jueves, 19 de noviembre de 2009

¿Nos estamos moviendo hacia un nuevo modelo exportador?

Juan Carlos Jaramillo

El Colombiano, Medellín

Noviembre 19 de 2009

En una entrega anterior de esta columna, sugerimos que la revaluación del peso estaba relacionada con cambios en la estructura económica, más que con la debilidad mundial del dólar o con la escasa intervención del Banco Emisor en los mercados cambiarios. Esta nota explora el tema.

La diversificación exportadora fue un gran logro. Desde el siglo pasado al sector exportador colombiano lo dominó la agricultura y particularmente el café. En los años sesenta se inició una agresiva política de diversificación, cuyos notables resultados se reflejaban claramente en la estructura exportadora de finales del milenio. No obstante el petróleo de Cusiana, el níquel de Cerromatoso y el carbón del Cerrejón, la minería jugó un papel más bien modesto en este proceso, en particular si se compara con su gran influencia en Venezuela, Chile, Bolivia y Perú. La ventaja de la diversificación es que los ingresos externos son mucho más estables cuando dependen del comportamiento de muchos productos, que cuando dependen de lo que le acontezca a uno solo o a unos pocos.


La tendencia diversificadora parece haberse detenido. En el sector minero se combinaron altos precios internacionales para las materias primas, con incentivos gubernamentales a la inversión. El resultado fue que la inversión extranjera destinada al sector minero se disparó: mientras que al finalizar la década pasada oscilaba alrededor de los US$900 millones por año, durante el período 2007-2009 superó los US$5.000 millones anuales. Hacia delante, las exportaciones mineras seguirán aumentando al entrar en etapa productiva plena las inversiones recientes. Con nuevos descubrimientos petroleros y carboníferos, y precios internacionales altos, son previsibles elevados ingresos de inversión extranjera hacia el sector en los próximos años. La combinación de estos dos efectos implica que el peso de la minería en los ingresos de moneda extranjera del país seguirá creciendo.


Aunque, en principio, esta es una buena noticia, los enormes flujos de ingresos mineros van a seguir generando problemas. Por un lado, no deja de ser peligroso regresar, así sea solo parcialmente, a la inestabilidad de antaño. El esfuerzo diversificador hay que mantenerlo. Por otro lado, experiencias como las de Rusia, Nigeria, Irak o Venezuela muestran como, donde crecen mucho los ingresos mineros, tiende a crecer la corrupción y el despilfarro. Nuestra experiencia con las minibonanzas petroleras de los años noventa, indican que comportamientos similares también se producen en nuestras latitudes. Hay que crear mecanismos para evitarlos. Y, finalmente, está el efecto que se ha dado en llamar enfermedad holandesa. Esta consiste en que cuando se presenta auge en un sector (el minero en el caso que nos concierne) los recursos productivos se desplazan de otros sectores hacia el que está en auge. Al hacerlo, cae la producción de los otros sectores y sube la del sector que está en auge. La revaluación del peso es reflejo de este movimiento de recursos. Procurar minimizar su impacto debe ser tarea prioritaria.


Hay que atacar estos tres problemas. Recuperar la confianza de los inversionistas ha sido una política de Estado. Y aunque las bravuconadas del presidente venezolano ayudaron, lo cierto es que la política fue exitosa: volvió la inversión extranjera. Ahora hay que manejar el éxito. La experiencia internacional indica que no es tarea fácil. Hay que crear un esquema mediante el cual se recupere la tendencia diversificadora, se evite la corrupción y el despilfarro asociados con las bonanzas mineras, y se le ponga coto a la enfermedad holandesa. Los noruegos han mostrado que es posible hacerlo. De nuevo, restricciones de espacio hacen necesario posponer la exploración del esquema hasta una próxima entrega.

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