjetón, que expresa bien, seguro sin quererlo, este marasmo de ideas y de ideales, esta pérdida afrentosa de todo, hasta de las pasiones que la política suscita.

Quedan sobrando argumentos para sostener el vaticinio de que registraremos este domingo una descomunal abstención seguida de un peligroso campeonato de los votos nulos. Así que la mesa está servida para lo peor. Y no queda más remedio que terminar por donde empezamos. De esta triste batalla saldremos todos perdedores.

jueves, 25 de febrero de 2010

Habrá "Pitirri" para todos

Fernando Londoño Hoyos

El Tiempo, Bogota

Febrero 25 de 2010


Resultaron proféticas las palabras del título, porque su lógica interior es implacable. Para toda víctima hubo un 'Pitirri', como no podía ser de otra manera. Dedicados como estamos al estudio de las dos grandes tragedias de nuestra época, la llamada 'parapolítica' y los supuestos crímenes de los militares, nos encontramos con la mayor de las sorpresas.

Y es que el personaje central, en ambos casos, no era el que impartía justicia, ni el que la recibía, ni el asunto capital era el delito perseguido, ni el entorno social en que se hubiese cometido, ni su impacto, ni el impacto de las sentencias condenatorias, o del proceso mismo. A no mucho andar, descubrimos que en el centro de la escena hacía invariable aparición un monstruo que la cubría entera y relegaba a un segundo plano todo lo demás. Era el 'Pitirri'.

El 'Pitirri' tiene una historia escabrosa a sus espaldas. Es cínico, mentiroso, fabulador, ambicioso, capaz de cualquier cosa y reconocido delincuente. No vacilaría a la hora de matar a alguien. El original, cuyo nombre de andanzas lo participa a los demás, vive nada menos que en Canadá, acompañado por 45 miembros de su familia. Todos a costa del contribuyente colombiano, sin que el contribuyente se inmute.

Hay otro que se llama David Hernández López y con sus dichos tiene o ha tenido tras las rejas de una prisión, como a una decena de políticos colombianos. Lo mismo que al modelo, no le consta nada de lo que dice. Sus jefes supuestos no lo conocieron. Miente despiadadamente y no se ruboriza con sus contradicciones. Es drogadicto desde adolescente y no dice una verdad ni sobre sus generales de ley. Se dice salido del Batallón Guardia Presidencial, y nunca ingresó a esa institución. Estudiante de una universidad en la que jamás se matriculó. Miembro de grupos ilegales en los que no participó.

Pero de cada acusado dice lo que le enseñaron a decir, en un libreto que se aprende a medias y recita sin seguridad. Por eso vacila y se contradice sin enfrentar siquiera el primer interrogatorio de la defensa. Porque no sabe nada, o sabe muy poco y eso lo sabe mal sabido. Como su compañero de andanzas, ya está fuera del país. Por supuesto, con su familia. No sabemos cuántos parientes completan el elenco de este otro sainete. Lo del exterior, se dice, es para protegerlo. Otra falacia. Es para esconderlo de los abogados defensores. Porque no sabrá sostener su inventada historieta. Hay que alejarlo de la impertinencia de las preguntas.

Dos ex presidentes del Senado, nacidos en el Tolima, tienen sus 'pitirris'. Es una confabulación criminal, nacida en una cárcel, un buen lugar para aclimatarla. Dicen muy poco. Apenas que vieron a los procesados con un supuesto jefe suyo, en lugar y tiempo que se inventan y por lo mismo, nunca sostienen con precisión. Pero eso basta. En la 'parapolítica' sobra con descubrir una conversación o suponerla. Mauricio Pimiento, Rubén Darío Quintero, varios otros compañeros de infortunio han pasado por la misma vía dolorosa. Sin que nadie los oiga. Sin que nadie se compadezca de su tragedia. Y sin que nadie llore la tragedia nacional que en la suya va envuelta.

La historia de los militares es igual, o peor. La del coronel Plazas, la del coronel Mejía Gutiérrez, la de los acusados por los arcángeles de Soacha. Y decenas más. A veces los 'pitirris' se sublevan en plena audiencia y reclaman sus beneficios. Es decir, su paga. Nadie se inmuta. En cualquier otro país del mundo, protestarían hasta las piedras. Aquí, habituados al sicariato moral, a lo sumo nos alegramos con no formar parte de esa lista de infelices. Hasta que como en el drama conocido, vengan también por cada uno de nosotros. Pero ese día, ya se sabe, será demasiado tarde, siquiera para el consuelo de la indignación.

martes, 23 de febrero de 2010

¿De qué hablan tanto?

Fernando Londoño Hoyos

La Patria, Manizales

Febrero 23 de 2010

Hace muchos años, cuando la pasión ardía por las hazañas de nuestros ciclistas en Europa, (alguna vez eso pasó) nuestros locutores hablaban y hablaban sin parar, a pesar de que el tema fuera manifiestamente estrecho. Un día, oyéndolos un comentarista francés, y viéndolos gesticular y enroscarse en sus sillas y disputar como sabihondos, le preguntó a su ocasional vecino: ¿de qué hablan tanto esos señores? La anécdota se nos quedó prendida para siempre y en casos como el de la Emergencia Social, nos preguntamos como el sorprendido periodista francés: ¿de qué hablan tanto?


Debemos hacer una franca confesión. La cosa nos está resultando divertida. Al principio la tomamos en serio, luego nos indignó y ahora nos divierte. Porque difícilmente encontraríamos mejor ocasión para descubrir cómo somos los colombianos, cómo nos expresamos, cómo defendemos nuestros pequeños intereses y cómo encontramos la ocasión para notarnos y sacar provecho del caos.

Hemos visto payasos disfrazados con batas de médicos, cofias de enfermera o adustos ceños de dueños de hospital. Enfermos que tienen energía para recorrer kilómetros gritando que los van a matar y sindicalistas que aseguran perdida la sagrada función del hospital público. Por supuesto, que viene con ellos el que cobra por hacer de sindicalista, y el político que reclama votos contra la promesa de defender a los médicos, a las enfermeras, a los empleados, a los enfermos y a los vendedores de drogas caras. Todos han salido a la calle, todos aspiran a un cupo para pelear con el Presidente, que no pierde momento para el mejor de sus entretenimientos, que es el de maltratar a alguno de sus ministros. No falta el juez que proteste porque le puedan embolatar el motivo para sus tutelas, ni el empresario del chance o del campo de tejo que teman disminuidas sus ventas, ni el especialista en diseñar ataúdes o en vender disfraces. Pero en serio, ¿de qué hablan esas señoras y esos señores?


Todos defienden la salud, claro está. Que es como defender el aire puro, el agua cristalina, el bosque natural, la playa de blanca arena, la libertad, el orden o la paz. Lo que es cómodo, porque no tiene contradictor. Todos quieren mejores tratamientos, lo que quiere decir, nadie lo dude, que más costosos. Pero nadie quiere pagarlos, que lo mejor es mejor cuando resulta gratis. Todos defienden a los médicos y sobre todo a los enfermos. Para lo que valdrá tener médicos mejor pagos, en lo que nadie pondrá objeción, salvo que le toque pagarlos. Y todos defendemos a los enfermos, salvo, también, que digamos de ese amor aceptando nuevos impuestos.


Lo curioso es que la Emergencia se decretó para mejorar y no para dañar a ningún paciente. Para aumentar los ingresos de la salud, y no para reducirlos. Para aumentar el número de colombianos con atención médica, y no para excluirlos. Para elevar la calidad de los tratamientos que se les ofrece a los más pobres, y no para limitarlos. Para que los hospitales sean más eficientes y tengan más recursos. Que el famoso POS sea más abundante. Que no sea necesario acudir a los jueces de tutela para pedirle una cirugía. En fin, nos declaramos en emergencia para que la salud sea universal, de más alta calidad y con mayores ingresos, esos que a nadie le sobran por estos días. Y sin embargo, dale con la cantaleta. Dale con el discurso. Dale con la queja. Dale con las declaraciones de los científicos y de los que sin serlo posan como tales. Y de los sindicalistas, que protestan o se quedan sin trabajo. Y cómo no, de los políticos, que en vísperas electorales necesitan de qué hablar, cuando no encuentran nada realmente serio qué decir. Si sumáramos el número de palabras escritas sobre el debate, de las que quedaron confiadas a la imprenta, de las imágenes de televisión o de los mensajes de Internet, dedicados a la Emergencia, creo que nos sorprenderíamos. Porque estamos alcanzando en fecundidad a los comentaristas de fútbol. Y a propósito: ¿de qué hablan tantos esos señores?

jueves, 11 de febrero de 2010

Extraña paradoja

Fernando Londoño Hoyos

El Tiempoo, Bogotá

Febrero 11 de 2010

La mala administración de una excelente noticia puede convertirla en la peor. La más recta intención puede interpretarse como una felonía. El mejor proyecto puede verse como si lo inspirara Satanás. Más o menos eso le ha pasado al Gobierno con su proyecto estrella, la más ambiciosa empresa de justicia social jamás acometida.


El Gobierno empezó por mostrar el hecho incontrovertible de que había llegado ya a cubrir, con programas reales de salud, a más de cuarenta y un millones de compatriotas. Había partido hacia esa meta de un poco más de veinte millones, por donde advierte, hasta el más enconado opositor, que en ocho años llegó atención médica a veinte millones de personas. Nadie podrá quejarse, suponemos. A esa realidad espléndida se suma una meta trazada y a corto plazo realizable: la cobertura total, lo que implica el nuevo esfuerzo de entregar servicios de salud a los cuatro millones que todavía quedan por fuera del sistema.
Pero todavía hay más. La salud de los más pobres tiene una calidad inferior a la de los pudientes que aparecen en el sistema contributivo. Pues se mejorará el servicio para los de abajo, con la ilusión de igualar la atención para todos. Eso reclama mejorar el POS, que así se dice dentro de los jeroglíficos en uso. ¿Habrá academia de medicina que se oponga?


El esfuerzo presupuestal que semejante revolución social implica será gigantesco. Por ello son indispensables nuevos impuestos, que pagarán los que tomen cerveza y quieran jugar al chance o apostar en los casinos. Esos nuevos recursos permitirán cerrar la brecha ya abierta entre ingresos y egresos y no habrá quién llore la suerte de los adicionales contribuyentes.


Pero si a esta increíble realización se siguen sumando tutelas que desordenen la administración de la salud; que la obliguen a asumir costos extravagantes; que la fuercen a prestar el tipo de medicina que ni el país más rico puede garantizarle a la gente, el resultado será la quiebra de la Nación y el fin del sueño de una justicia distributiva.


Pero como nadie tiene el coraje de apagar el foco infeccioso de las tutelas. Y como al parecer no se puede pedir a los médicos que sean razonables en el manejo de su bella ciencia, que por alta y noble no puede desprenderse de las humanas limitaciones, los feroces críticos se olvidaron del cuadro maravilloso de conquistas implícito en la emergencia social, y se han dedicado a acumular improperios y denuestos contra el Gobierno que les da a los colombianos, y sobre todo a los pobres, la mejor noticia que les dieron en 200 años de vida independiente.


Así somos. Porque nadie recuerda que la salud costó el año pasado cerca de 25 billones de pesos al limitado fisco. Si se le suma otro tanto de pensiones, estamos listos. Antes de pagar el primer policía, el primer maestro y de construir el primer metro de carretera, ya nos gastamos todos los ingresos tributarios de Colombia. Los honorables médicos, los directores de ciertos hospitales y algunas academias en busca de celebridad ¿no alcanzarán a comprenderlo?


A propósito del tema de las pensiones de jubilación, arduo y complejo si hay alguno, no tengo inconveniente en aclarar, rotundamente, que el doctor CARLOS GAVIRIA DÍAZ no tiene privilegio ni preferencia de ningún género con respecto a las personas que comparten con él el mismo régimen, que son las que como parlamentarios y magistrados obtuvieron su pensión. Tampoco ha sido mi intención sugerir que el derecho pensional que se le ha reconocido al Doctor Gaviria tenga origen en fraude o trampa de cualquier naturaleza. Si antiguos escritos de mi autoría llevaron a alguien a esas apreciaciones, lo lamento. En lo que resulte necesario, sirvan estas líneas de rectificación y satisfacción moral para quien por aquellas notas ha manifestado legítima molestia.

martes, 2 de febrero de 2010

La tragicomedia venezolana

Fernando Londoño Hoyos

La Patria, Manizales

Febrero 2 de 2010

En esta tragicomedia los papeles están perfectamente claros. La comedia la pone el camarada Chávez y el pueblo de Venezuela, la tragedia. Y así será, pero por un tiempo breve. Porque esa olla a presión estallará pronto y quemará al payaso. No resulta fácil anticipar cómo se desencadenará el triste final de esta aventura. Lo que a ciencia cierta sabemos es que se desencadenará. En circunstancias parecidas, Talleyrand le dijo a Napoleón estas palabras premonitorias: “con las bayonetas, sire, se puede hacer cualquier cosa, menos sentarse en ellas”. Y Chávez, a falta de mejor alternativa, viene sentado hace rato en las bayonetas. Y terminará por sentirlas carne adentro.

En lógica política, el régimen del déspota caribeño debería deshacerse tan pronto su pueblo decidiera preguntarle lo que ha hecho con los novecientos cincuenta mil millones de dólares que han pasado por sus manos en estos diez años. Para tener una referencia, a precios de hoy, en relación con el PIB de los Estados Unidos, el plan Marshall costó doscientos mil millones de dólares. Que bastaron para salvar a Europa de la atroz crisis de la segunda posguerra y para construir la que sigue siendo la segunda potencia económica del mundo. Chávez despilfarró casi cinco veces esa cantidad y en Venezuela no quedó nada. Porque no hay una carretera, no hay un puerto, no hay una línea de ferrocarril, ni una refinería, ni industria petroquímica, ni electricidad, ni una presa nueva donde almacenar agua.

Y es precisamente por estas carencias por las que al parecer va a reventar el régimen. Porque los venezolanos no tienen agua para beber, ni tienen electricidad para trabajar y alumbrarse. Lo que hace más afrentosa su condición y más insostenible su vida cotidiana. Ya era bastante con que no hubiera cosa que comprar en los mercados, porque el país nada produce y porque el bloqueo a Colombia fue para Chávez como tomar arsénico. Es inevitable que la paciencia se agote cuando faltan la carne y el azúcar y el aceite y la leche y el café y el papel higiénico. Y cuando los ofrecen en las tiendas, vienen a precios prohibitivos. Porque nos quedaba por decir que Venezuela soporta la peor inflación de América, ya antes de que estalle la espiral de precios que fatalmente producirá la devaluación. Esa incomprensible devaluación que al paracaidista coronel le vendieron como la manera de duplicar en bolívares los ingresos de PDVSA, que es la caja menor del palacio de Miraflores. Lo que no le dijeron a este incipiente economista, es que una devaluación de ese estilo también duplica los medios de pago en circulación y con ellos los costos que la gente tiene que soportar para vivir.

Ya con todos estos elementos en el menú se daría por descontada la caída de tan extraño gobernante. Pero lo peor será el apagón definitivo. Porque cualquiera entiende que el fenómeno del Niño está haciendo de las suyas y que allá como aquí padeceremos sed y en alguna medida hambre. Pero que el país del mundo más rico en reservas petroleras no tenga gigantescas usinas movidas con petróleo para abastecer medio continente, no lo entiende nadie, y menos lo acepta un pueblo que teniéndolo todo, echa todo de menos.

Chávez se va a caer. Ahora todo depende de cómo sea aquello. Esperamos que sin derramamiento de sangre, que sería sumarle crueldad a la estupidez. Chávez no puede matar a la gente que protesta, como amenaza cada cinco minutos con hacerlo. Si quiere algo de compasión para él y sus áulicos, debe economizarle al mundo ese espectáculo insolente y atroz. Para entender, simplemente, que lo suyo fue imposible. Pero que no puede rematarlo con un ametrallamiento salvaje. Sus mentores cubanos, especialmente ese asesino envejecido de Castro, se lo aconsejan a cada minuto. Dios quiera que prevalezca un poco de la indígena malicia que Chávez lleva copiosamente entre sus venas. Y que prefiera una abdicación honrosa, antes que una derrota catastrófica. En sus manos está. Y es lo último que queda entre sus manos.

martes, 26 de enero de 2010

Si Venezuela quisiera

Fernando Londoño Hoyos

La Patria, Manizales

Enero 26 de 2010

Dicen las noticias internacionales que Venezuela podría doblar a Arabia Saudita en reservas petroleras. Dicho más simplemente, que nuestro vecino es el país más rico del mundo, así el petróleo de la franja del Orinoco, del que tal vez algo nos toque, sea muy pesado y requiera por lo mismo esfuerzos adicionales de refinación. No importa. Petróleo es petróleo y el que lo tiene está hecho, como dicen los jóvenes de hoy.


Si por un momento hiciéramos abstracción del problema político, pensaríamos en la Venezuela de los sueños. Con esa colosal fortuna entre manos, invitaría las más grandes empresas del mundo, que con reglas claras y firmes llegarían sin tardanza, con su tecnología, sus expertos y sus ambiciones legítimas a sumarse a esa causa maravillosa. Y no sólo llegarían a sacar el petróleo, sino a construir las mejores refinerías del planeta, y con ellas una industria petroquímica de fábula, que a su turno irradiaría hacia la creación de centenares o miles de compañías que aprovecharían gustosas semejante entorno, para crear el primer parque industrial del mundo.


Con esas disponibilidades a la mano, como no fuera menester y posible, desarrollar una agricultura con tecnología de punta, favorecida con las grandes vías, los grandes puertos, los aeropuertos inmensos que competirían en condiciones con los que China está construyendo.


Ni qué decir tiene que en ese ambiente los jóvenes venezolanos verían abierto el panorama para entregarse a lo mejor de la ciencia y lo más calificado de la tecnología, lo que supondría abrir por todas partes grandes centros universitarios y tecnológicos, que alimentarían el proceso incomparable que allá se viviera. Pero como es obvio, de la mano de tanta riqueza y tan infinitas posibilidades, tendrían que aparecer los financistas, los juristas, los pensadores que le den forma a ese colosal empuje material. Venezuela sería una potencia democrática, cultural, moral de primer orden.


Vemos los ríos venezolanos surcados por embarcaciones de todo tipo, sus autopistas fantásticas con automóviles y vehículos de carga sin número, sus poderosas centrales de generación eléctrica, ofreciendo a toda América la que llegara a necesitar. Planes gigantescos de reforestación, para acomodar el medio ambiente a ese desarrollo portentoso, y en la mitad un pueblo feliz, armonioso, de elevadas miras y de pasión por el estudio, la investigación, la ciencia y la filosofía.


Nadie podría declararse satisfecho con semejante emporio de la producción y el desarrollo material, si no viniera de la mano la excelencia del hombre y la mujer de Venezuela. Y entonces sí, veríamos la patria de Bolívar coronada con el laurel del heroísmo y adornada con el cetro del poder. Venezuela sería el impulso de progreso para toda América y el equilibrio del mundo cambiaría.


Pero todo esto parece soñado sobre nuestro Chimborazo. Entre las nieblas de la mañana quisiéramos disipadas las brumas y refulgente el brillo de tan altas realidades. Pero ¡ay! Chávez forma parte de la historia. Con sus camisas rojas que predican odio. Con su visión chata del porvenir, que no conduce sino al socialismo que ya fracasó en todo el mundo. Con su pequeñez, su venalidad, su incompetencia para comprender el futuro y para gobernar un pueblo. Ya declaró formalmente maldito el petróleo, sólo porque no supo qué se hacía con tanta riqueza. Por ahí dicen que Dios le da comida al que no tiene dientes.


Si Venezuela quisiera, cerraría esa página amarga y mandaría de paseo al tiranuelo que la oprime. Y se propondría ser lo que le corresponde ser. Lo que arriba dijimos, que no es una utopía. Es lo que haría cualquier Nación con aspiraciones, siquiera las más elementales para no resultar inferior a su destino. Los venezolanos tienen la última palabra. Si quieren ser grandes, ricos, felices, o si prefieren seguir regalándose mercados a costa del porvenir. Y detestando al vecino. Y pateando “escuálidos” para serlo de veras.
Nadie tuvo tanto en sus manos. Ellos dirán.

martes, 19 de enero de 2010

Haití: ¿Qué sigue?

Fernando Londoño Hoyos

La Patria, Manizales

Enero 19 de 2010

Los muertos se enterrarán en fosas comunes, o en la más terrible de todas, que es la del olvido. Los heridos terminarán por ser atendidos, o se agregarán a la lista interminable de los muertos. La ayuda internacional llegará algún día a los hambrientos y el agua a los sedientos. Pero después de todo aquello, ¿qué sigue?


Antes del terremoto Haití no era una nación viable. Algunos comentaristas opinan que al fin había alguna esperanza que brillara sobre el telón plomizo de una política corrupta, inepta, impotente para todo menos para el robo del escuálido fisco. Sea. Siempre la hora de la despedida es la hora del encuentro. Pero no basta, para curar las llagas y heridas de Haití, una política razonable. Admitiendo que ese fuera un principio, estaba lejísimos de una solución.


Haití es uno de los países más pobres del mundo. El desempleo llegaba al setenta por ciento, la pobreza era del ochenta y la miseria superaba la mitad de la población. Las transferencias de los haitianos emigrantes, casi todos a los Estados Unidos, representan la mitad del Producto Interno Bruto. En Haití no hay nada. Cuando se hace el recorrido de Santo Domingo a Puerto Príncipe, se advierte el fin de la República Dominicana porque desaparecen los cultivos de café, de caña y de tabaco. Ya no hay más bosques ni praderas con ganado. Como cortada la naturaleza por un cuchillo, surgen a la vista montañas desérticas, cañadas por donde no corre el agua de ningún río, que todos fueron muertos por la deforestación implacable. En su miseria económica y cultural, los haitianos cortaron hasta el último de los árboles y se condenaron a muerte. A la muerte lenta, dramática e inevitable que los espera. Quedan apenas unos vallecitos, donde se hacina la mayoría de la población, formada por campesinos que más que trabajar agonizan en una producción de subsistencia.


Antes del terremoto, Puerto Príncipe ya era un caos. Por la migración interna, y por la explosión demográfica, esa sí eficientísima, la ciudad se llenó de gente, pero sobre todo de miseria. No hay agua, ni electricidad, ni vías, ni escuelas, ni hospitales, ni alcantarillados. La única periodista colombiana que conoce la ciudad, declaró haber encontrado una sala de cirugía hospitalaria llena de…gallinas. Para colmo de males, dejaron degradar el idioma hasta un nivel en que el francés, supuestamente su lengua materna, es un medio de comunicación reservado a una pequeña aristocracia. Y lo que ellos hablan, el creole, es un idioma sin parentescos.


Acaso el peor de los capítulos sea el que tiene que ver con las faenas más altas del espíritu. La religión muestra las expresiones más burdas y peligrosas. El Vudú es como una brujería universal que encierra a sus devotos en una malla insuperable de comunicaciones escatológicas brutales. Y la política es peor. Después de haber conseguido el lauro de ser el primer país de América que venció la esclavitud, y después de que Henri Petion le tendió la mano a Bolívar para hacer posible su campaña libertadora de 1818, Haití ha sido el escenario de las guerras más atroces, las dictaduras más crueles, los sistemas de opresión más detestables. Duvalier y su hijo, esa nefasta criatura a la que llaman el Nené Doc, acabaron de robarle a su pueblo los últimos vestigios de dignidad, de justicia, de progreso.


Y sobre ese horizonte de desventura cae esta tragedia. Demasiado dura para una sociedad organizada, entusiasta y capaz. Sencillamente abrumadora para la pobre Haití. Vamos a presenciar una lucha feroz del hombre por no desaparecer. ¿Quién contendrá esa avalancha? ¿Y cómo? No queremos sospechar de las intenciones puras de los países que hoy ayudan y especialmente de Estados Unidos y República Dominicana. Pero la verdad es que sólo con un Plan Marshal, mucho más costoso, difícil, comprometedor que el original, se podrá salvar Haití e impedir que sus hombre y sus mujeres caigan como una plaga sobre el resto del mundo, pidiendo un mendrugo de pan y un poco de esperanza.

martes, 15 de diciembre de 2009

Correa y Chávez, condenados

Fernando Londoño

La Patria, Manizales

Diciembre 15 de 2009



Saltó la liebre donde menos la esperábamos. Porque fue de la huerta de Correa, con esa Comisión de la Verdad que se inventó, toda de amigos, que encabezaba, precisamente, un tal Huerta. Los diarios, tan despistados como casi siempre, presentaron la noticia como favorable al Presidente del Ecuador, y pésima para Colombia. Es exactamente al revés. Miremos por qué.


El agravio contra nosotros estaría en que la inteligencia para localizar a Raúl Reyes, antes de darlo de baja, se habría hecho desde la Base de Manta. Lo que no tendría ninguna gravedad, si fuera cierto. Para eso están los amigos, diríamos, y la lucha contra el terrorismo no admite barreras. Pero no fue cierto. Ni la inteligencia ni el ataque, como también se había sugerido, vinieron del extranjero. Todo fue pura cocina criolla.

Pero lo más importante viene enseguida. Porque a fuerza de absolver al Gobierrno de Correa de todo cargo por relaciones pecaminosas con Raúl Reyes, el informe agrega que el famoso Larrea sí estuvo en el campamento de Reyes, allá donde moriría unos días después. Lo que lo deja como un mentiroso, porque juró por mil biblias -aunque no crea en ninguna- que la reunión se hizo fuera de Ecuador y de Colombia, en un tercer país que nunca precisó. Pero además de mentiroso, lo que no es mucho en este mundo en que vivimos, quedó como terrorista probado. Nadie, sin serlo, se va para la selva, al borde de la frontera con Colombia, a un campamento cuyas señales le tienen que haber dado con mucho cuidado, a entrar en diálogo con semejante asesino, narcotraficante, abusador de niños, sembrador de minas, volador de oleoductos, depredador de selvas y asaltante de pueblos, como era Reyes y como tenía que saberlo Larrea.

Larrea es Correa. Es de su entraña. Es su amigo, su consejero, su portavoz, su escudero. Con lo que probada la vecindad entre Larrea y Reyes, queda establecida la culpa de Correa y de contera la responsabilidad del Gobierno del Ecuador.


Pero la cosa sigue mucho mejor. Porque la Comisión de la Verdad de Correa denuncia las relaciones de Raúl Reyes con el comandante, coronel, camarada paracaidista y Presidente Hugo Chávez, a través de Iván Márquez, el hombre de Reyes, que pasa a ser el hombre de Chávez.


Esas relaciones aparecen meridianas en los famosos computadores, el tesoro que Colombia malbarató en una de esas salidas en falso de nuestro Presidente, que para aquello de las relaciones internacionales nunca anduvo bien dotado.


Chávez y Márquez eran íntimos y entre ambos definían todo lo que debía hacerse para respaldar a las Farc, tanto en la arena de las relaciones con el mundo, como en aquellas minucias de proveerle armamento pesado, municiones y otros elementos de guerra. Pero para esas pláticas tan sabrosas y constructivas, era preciso que Márquez dispusiera de un buen sitio desde donde despachar sus asuntos. Nada mejor que una linda oficina en Caracas, probablemente en las cercanías del Palacio de Miraflores, aunque ese detalle, hasta donde sabemos, no lo trae el informe que comentamos.


Hasta ahí las cosas serían demoledoras para nuestros vecinos presidentes. Pero empeoran. Y es cuando se descubre que la famosa Continental Bolivariana, ese aquelarre de comunistas de toda esta región, declarada amiga de las Farc, por lo mismo de Reyes, por lo mismo de Márquez y por lo mismo de Chávez, sesionaba en el Fuerte Tiuna, que es como decir que si lo hiciera en el Cantón Norte de Bogotá.
En suma, que la guerra contra Colombia, con sus muertos innumerables, sus niños rehenes, sus campesinos amputados, sus pueblos en ruinas, sus secuestrados, todo se prepara desde el corazón militar de Venezuela. Como lo ha dicho el presidente Uribe Vélez y como no se cansa de repetir nuestro Ministro de Defensa, Gabriel Silva. Pero lo dicen y lo repiten en vano, porque nadie quiere creerles. Pero ahora, cuando viene la sentencia de su amigo íntimo, Rafael Correa, nadie podrá negar que Chávez es socio de las Farc, y como ellas, un miserable terrorista.

martes, 1 de diciembre de 2009

El homenaje a Adriana Gutiérrez

Fernando Londoño Hoyos

La Patria, Manizales

Diciembre 1 de 2009



Manizales ha dado la pauta y enseñado el camino. Porque la sociedad colombiana se ha pasado de paciente ante los desmanes y las infamias que la Corte Suprema de Justicia ha cometido y sigue cometiendo contra el Congreso de la República. Y en el caso de Adriana Gutiérrez, ya se llenó la copa. Sus conciudadanos resolvieron protestar, rindiéndole a la víctima de estos crueles atropellos el homenaje que sus virtudes merecen y que la persecución lanzada contra ella reclama.


Acusar a Adriana Gutiérrez de paramilitar no es una simple injusticia. Es un despropósito, una aberración, una locura. No hay un Magistrado de la Corte más honesto que la Senadora caldense. Ni más lejano a cualquier trato con los paramilitares, ni de más limpia conducta, ni de más hermosa hoja de servicios a la Nación. Pero los amigos de Ascensio Reyes y Giorgio Sale y el Mono Mancuso; los de los festines en Neiva, Sincelejo, Barranquilla, Santa Marta y San Andrés; los que organizan audiencias sin acta con Tasmania, para después visitarlo en la cárcel, video grabadora en mano; los que preparan testigos en Yopal, al calor de buenos aguardientes del Llano; los que se valen de Pitirris para perseguir sus víctimas y de máximas de experiencia ridículas para sacrificarlas; y los que no inician la Farc-política porque para ellos los socios del Mono Jojoy obran por puro altruismo, no vacilan en tratarla como a la peor criminal.


Para la gente de Manizales, todo esto resultó demasiado. Y por eso se volcó a demostrar en ese homenaje su solidaridad con quien sufre esta injusticia y su repugnancia con quienes la cometen. Ese fue el sentido de ese acto que pone las cosas en su sitio, así sea en el simbólico espacio en que puede moverse la sociedad ante los desafueros del Estado. Los jueces deben merecer la respetabilidad de sus sentencias. Y cuando ellas son inicuas, es el juez el que destruye su majestad y la majestad de la justicia que representa.


Los colombianos nos hemos pasado de mansos, tal vez de tontos. Hace rato debimos unirnos en un coro de voces unánimes para denunciar la torcida intención con que se ha procedido en la inmensa mayoría de los casos de la llamada para política. La Corte, enceguecida de odio y en desbocada carrera de pasiones, no ha vacilado en sacrificar la vida, y la honra de un buen número de colombianos ilustres e inocentes. Y no tiene vergüenza en pedir respeto para sus desvaríos y hasta para demandar la solidaridad internacional con sus extravíos. Y los colombianos, en silencio. Todavía dominados por la idea que siempre tuvimos de lo que la Corte Suprema de Justicia representaba para la Nación. Convencidos de que los magistrados de la sala penal de hoy se parecen a los ilustres varones que pasaron por esa altísima dignidad, nos hemos tardado en esta reacción inevitable.


La de Manizales con Adriana Gutiérrez, no puede ser la única demostración cívica de respeto por los que han jugado el triste papel de chivos expiatorios en este drama. Quizás muy pronto sepamos de que algo parecido se organiza en Cundinamarca para Nancy Patricia Gutiérrez y en Córdoba para Zulema Jattin; que la gente de Valledupar se declare ofendida por el trato inicuo que la Corte le dio a Mauricio Pimiento, hijo dilecto de aquella comarca; y que los tolimenses dejen saber que acompañan el dolor de Carlos García y de Luis Humberto Gómez; y que los magdalenenses preguntan dónde quedó la justicia cuando se persiguió a Miguel Pinedo y se condenó a Luis Eduardo Vives; y que los antioqueños presenten su memorial de agravios en defensa de Mario Uribe y Rubén Darío Quintero, y Luis Humberto Builes; y que los caucanos clamen por Juan José Chaux; y que los santandereanos tomen como suya la causa moral de Iván Díaz Mateus.


La lista no es completa. Hay otros varios procesos sobre los que tenemos las más angustiosas dudas. Pero en casos como el de Adriana Gutiérrez, no tenemos ninguna. Y lo peor no es sufrir una injusticia, sino cometerla.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

"la muerte es una cosa perfectamente seria" (Rubén Darío)

Fernando Londoño Hoyos

La Patria, Manizales

Noviembre 24 de 2009


Cuando llegue a pasar lo que ni siquiera quisiéramos imaginar, todos dirán que hicieron lo posible por evitarlo. Todo, menos llamar al orden al desaforado sujeto que quiere ocultar su catástrofe histórica, destruyendo su pueblo, y haciéndole daño a su vecino.


Y la guerra también, no es difícil agregar. En la guerra se ponen a punto todas las potencias de un pueblo, para el nada desdeñable asunto de aniquilar a otro. O para vencerlo y obligarlo a la rendición, que es una forma de aniquilamiento moral. Pero la Historia, madre y maestra, enseña que muchas veces esa cosa perfectamente seria quedó en manos de perfectos locos, o de perfectos imbéciles. La segunda guerra mundial fue obra de Adolfo Hitler, ese demente colosal. Y costó cincuenta millones de muertos. La última que vimos en este continente, la de las Malvinas, resultó provocada por un alcohólico, Leopoldo Galtieri.


Lo peligroso de las tensiones en la frontera con Venezuela está, precisamente, en que las provoca un débil mental como Chávez, con sueños de grandeza, como ocurre con tantos de su clase. Y para colmo de males, arrinconado por sus propias acciones, lo que lo convierte en un orate de altísima peligrosidad.
Chávez no sabe qué hacer con sus problemas internos. Después de haber malbaratado más de novecientos mil millones de dólares en diez años, cifra ligeramente superior a la que está utilizando Barack Obama para rescatar de la crisis la más poderosa nación de la tierra; después de haber destruido su inmensa empresa petrolera; después de abandonar la construcción de infraestructura en un país que todavía estaba por construir; después de haber liquidado la capacidad productiva de su agricultura, su industria, sus servicios; después de haber llevado la nación más rica de este continente a una recesión implacable; después de haber destruido su ejército, en una purga inaudita; después de abrirle espacio al narcotráfico, para aclimatar la peor violencia que hoy se soporta en Latinoamérica; después de haber predicado el odio como terapia social y el Socialismo como sistema, estéril como todos los que el mundo ha conocido, Chávez se pregunta dónde puede estar la puerta de salida de sus sandeces, excesos y fracasos.

Para encontrar el eterno recurso de los torpes, que es la guerra. Su enfermiza imaginación, sus cortos alcances de estadista, su pobre carácter, no le muestran otra alternativa.


Ese es el peligro que Chávez representa. Y esa atroz posibilidad que es la guerra, deja de ser una palabra impronunciable, para convertirse en una cuestión de cuidado. Venezuela no quiere la guerra. Colombia la quiere menos. Allá y acá sabemos que semejante locura no soluciona nada y nos condena a varias generaciones perdidas. Sea cual sea su resultado, no podrá ser otro que el daño irreparable a millones de seres humanos que serían las víctimas de ese hecho espantable. Gente hermana, cuyo destino pasa por el de su cooperación franca y su complementación irrenunciable, empujada a matarse en un campo de batalla. ¡Y todo por los delirios de un bárbaro con poder!


A Chávez nadie lo toma en serio. A Hitler, en su tiempo, tampoco. Así suele suceder. Los Estados Unidos se encogen de hombros y ofrecen sus buenos servicios mediadores, cuando saben que son el pretexto de Chávez para intentar semejante disparate. La Unión Europea, sigue fiel a su estilo de mantener el equilibrio en medio de situaciones desequilibradas. La ONU y la OEA demuestran, como siempre, que no sirven para nada. Unasur, que es el Foro de Sao Paulo en el poder, respalda al agresor e ignora las razones del agredido. Es como si muchos quisieran pavimentar el camino hacia el desastre. Cuando llegue a pasar lo que ni siquiera quisiéramos imaginar, todos dirán que hicieron lo posible por evitarlo. Todo, menos llamar al orden al desaforado sujeto que quiere ocultar su catástrofe histórica, destruyendo su pueblo, y haciéndole daño a su vecino. Todo vale. A la hora de la rendición de cuentas, el culpable busca una explicación o una salida. Cuando las explicaciones no son posibles, queda la salida. Que no es otra que la entrada a un mundo aún peor, el de la guerra. Pero si un loco lo comprendiera, es porque anda menos loco de lo que parece.

jueves, 19 de noviembre de 2009

No es tanto el disparate

Fernando Londoño Hoyos

El Tiempo, Bogotá

Noviembre 19 de 2009

Para la sinrazón absoluta, para la equivocación sin atenuantes reserva nuestro idioma la palabra disparate. Disparatado será entonces el que incurre en estos yerros o en uno solo, pero de tamaño superlativo. Sin embargo, cuando empezamos a dudar de todo, guiados por el gran maestro de la filosofía moderna, incluimos el disparate en nuestro repertorio de metódicos escepticismos.

La cuestión se nos volvió apasionante cuando vimos incursos en frecuentes desvíos de este tipo a los precursores de toda la cultura occidental. Que los griegos, los mismos que enseñaron con Pitágoras la Matemática y con Euclides la Geometría, los de la Mayéutica Socrática y de la lógica Aristotélica, se complacieran en crear centauros, y esfinges y euménides, nos puso en una pista interesante. Porque se trata nada menos que de penetrar en el fondo del disparate para encontrar las razones que oculta, la fuerza que lo anima, el sentido que le da vida.

Cuando supimos de la decisión de dos conjueces nombrados por el Consejo Nacional Electoral para asunto que nunca pudimos entender a derechas, nos pareció todo aquello un majestuoso disparate. Todo aquello, empezando por la composición misma del Consejo Nacional Electoral, que no se le puede ocurrir sino a constituyentes colombianos. Porque darle cierto carácter de juez a los que por definición expresa representan a los partidos, es una tontería excelsa. Que remata cuando en un cuerpo colegiado de nueve no mandan cinco, sino seis. Lo que significa que cuatro hacen la más inverosímil mayoría que jamás pudo existir.


Cuando a propósito del Referendo se dividió el Consejo en esa fatídica proporción de cinco contra cuatro, se dedicaron los magistrados de la disparatada Corte a resolver el disparate.

¿Cómo encontrar dos tercios de votos para tomar una decisión? Parece que vino el matemático del grupo y les dijo que si a nueve sumaban tres quedaban 12 y que las dos terceras partes de 12 serían ocho. Así que pusieron manos a la obra y eligieron tres conjueces. Pero como son conjueces de jueces parcializados, es decir, de partidos, también llevaban esa tacha implícita. Y dividiéndose como se dividieran, habría de suceder que muy difícilmente los tres nuevos se sumarían a los cinco de la mayoría antigua.

Ante este nuevo problema, tomaron un mejor camino. Y fue decirles a los tres que hicieran lo que les viniera en gana. Y lo hicieron por mayoría simple, es decir, de dos contra uno, siendo este solitario, por mandato de la suerte, el que coincidía con la mayoría de los cinco. De modo que ganaron los cuatro, que se alzaron con el santo y la limosna.

Pues la limosna y el santo son nada menos que el Referendo reeleccionista. Los conjueces cometieron el disparate enorme, inocultable, apabullante, de decidir lo que ni siquiera hubieran podido hacer quienes les cedieron el poder. Y decretaron la nulidad de la recolección de las firmas, que vale tanto como decretar la nulidad de la ley que aprobó el Referendo.

Son tantos los atropellos a la razón que en esa decisión se envuelven, que no se sabría por dónde empezar, ni por dónde terminar su análisis. Pero recordemos la espantable lógica que se oculta en los disparates mayúsculos. Y es que los dos conjueces lo desafían todo para que se pierda lo que más falta le hace al Referendo, que es el tiempo. Y tiempo no habrá para buscarle remedio judicial a semejante locura. Por donde se ve que los disparatados no son los conjueces, ni la minoría del Consejo Nacional Electoral, ni la oposición. Disparatada la mayoría que no comprendió el disparate que es aquel Consejo y el disparate que puede producir a la hora de resolver las cuestiones más serias. Así quedó consumado el más cuidadoso y costoso disparate de nuestra Historia.

martes, 17 de noviembre de 2009

Un fenómeno llamado Uribe

Por Fernando Londoño

La Patria, Manizales

Noviembre 17 de 2009



No queda ninguna duda de que Álvaro Uribe pudo hacer mejor muchas cosas, y nada triviales. Pero lo cierto es que nadie podrá acercarse, ni de lejos, a su estilo para practicar la micro gerencia. Nadie.


Fue en San Juan de Rioseco, departamento de Cundinamarca, hacia las márgenes del Río Magdalena. Allá, durante ocho horas consecutivas, el Presidente de la República, acompañado por varios ministros, asesores de Palacio, miembros de la cúpula militar y de policía, se dedicó al estudio de los problemas de la región. Que por supuesto son elementales y simples, como la vida de provincia, pero que son los problemas de la gente. El camino veredal, o la carretera secundaria que conecta con alguna trocal, construida o en veremos, el colegio con sus pupitres, sus tableros y el nivel de sus profesores, el humilde hospital, el cuartel de policía y el más cercano del ejército, los problemas de la agricultura y la ganadería de la zona, la cárcel, el acceso de los jóvenes campesinos a la formación técnica o tecnológica y algún cupo en la universidad para el más ambicioso, todo, sin excepción tuvo su momento. Y su debate.


Si no fallamos por mucho, era el Consejo Comunal número 256, en estos años de frenética gerencia del detalle. Apenas se ha quedado región por visitar, pueblo por oír, gente por saludar, problema por atender y quién sabe, también cuestión por resolver. El Presidente acude a todo, lo discute todo, indaga por todo y promete siempre una solución. No sabemos si alguien tiene el inventario de tanto asunto propuesto y si la visita quedó servida por definiciones tangibles. A la verdad, importa poco. Si algo mejoró después del Consejo, nadie lo olvidará. Si lo contrario, la culpa sería de los inútiles que no comprendieron al Presidente o que lo traicionaron con su inactividad. Lo sustantivo es que los comarcanos cambiaron su visión de la vida, se sintieron halagados e importantes y que la Nación dejó de ser una lejana entelequia para convertirse en una realidad próxima.


Muchos se preguntaron, al inicio de estas jornadas, cuántas resistiría el Presidente y si sería capaz de cuatro años de semejante trajín. Pues pasó de siete y sigue tan campante. Sin contar que con inusitada frecuencia, al Consejo Comunal del sábado lo sigue uno de Seguridad, como el de Barrancabermeja de este domingo. Nuevo acuerdo con los ciudadanos, para tratarles el tema que más les interesa. Si ha quedado guerrilla, si hay narcotráfico, si abigeato o algún secuestro. De nuevo preguntas, cuentas que rinden policía y ejército y alguna que otra conclusión o propuesta. Sin que sobre algún regaño para las tropas ineficientes, sin perjuicio de que después las condene por serlo en demasía. Tampoco importa. Como que va en poco que la reunión se hubiera podido celebrar en Bogotá, con menos aparato, más cuidado y soluciones más plausibles.


No estamos seguros de que éste sea el mejor de los sistemas de Gobierno. Nos preguntamos si de tanto correr quedan cosas buenas. Y si se olvidan otras, mucho más sustantivas para la suerte de la Nación. Por ejemplo, las cuestiones fundamentales de la economía, que el Banco de la República desbarató sin que el Presidente lo advirtiera. O las relaciones internacionales, manejadas a los vuelos, con muy limitada coherencia. O con las Fuerzas Militares, que el Ministro Santos le dejó patas arriba. O con la Justicia, cada vez más problemática y lejana. O con los hombres del campo, o con las obras de infraestructura, cuya calificación final hubiera podido ser mejor. Mucho mejor, dicen algunos.


No queda ninguna duda de que Álvaro Uribe pudo hacer mejor muchas cosas, y nada triviales. Pero lo cierto es que nadie podrá acercarse, ni de lejos, a su estilo para practicar la micro gerencia. Nadie. Y que esa micro gerencia ha producido un efecto político benéfico, sorprendente, espectacular. El tiempo hará el balance definitivo. Y se sabrá, entonces, si la suma aritmética de los pequeños asuntos, produce un resultado global y estructural, lo que configura un Gobierno, diríamos. Ya se sabrá. Por lo pronto, entendamos por qué este es el Presidente más popular de la Historia de Colombia.
Y por qué nadie podrá imitarlo. Nunca.