domingo, 15 de noviembre de 2009

Claude Levy Strauss y el concierto natural

Mario Calderón Rivera

La Patria, Manizales

Noviembre 15 de 2009

Porque simplemente es el más apropiado para rendir homenaje a un pensador de semejante dimensión universal, el título de este artículo fue tomado del español Carlos de Hita, genio en la reproducción de los sonidos naturales, ganador de varios galardones por sus deslumbrantes creaciones para la National Geographic, pero también autor de uno de los más hermosos ensayos sobre Claude Levi Strauss.

Una conocida casa editorial comunicó la noticia: “a los cien años de edad, murió un antropólogo fundamental, padre del enfoque estructuralista de las ciencias sociales, mitólogo, académico, un pesimista iluminado, símbolo ideológico de Mayo del 68”.

Los de mi generación nos encontramos con Claude Levi Strauss, un hijo de judíos franceses, sin estar encasillados en nada distinto a la avidez intelectual por lo que significó la década de los sesenta como la más fascinante de las eclosiones libertarias. Ni siquiera presentíamos lo que sería el contenido de la escuela estructuralista y menos el de sus rebuscadas derivaciones en las décadas posteriores. Pero nos correspondió vivir simultáneamente los primeros signos premonitorios de la revolución estudiantil del 68 y todo lo que ella significó en términos de protesta contra los paradigmas del orden establecido y de primeros agrietamientos en formas de pensamiento convencional. Y desde el punto de vista de lo que sería muchos años después la preocupación por el destino del Planeta Tierra, “La Primavera Silenciosa” de Raquel Carson prendió en muchos de nosotros alertas tempranas sobre el drama de los desequilibrios ecosistémicos.

Con Levi Strauss las Ciencias Sociales entraban en una fase revolucionaria. La Etnografía le dio al pensamiento antropológico una nueva dimensión. Y para quienes apenas presentíamos, recién egresados de la universidad, los rumbos que comenzaba a tomar el mundo, el encuentro con “Los Tristes Trópicos” (1955) y con “El Pensamiento Salvaje” (1962) (su producción rebasó los cuarenta títulos) llegó a superar nuestra capacidad de comprensión. Porque esas joyas bibliográficas no correspondían simplemente a una crónica cautivante de audaces exploradores de sociedades primitivas perdidas en lo profundo de las selvas tropicales.

Estos dos libros representaron esencialmente una denuncia contra una cultura eurocentrista y colonialista que, con el pretexto de “civilizar lo salvaje”, había llegado a aniquilar las esencias de la cultura humana como producto de interrelaciones de una red infinita de culturas y subculturas. Cada una con su propia lógica de comportamiento estructural anclado en la Naturaleza. Y cada una traducible en términos de todas las demás. Lo cual, representaba, sin duda el mejor anticipo del pensamiento sistémico como regreso a la visión presocrática del mundo. En ese contexto no resultaba extraño que el pensamiento universal de los griegos coincidiera también con el pensamiento salvaje elaborado desde la irracionalidad salvaje que supuso la llamada civilización occidental. Porque los dos también concibieron un mundo en que “todo está en todo y nada es completo sin todo lo demás” (Thomas Berry).

Desde la profundidad del Matogrosso brasilero, en la convivencia con los indígenas bororo y nambiquara, Levi Strauss resumió su desencanto: "es imposible no sentir nostalgia ante la tribu de los bororos, una sociedad que abolía el tiempo. ¿Qué deseo más profundo que el de querer vivir en una suerte de presente que es un pasado revivificado sin cesar y mantenido tal como era a través en los mitos y las creencias?". “Tristes Trópicos” nos trajo muchos de esos mensajes que se diluyeron en una discusión académica deliberadamente confusa. Pero para quienes apenas recurríamos a nuestro sentido intuitivo quedó indeleblemente grabado uno de sus párrafos más impactantes: “una humanidad que se creía completa y acabada, recibió de golpe, como una contrarrevelación, el anuncio de que no estaba sola, de que constituía una pieza en un conjunto más vasto, y de que para conocerse debía contemplar antes su irreconocible imagen en ese espejo desde el cual una parcela olvidada por los siglos iba a lanzar, para mí solo, su primer y último reflejo”.

Allí quedaba, sin duda, uno de los primeros mojones para la ciencia ecológica. Porque comenzó a ser claro que no puede darse más la separación entre Cultura y Naturaleza. Claude Levy Strauss prendió la primera antorcha en la lucha contra la discriminación de razas y de culturas, igual que contra todas las formas de sexismo. Pero también para salvar lo que va quedando de las culturas originales. Con él se va uno de los mejores símbolos del Siglo XX.

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