Libardo Botero
Blog Debate Nacional, Medellín
Noviembre 16 de 2009
Hablar de muros es el tema del día, cuando todo el mundo celebra con júbilo la caída estruendosa del de Berlín hace 20 años.
Bueno, no todo el mundo. Algunos nostálgicos del “socialismo real”, “rojos” redivivos, inveterados enemigos del capitalismo y de Estados Unidos hoy ataviados de verde y otros colores engañosos, acompañados de un puñado de despistados, quieren sentar cátedra sobre muros, equiparando el de Berlín dizque con el de Estados Unidos en la frontera con México, o el que viene construyendo Israel en Cisjordania, o las vallas levantadas por España en Ceuta y Melilla. De cierto modo buscan justificar lo injustificable tratando de hacer pasar de contrabando la idea de son lo mismo el régimen soviético que las democracias de Occidente…
Otros acuden a metáforas de dudoso sentido, para referirse a nuevos muros simbólicos, como los que dividen a los países subdesarrollados de los industrializados. Sorprende que Gorbachov, a quien se tiene como uno de los sepultureros del “muro de la vergüenza”, intente tan floja equiparación o divague sobre el medio ambiente. Allá cada quien con sus fantasmas.
Ahora bien, nuestro propósito no es entrar en la polémica suscitada por los muros norteamericano e israelí, sobre los cuales se pueden esgrimir tantas razones a favor como en contra. Pero sí es necesario ahondar en la desafortunada comparación que citábamos arriba.
No podemos olvidar que el de Berlín fue apenas la portada de un gigantesco sistema carcelario, compuesto por alambradas, vallas, fosos, legiones de guardias armados hasta los dientes, que configuraron la prisión más formidable de la historia, más conocida -y con razón- como la “cortina de hierro”. Cuyos barrotes terminaron carcomidos por el orín y junto con sus murallas de hormigón se derrumbaron como un castillo de naipes hace apenas dos décadas, ante el embate furioso de los pueblos aherrojados, que repitieron la hazaña histórica de los parisinos cuando barrieron de cuajo la mazmorra de La Bastilla.
Es cierto que existen otros muros hoy, como los mencionados atrás, y algunos más. Pero si uno reflexiona, encontrará diferencias abismales. Mientras el de Berlín y similares se edificaron para impedir que la gente escapara de la tiranía comunista, los de Estados Unidos o Israel se levantaron para impedir que entren ilegalmente gentes de fuera que, en su criterio, amenazan sus empleos o su seguridad. No son los norteamericanos ni los israelíes los que tratan de cruzar esos muros para huir de la opresión, como lo habían hecho tres millones de alemanes que abandonaron la RDA entre 1949 y 1961, no. Quienes, por ejemplo, en el caso de los Estados Unidos se arriesgan a cruzarlo, son personas provenientes de todo el orbe que anhelan llegar a un territorio de libertades y esperanza de progreso. Desde latinoamericanos que buscan colarse por “el hueco”, hasta miles de chinos que atraviesan medio mundo en medio de peripecias inenarrables. Allí nadie quiere huir de una brutal “cortina de hierro”, allí todos quieren arribar al suelo del anhelado “sueño americano”. Hay muros de muros.
Pero estábamos errados cuando afirmábamos que los muros que circundaban la ergástula soviética habían sido derruidos por entero. A decir verdad, subsisten reductos. Dígalo si no el caso de Cuba. El mar se convirtió, sin quererlo, en el encierro natural aprovechado por el régimen isleño y que cientos de miles de cubanos han buscado cruzar para salir del cautiverio, en una odisea persistente, pereciendo no pocos en el intento. Mencionemos también a Corea del Norte, empobrecida y soberbia, cuyo régimen de dictadura unipersonal vitalicia y hereditaria (no diferente a la de los Castro), aherroja a su pueblo y lo contiene con una extensa “zona desmilitarizada”, para que no se vuelque a Corea del Sur, uno de los milagros económicos de las últimas décadas.
De lo que he leído en estos días, talvez nada comparable a la lúcida idea de Jean-François Revel: el fracaso del comunismo no se protocolizó cuando cayó el muro de Berlín sino cuando fue construido. El derrumbe de los sobrevivientes está cantado, es solo cuestión de tiempo.
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