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lunes, 23 de noviembre de 2009

Los niños de la guerra

Samuel Arango M.

El Colombiano, Medellín

Noviembre 23 de 2009

"Los niños soldados son ideales porque no se quejan, no esperan que se les pague y si les dicen que maten, matan ". Estas horribles y dolorosas palabras las dijo un militar de la República del Chad cuando se le preguntó por qué tenían niños en sus filas. Posiblemente estarán de acuerdo los de las Farc y el ELN. El drama de los niños colombianos en la guerra es aterrador. En primer lugar, no se sabe con certeza cuántos niños hay en las filas de la guerrilla. La Defensoría del Pueblo dice que más de 8.000. Human Rights Wach dice que son 11.000. La Fundación Maya-Nesa dice que 14.000.

Lo cruel es que para nuestra sociedad el reclutamiento de niños no parece ser un delito. Prácticamente no hay denuncias. La Corte Penal Internacional acaba de establecer que a partir del primero de noviembre de este año, el reclutamiento de niños es un crimen de guerra.

María es una excombatiente. Estuvo varios años en armas. Es ahora reinsertada. Nos dijo con firmeza: "No esperen a que los jóvenes pasen por las armas antes de reconocerlos como sujetos de derecho. Háganlo antes de que se enrolen. Cómo es posible que yo ahora goce de los derechos porque estuve en la guerra. No nos dejen sufrir tanto".

María fue una de las tantas jóvenes que, como narraba Luis Eladio Pérez, estuvo desde muy niña en la guerrilla. Si no se iba a vivir con uno de los jefes para que la respetaran y para tener privilegios, tenía que prestar su cuerpo los miércoles y los viernes, para contribuir a la "salud" mental de los guerrilleros. Si quedan embarazadas las obligan a abortar o si están muy avanzadas las dejan alumbrar y luego les quitan los hijos y se los entregan a familias campesinas y no los vuelven a ver.

Pero el terror no termina ahí. Se sabe que con seguridad el 80% de los niños que van a la guerrilla lo hacen voluntariamente. Otros son forzados. También se sabe que el 80% de los que salen lo hacen voluntariamente y los otros no los dejan. Si nos preguntamos por qué se entregan a las armas, hay varias causas. La más lastimosa es la violencia intrafamiliar (20%). Otras veces les ofrecen un salario (34.5%).

¿Qué hacen los niños en la guerrilla? Cuidan secuestrados. Regalan su cuerpo. El 80% arman y entierran minas antipersonal. Actúan como estafetas o correos. Hacen espionaje. Los ponen como carne de cañón.

Por Dios, este problema lleva más de 40 años en Colombia y nosotros tan tranquilos.

En el Guaviare en este momento hay 20.000 desplazados, lo dijo el alcalde de San José que es a donde van a parar la mayoría. Son la mitad de los habitantes del municipio. La causa: evitar el reclutamiento forzado de los niños por la guerrilla. Prefieren huir a entregarlos.

Es cierto que las fuerzas armadas han recuperado gran parte del territorio nacional. Pero eso no basta. Hay que llegar con educación, salud, oportunidades de estudio y de trabajo, justicia.

No basta con limpiar las tierras del terrorismo, hay que llenarlas de acciones que permitan a los niños y a los mayores vivir plenamente.

Ahí les queda esta durísima realidad. ¡No más niños en la guerra!

lunes, 16 de noviembre de 2009

Yo tumbé el muro

José Samuel Arango M.

El Colombiano, Medellín

Noviembre 16 de 2009

Una de las emociones más fuertes que yo haya tenido en mi bella vida fue cuando tomé un cincel y un martillo y empecé a tumbar un pedazo del muro de Berlín. Fue hace cerca de 20 años. Las lágrimas me invadieron los ojos. Me dio taquicardia. Fue exactamente en el famoso Checkpoint Charlie. Sentía que tumbaba un sistema de oprobios y de muerte. Recordé las víctimas enredadas en los alambres de púas. La visita de Kennedy a ese mismo punto donde me encontraba. Aún guardo el trozo de muro en mi biblioteca. Y la foto. Y la emoción.

En esa ocasión viajé con un grupo de periodistas colombianos. Tuvimos la suerte de asistir a una rueda de prensa con medios de comunicación de todo el mundo con Helmut Kohl, primer ministro de Alemania en el momento. Un gigante de casi dos metros. Imponente, arrollador. Entró al salón en medio de los aplausos de todos. Otra vez lloré. Le preguntaron que si había dinero para realizar la reunificación de Alemania. Contestó convencido y categórico que si se ponía a pensar en ello, la reunificación no se hacía. Ahí aprendí que a veces en la vida hay que tomar decisiones importantes por intuición, sin pensarlas, para no quedarse amarrado, anquilosado. Luego le preguntaron sobre el factor determinante de la unión. Dijo sin titubear que se llamaba Mihail Gorvachov. Si no se hacía con Gorvachov en el poder comunista, no se haría. Había que aprovechar el momento político de la Perestroika. Salí deslumbrado por la fuerza incontenible de Kohl. Pero la suerte me deparó una emoción también muy fuerte. En una plaza pública de un pequeño pueblo nos encontramos de sopetón con una manifestación política. En la tarima principal se encontraba nada más ni nada menos que Konrad Adenauer, el ex canciller de Alemania. Un anciano de caminar quedo y silencioso. Ojos tristes. Adenauer habló con voz trémula: La reunificación de Alemania se me debe a mí, no me dejaré quitar la autoría. Terminada la reunión, tratamos de hablar con él, me paré a su lado y experimenté la sensación de estar cercano a la grandeza. Respondió tímidamente y apenado que estaba muy cansado, que no podía. No importa, pensé, me atreví a rozar el codo de un superlíder.

A los veinte años de esta extraordinaria experiencia ya no queda nada del muro de Berlín. Duro, frío, cruel. Sí se pudo, como lo pronosticó Kohl. Se debió a varios esfuerzos, Gorvachov, Kohl, Adenauer.

Pero me paro en el presente y miro con dolor que otros muros se han ido levantando y otros se piensan. Muros de infamia y de dolor. En la frontera entre México y Estados Unidos. En la frontera de Israel y Palestina. En las acciones de algunos políticos que levantan muros entre la pobreza y la riqueza. En las mentes de todos nosotros que en nuestro interior construimos vergonzosos muros de odio y de rencor.

Espero ayudarlos a tumbar algún día, para engolosinarme de emoción profunda.