miércoles, 28 de octubre de 2009

Zenaida y Francisco Santos

Jose Obdulio Gaviria

El Tiempo, Bogotá

Octubre 28 de 2009


El libro de Zenaida Rueda, Confesiones de una guerrillera, es la crónica, impactante, de su larga militancia (martirio) en las Farc. Una palabra describe certeramente esa fluida narración: vivisección, la disección de una fiera viva, Farc, que desnuda sus patologías, entre las que encontré estas: 1) tal terror genera la banda, que dos secuestrados se negaron a huir, a enfrentárseles. Obraron como los anteriores gobiernos o creyeron la prédica de ciertas oenegés, sobre su omnipresencia e inderrotabilidad. 2) Zenaida y sus compañeros nunca supieron muy bien qué diablos hacían y a qué pertenecían, lo que contradice el cuento jurisprudencial de los "propósitos altruistas" que favorece a los guerrilleros con excarcelaciones y penas irrisorias. 3) Los asesinatos descritos por Zenaida nunca encajan en aquel áspero aserto de Carlos Gaviria, cuando, en memorable duelo verbal con Luis Carlos Restrepo (verlo en Youtube), dijo que los guerrilleros matan para que otros vivan mejor (hasta ese día yo pensaba que eso sólo lo creían los caníbales). 4) Sobre los comandantes que fueron gobernando su miserable vida guerrillera, Zenaida informa, reiteradamente, que "acababan de salir de la cárcel". El Estado, la rama judicial, la jurisprudencia 'altruista', surte, sistemáticamente, los relevos de cabecillas. 5) Zenaida pinta la dramática situación de la banda, su derrota física y moral, su descomposición como cartel narcotraficante, sus atarvanadas con niños y mujeres, el asesinato recurrente de sus propios miembros. 6) Describe el enrolamiento forzado. Los únicos que mantienen algo de carreta política y espíritu de combate son los viejos militantes del Partido Comunista. Ni Zenaida ni nadie se atrevían a hacer preguntas, para evitar los impajaritables "juicios revolucionarios" con sentencia irremisible: fusilamiento.

La política que ha conducido a esa postración y derrota de las bandas terroristas Farc y Eln (y a la desmovilización de las Auc), la Seguridad Democrática, tiene dos puntales: Uribe y Francisco Santos. Después de Uribe, nadie como Santos demostró tanta enjundia para luchar contra el terrorismo. Él, víctima del más infame de los delitos, el secuestro, movilizó a Colombia en contra de los secuestradores.

Pero Uribe y Santos cometieron un crimen, imperdonable para los caguaneros: decir quiénes eran los criminales; denunciarlos, sin aceptar la manida e inmoral distinción entre bandidos (paramilitares) y combatientes altruistas (guerrilleros). Antes de la Seguridad Democrática se hablaba del crimen, pero se soslayaba el nombre de los criminales. ¡Es para crear confianza! ¿Cómo vamos a hacer la paz si los insultamos? Eso se decía.

La vida, ese misterio cotidiano, así como castigó a Colombia con una acefalía de casi doce años, nos premió en el 2002 con el encuentro ideológico y político de Álvaro Uribe y Francisco Santos.

La valentía personal y la claridad mental de ese tiquete electoral del 2002 y el 2006 cambió a Colombia. ¿Dónde estarían hoy Zenaida, Isaza, Mancuso o don Berna, sin la política de Seguridad Democrática, sin el paso por el poder de Uribe y Santos? Estarían cometiendo crímenes. ¿Dónde están hoy? Desmovilizados. Y todos tuvieron la misma posibilidad: no reincidir en el delito y colaborar con la justicia para obtener ventajas jurídicas. Unos lo hicieron, otros no.

La Fiscalía acaba de poner a Santos en la picota nacional e internacional. Santos le dijo a Yamid Amat que "se trata de un complot de los paramilitares para enlodar al Gobierno". Yerra: Mancuso y su combo son hoy un león viejo y mueco, como dijo Hernando Corral. El complot lo dirigen otros, que visitan recurrentemente a los ex paras, los adulan y los tienen colaborando con la causa de su antigua enemiga, las Farc. La Fiscalía, pobre, ni sabe lo que hace.

La lucha de Uribe y Santos ha sido heroica. Ellos han dado un ejemplo inmarcesible que todos debemos imitar.

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