Guillermo Perry
El Tiempo, Bogotá
Noviembre 15 de 2009
Chávez ha pretendido reencarnar los ideales bolivarianos, muy a su manera. Mientras el Libertador quiso una República que incluyera cuando menos a Venezuela, Ecuador y Colombia, Chávez se ha empeñado en destruir todo lo que había avanzado la Comunidad Andina en materia de integración económica y social. Retiró a Venezuela de la Comunidad con el pretexto de que Colombia y Perú habían iniciado una negociación con Estados Unidos para suscribir un tratado de libre comercio supuestamente incompatible con el Acuerdo de Cartagena, cuando la propia Venezuela había hecho ya lo mismo cuando negoció, en conjunto con Colombia, un tratado de libre comercio con México (el llamado G-3). Nadie adujo, en ese entonces, que ese tratado rompiera la integridad de la comunidad. De hecho, Chávez ya había atentado contra el muy exitoso proceso de integración andina al negarse a cumplir los acuerdos, primero, y los fallos del tribunal comunitario, después, con respecto al libre tránsito fronterizo de vehículos de carga.
La orden reciente de bloquear las importaciones colombianas, que está haciendo grave daño a las dos economías, constituye, como bien lo ha dicho Rafael Pardo, una agresión económica contra Colombia. Ni qué decir del patético espectáculo en la frontera, donde los vecinos de ambos países tienen que pasar al otro lado por encima de cercas y lechos de ríos, porque Chávez resolvió suspender el tránsito por los puentes justo cuando el mundo entero celebra la caída del tristemente célebre Muro de Berlín. Para añadir agravio a la injuria, llamó a civiles y militares a prepararse para una guerra con nuestro país y solo se echó para atrás cuando se dio cuenta de que, de seguir así, Brasil y Paraguay bloquearían el ingreso de Venezuela al Mercosur. El Libertador estaría revolcándose de dolor en su tumba si supiera que este tratamiento inicuo contra países hermanos se hace supuestamente en su nombre y bajo sus banderas.
También se revolcaría de espanto si pudiese observar lo que pasa hoy en Venezuela. Caracas, una de las ciudades más amables, ricas y pacíficas del continente hasta hace unos años, rompe hoy los récords de inseguridad ciudadana, crimen y violencia. Hay cortes de luz y de agua y ha habido frecuentemente desabastecimiento de productos alimenticios. Y eso justo después de que Venezuela ha usufructuado la mayor bonanza de precios del petróleo en su historia. La prensa anuncia recortes de presupuesto a las misiones sociales. Los venezolanos se preguntan hoy a dónde han ido a parar los cientos de miles de millones de dólares que ha recibido el Gobierno como producto de las exportaciones de crudo. No entienden cómo puede haber tanta escasez e inseguridad en casa, cuando Chávez reparte alegremente por el mundo los recursos de su nación. La evidencia de despilfarro y corrupción es cada vez mayor. Y eso que pocos entienden que el abultado subsidio a la gasolina, que beneficia a la élite, vale varias veces más que los presupuestos sumados de todas las misiones sociales. Lo que sí tienen claro es que los gritos de guerra contra Colombia buscan crear una cortina de humo con respecto a los crecientes problemas locales. Por eso, casi un 80 por ciento de los encuestados, incluidos muchos chavistas, rechazan las amenazas de guerra contra Colombia. Y los entrevistados exigen que la guerra se haga contra el desabastecimiento, los cortes y la inseguridad y no contra los vecinos.
¿Cómo lidiar con un vecino así? Ante todo, con unidad. Las diplomacias paralelas confunden y debilitan la posición de Colombia. La única voz que debe oírse es la oficial de la Cancillería y el Presidente. Frente a un vecino así se requiere, además, una compleja mezcla de prudente firmeza, ante cada uno de los desmanes, y de amable diplomacia, ante cada uno de sus reversazos.
No lo ha hecho mal el Gobierno frente a este reto, como sí se había equivocado en mucho al mantener una actitud permanentemente arrogante con Ecuador, que por fortuna se ha venido rectificando en los últimos meses. Sin embargo, es claro que debe hacer un mayor esfuerzo, aprovechando este nuevo momento de distensión después de los alaridos de guerra, para restablecer los flujos comerciales. La idea de que podemos sustituirlos con otros países latinoamericanos, estimulada por el Mincomercio, resulta no solo ingenua, sino francamente peligrosa.
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