Edmundo López Gómez
El Nuevo Siglo, Bogotá
Noviembre 13 de 2009
La enfermedad se presentó de repente y se extendió como peste. Los ciegos sólo fueron vistos por una persona que naturalmente no se había quedado ciega: la mujer del médico, a quien se le encomendó guiar a los invidentes cuando se decretó la cuarentena por los gobernantes de turno que aún no se habían quedado ciegos pero que padecían, sin embargo, la otra ceguera que no les había permitido ver jamás las consecuencias de sus malos gobiernos, y que, ahora, ante el fenómeno, sólo se les había ocurrido encerrarlos en un asilo de locos, pero cuyos guardianes finalmente también se quedaron ciegos… bajo las sombras eternas de una luz blanca.
Con todo, al final de esta crónica extraordinaria, los ciegos recobraron el don de la vista y volvieron a conocer la ciudad en que habían vivido pero que no habían visto de verdad cuando padecían de la otra ceguera.
En Ensayo sobre la lucidez, Saramago narra con igual fuerza dialéctica el episodio de un pueblo que resolvió rebelarse de singular manera contra los gobiernos que no los habían tenido en cuenta y que, sin embargo, se turnaban en el poder en hombros de partidos políticos para elegir presidentes, legisladores y autoridades locales, ya bajo el sol, ya bajo la lluvia, en filas interminables y como borregos, sin clara consciencia de por qué lo hacían… hasta que un día, en un acuerdo tácito colectivo, salieron a votar a las 4 de la tarde, pero para votar en blanco, aunque algunos se quedaran en el camino; hecho insólito que para el Presidente y sus ministros significó una hecatombe y que, por serlo, exigió rigurosa investigación, acompañada de la decisión de repetir las elecciones, con todas las advertencias a los servicios de Inteligencia y de la Policía para descubrir y desbaratar la supuesta conjura: pero ocurrió que al repetir las elecciones se registró -sin que nadie se hubiera puesto en campaña para lograrlo- una votación de 85% a favor del voto en blanco y sólo 15% distribuido entre los partidos del establecimiento…
“El desconcierto, la estupefacción, pero también la burla y el sarcasmo -cuenta Saramago- barrieron al país de una punta a otra”, en la primera elección; pero en la segunda, los resultados fueron igualmente adversos, producto acaso de una revolución en marcha que el gobierno no había detectado pero que debía detenerse, según el ministro del Interior, incluida la declaración de Estado de Sitio; amenaza que, a pesar de su gravedad, no alcanzó a disuadir a los partidarios del voto en blanco.
Corolario. A los colombianos nos puede atacar la enfermedad de la ceguera si no nos sobreponemos para llegar a acuerdos sobre asuntos fundamentales, y, como ocurrió en el ensayo de Saramago, los escrutadores del establecimiento, algún día de estos, también podrán encontrar las urnas llenas de votos en blanco…
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