Editorial
El Mundo, Medellín
Noviembre 10 de 2009
Nos parece francamente torpe el consejo del doctor Samper de que la política correcta debe ser no denunciar.
Difícil saber qué tanto se traducirá la nueva fanfarronada del coronel-presidente Hugo Chávez de hacer sonar los tambores de guerra con Colombia, en un ataque de verdad contra nuestro territorio o en una provocación que lleve a un incidente militar de mayor cuantía en la frontera, pero hizo muy bien esta vez el gobierno del presidente Álvaro Uribe en responder con entereza y absoluta claridad a la amenaza del ríspido vecino.
Con la virulencia verbal a que nos tiene acostumbrados, impropia de un Jefe de Estado, en su programa “Aló, Presidente” el venezolano arremetió nuevamente contra Colombia con el pretexto de que el Acuerdo de Cooperación Militar, firmado con Estados Unidos para la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, es la punta de lanza del Imperio para atacarlo y para atacar a los países afines a la “revolución bolivariana”; lanzó la absurda acusación de que el gobierno Uribe “permitirá a los soldados norteamericanos recorrer Colombia a sus anchas, como si fuera un Estado de la Unión”; después la emprendió contra el presidente Obama: “... No se vaya a equivocar y vaya a ordenar usted una agresión abierta contra Venezuela usando a Colombia (...) porque nosotros estamos dispuestos a todo... Si Estados Unidos agrede militarmente a Venezuela comenzaría la guerra de los 100 años y se extendería por todo el continente”. Y remató con esta tronante arenga, que generó toda clase de reacciones y comentarios en Colombia, en Venezuela y en el mundo por tratarse de una abierta amenaza bélica: “No perdamos un día en nuestra principal misión: Prepararnos para la guerra y ayudar al pueblo a prepararse para la guerra, porque es responsabilidad de todos”.
Sin caer en la provocación y haciendo uso de lenguaje mesurado pero firme, como debe responderse en el terreno diplomático a cualquier agresión verbal, la Presidencia de la República de Colombia emitió un comunicado en el que advierte que “no ha hecho ni hará un solo gesto de guerra a la comunidad internacional, menos a países hermanos” y que el “único interés que nos mueve es la superación del narcoterrorismo que durante tantos años ha maltratado a los colombianos”. Ofrece mantener “su disposición al diálogo franco, a las vías del entendimiento y de las normas del derecho internacional” y anuncia que “ante estas amenazas de guerra pronunciadas por el Gobierno de Venezuela, el Gobierno de Colombia se propone acudir a la Organización de Estados Americanos y al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”.
Efectivamente, en la Carta de la OEA, suscrita en 1948, se señala que la misión de América es la de ofrecer un ámbito de libertad individual y de justicia social, fundado en la moral y el respeto a los derechos humanos y se define a la OEA como “un organismo regional dentro de las Naciones Unidas, destinado a fomentar la fraternidad de los estados americanos y defender su soberanía”. En este caso, Colombia no es la agresora sino la agredida, pues en una decisión soberana, suscribió un acuerdo de colaboración militar con otro país americano, dejando claramente expresa la voluntad de respetar el territorio y la soberanía de terceros países. Chávez y sus socios del Alba no han querido entenderlo así, porque ven amenazado su proyecto expansionista del “socialismo del siglo XXI” y por eso desde ayer mismo salieron Ortega y Morales a solidarizarse con su ideólogo y gran benefactor.
En Colombia el rechazo a la nueva amenaza de Chávez fue prácticamente unánime y se oyeron voces muy autorizadas, con las que coincidimos plenamente, como la del ex canciller Augusto Ramírez Ocampo: “El estado del alma del presidente Chávez debe ser muy grave porque se le ha acumulado una enorme cantidad de dificultades en su país. Y como hacen quienes tienen vocación dictatorial, Chávez decidió tocar el clarín de la guerra para ocultar todos sus desastres. Es muy grave esa declaración”. Otro ex canciller, el doctor Guillermo Fernández de Soto, estuvo de acuerdo en que “esta vez Colombia tiene que tomar muy en serio la amenaza del presidente Chávez” y compartió también la tesis de que pueden esperarse más dificultades a Colombia por parte del venezolano, porque (con las bases) se le ha limitado su proyecto expansionista.
Una voz discordante y a contrapelo de lo que debe ser una respuesta acorde con la agresión de que hemos sido víctimas, fue la del ex presidente Samper, para quien “está descartado el escenario de una guerra convencional” y no está de acuerdo con llevarla a la OEA y la ONU porque “lo único que va a hacer el gobierno es llevar a un terreno diplomático la escalada del conflicto, sin que realmente hayamos avanzado absolutamente nada en su resolución”. Nos parece francamente torpe el consejo del doctor Samper de que la política correcta debe ser no denunciar. Todo lo contrario, la que está adoptando Colombia es precisamente una posición razonada y pacífica, utilizando los medios diplomáticos para responder a unas amenazas que no pueden desestimarse. Para ello, hay que empezar buscando, ante esos foros, una veeduría internacional que de alguna forma cree unas condiciones para que el señor Chávez asuma, algún día, una actitud razonable, así ésta parezca muy improbable.
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