lunes, 20 de julio de 2009

Acuerdo militar con Estados Unidos

Por Alfonso Monsalve Solórzano

El Mundo, Medellín

Julio 19 de 2009


El pasado viernes, EL MUNDO editorializó sobre el Convenio de Cooperación entre Colombia y los Estados Unidos para usar tres bases aéreas nuestras en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, luego de que el gobierno ecuatoriano dio por concluido el convenio de la base de Manta. Como es usual, se trata de un análisis inteligente, que arroja luz a la polémica que se está desatando en Colombia y en el vecindario sobre el tema.

Por mi parte, quiero aportar algunos elementos -algunos propios, otros que he recogido en estos días- para contribuir a la discusión. Lo primero, es que en este tipo de arreglos, debe ser prioritario el interés nacional, que pasa, en el campo de la seguridad, por la defensa del territorio y del Estado de derecho que poseemos, y que exige, a su vez, el equilibrio estratégico en la capacidad militar, mucho más cuando el enfoque político de dos países fronterizos con Colombia ha cambiado dramáticamente, viendo a nuestro país como una amenaza y, precisamente por ello, como un objetivo prioritario de sus intereses estratégicos.

Más allá de las prudentes palabras de la diplomacia, tan necesaria para evitar agresiones o al menos prolongarlas en el tiempo, mientras el país se fortalece, lo cierto es que esos dos gobiernos tienen simpatías ideológicas con nuestro enemigo interno. El primero, ahora en aparente apaciguamiento con Colombia, recuérdese, ha invertido inmensas cantidades de dinero para comprar armas ofensivas que, quiérase o no, ponen en grave peligro la existencia misma de nuestro Estado. El segundo al sur, ha mostrado su creciente animosidad contra Colombia, sin poder desvirtuar sus vínculos con el grupo armado que constituye nuestra mayor amenaza interna.

Es inquietante, además, lo que se perfila como una estrategia regional que ya se ensaya en Centroamérica, donde se ha amenazado a Honduras -país que tiene una frontera muy porosa, con un tercer Estado, estrecho aliado de los dos anteriores y que a su vez tiene un litigio con nosotros en el Caribe- con una guerra que podría incendiar esa región de Latinoamérica.

En ese escenario hay que poner el Acuerdo. No tiene sentido propiciar enfrentamientos militares entre países que pueden coexistir y cooperar, independientemente de sus modelos de Estado. El tratamiento diplomático ha de ser la prioridad y la regla. Ahora bien, la experiencia de la humanidad y la historia de las relaciones entre los estados ponen de presente que la diplomacia, en situaciones potenciales o reales de crisis, tiene efecto cuando está respaldada en la fuerza que es capaz de disuadir. Siempre es mejor un arreglo que un enfrentamiento, pero la agresión ocurre siempre que un país no está preparado para repelerla. Esa es la lección implacable de los hechos. No suena bonito decirlo, ni es políticamente correcto, en el sentido light que hoy tiene ese término, pero es lo que realmente resulta políticamente correcto.

Estudiosos de las relaciones internacionales han presentado una aparente paradoja según la cual un país que se arma, con cualquier excusa, lleva a armarse a aquél que se siente amenazado, lo que a su vez se percibe como una nueva amenaza por el primero, que se rearma, y así sucesivamente, en una espiral que no tendría solución y que agota los recursos de las partes involucradas. Es una verdad a medias. La carrera armamentista entre los Estados Unidos y
la Unión Soviética se resolvió a favor del primero cuando la economía de la URSS no pudo mantener el tremendo esfuerzo que dicha carrera significaba.



En el caso de Colombia, embarcada en una lucha por conseguir definitivamente su soberanía interna y combatir el narcotráfico que es el motor mayor del conflicto que padecemos, dicha carrera es casi imposible porque nuestros recursos no pueden competir, por ejemplo, con los de Venezuela. Se ha hecho un esfuerzo para no depender exclusivamente de terceros, lo que sería un grave error, pero el peso de la disuasión y la consiguiente recuperación del equilibrio estratégico deben compartirse con quienes, a nivel internacional, tienen intereses compatibles con los nuestros y poseen fuerza suficiente para hacerlos respetar. Se equivocan quienes piensan que la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico han dejado de ser una prioridad para los Estados Unidos. Hay nuevas modulaciones, efectivamente, pero los intereses estratégicos de ese país no desaparecen porque se cambie un gobierno. Y la colaboración entre nuestros dos estados apunta a que nosotros no caigamos en la paradoja mencionada, pero seamos capaces de hacer respetar nuestra democracia. La sola presencia de fuerzas norteamericanas en los términos de cooperación del Acuerdo, tiene un gran poder disuasivo a favor nuestro y ayuda a consolidar la diplomacia.


Claro que a esos vecinos, que hacen las alianzas que desean sin pedirle permiso a nadie, y, mucho menos a nosotros, no les gustará el Acuerdo. Pero de eso se trata. Si les gustara, estaríamos en graves problemas.

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