viernes, 30 de octubre de 2009

Debate sí; guachafita, no

Editorial

El Colombiano, Medellín

Octubre 30 de 2009

Los bochornosos hechos del pasado martes en el Congreso de la República, donde se adelantaba un debate sobre los subsidios al agro, no tienen otros responsables que quienes llenaron las barras de "seguidores" con el único fin de arengar contra el Gobierno, arremeter contra la mayoría uribista, y después echarle la culpa de lo que no saliera a su favor, tal como ocurrió.

En su esencia, el Congreso de la República es el escenario natural para el debate y la confrontación de ideas y principios democráticos, pero no el recinto del irrespeto, la ofensa, la injuria y las amenazas, como lo han pretendido convertir algunos, cada vez que el oportunismo politiquero se los permite.


Los bochornosos hechos del pasado martes, cuando se adelantaba el debate sobre parte de los subsidios entregados dentro del programa Agro Ingreso Seguro, vuelven a dejar a un sector del Congreso en una situación deplorable y que no admite justificación distinta a querer poner al Gobierno como el malo del paseo y culpable de todos los problemas del país.


En esa alocada carrera, la oposición ha perdido los estribos de un caballo desbocado cuyo propósito más inmediato, entre muchos otros, es atravesárseles a las mayorías uribistas, y al propio Presidente Álvaro Uribe, en su objetivo de consolidar un proyecto de país basado en
la Seguridad Democrática.

No de otra forma se puede explicar que un asunto estrictamente de control político, como estaba previsto fuera el debate contra el Ministro de Agricultura, Andrés Fernández, se convirtiera, de buenas a primeras, en una manifestación pública alentada desde las barras del Congreso y defendida desde las curules de los sectores de la oposición, en especial del Polo Democrático.


Bienvenido el debate, pero no la turba. Cada cosa en su lugar. Si los citantes saben, como dicen saberlo, cómo opera el Reglamento del Congreso y lo reclaman constantemente para defender sus posiciones, no hubieran reaccionado tan virulentamente contra la propia Presidencia del Legislativo cuando ésta decidió levantar la sesión por falta de garantías, ante el ambiente de tensión que se generó, incluidas las palabras soeces y groseras que recibió el senador Javier Cáceres, al punto de sentirse amenazado.


Lo que no puede permitirse ahora es que haciendo uso de aquello de "tirar la piedra y esconder la mano", los detractores del Gobierno le echen la culpa y aseguren que lo de las barras fue propiciado por el uribismo. No. Estaba cantada y se hizo evidente la intención de la oposición de llenar los recintos del Congreso con sus "seguidores" para jugar a tres bandas: por un lado aplaudir a los citantes, en cabeza del senador Jorge Enrique Robledo; por el otro, arengar contra el Ministro Fernández, y por último, pasara lo que pasara, echarle la culpa al Gobierno. De antemano, los opositores sabían que nadie, con algo de sensatez, les iba a permitir la guachafita que armaron el martes, con tribunas llenas. Así no es la cosa. Eso no es oposición. Eso es manguala.

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