Por Sergio De
El
Mayo 10 de 2009
Otrora Colombia se distinguía del resto de America Latina dizque por el manejo del idioma. De un tiempo para acá (las 3 ultimas décadas) lo que la diferencia es el secuestro. Que también se ha dado en otras latitudes, y otros tiempos. Mas no con las especiales características de crueldad y con la frecuencia que ha cobrado aquí, donde no hay guerrilla o banda criminal que no lo haya utilizado. Tanto que se volvió una industria, sujeta como todas (las permitidas y las prohibidas) al vaivén del mercado, y a la que se le siguen sus resultados, con estadísticas e indicadores. Se trata de un fenómeno tan corriente y familiar que ya convivimos con él, como si hiciera parte de nuestra cultura. Mas, con todo y eso, o tal vez por eso, ha llegado al punto de saturación. Hoy la humanidad no lo soporta ni tolera. Su conciencia moral se revuelve contra él.
La práctica del secuestro, en la dimensión masiva que aquí tiene, es una verdadera peste: nos distancia del mundo, desalienta la inversión extranjera, asusta el turismo. Dicha práctica es letal para las víctimas y sus familiares, pero lo es más para sus perpetradores. Tanto que parece aconsejada por su enemigo. Nada ha desprestigiado más a la llamada insurgencia que el secuestro. Sobre todo el extorsivo, y no solo porque el mundo lo haya catalogado como delito atroz, de lesa humanidad, sino porque sus autores han sobrepasado todos los límites posibles. Por ejemplo, para iniciar su ejecución se valen de delincuentes comunes de la peor ralea, a quienes pagan por la localización y captura de la víctima en los centros poblados.
El plagio por dinero tiene a la guerrilla sumida en el descrédito, sin apoyo político ni siquiera entre los lugareños de los parajes por donde se mueve. El secuestro la ha manchado más que el propio narcotráfico, actividad prohibida que, sin embargo, no alcanza el grado de perversidad y degradación del plagio. Pues este convierte a la persona - y su vida – en mercancía. Todas las agrupaciones terroristas que en el mundo han sido se han valido del narcotráfico para financiarse: Al-Qaeda, los talibanes, el Ira, Sendero Luminoso. Pero solo las Farc practican el plagio por dinero a gran escala, sin importar que entre los rehenes haya mujeres, ancianos y niños que con harta frecuencia mueren en cautiverio.
Nadie, ni aún entre los que desde afuera justifican la insurgencia colombiana por razones ideológicas o por considerarla un subproducto de la inequidad social, avala el secuestro generalizado que aquí padecemos. Fidel Castro, paradigma del guerrillero altruista, en
Ningún doctrinante, entre los enemigos frontales del estatus quo en lo relativo a la patria, el orden social, la política o la religión, ha prohijado nunca el secuestro económico. Ni los anarquistas rusos de antes, ni los palestinos, ni los marxistas, ni los fundamentalistas de cualquier credo religioso, lo recomiendan. A los más lejos que se llegó en la praxis revolucionaria, en materia de acciones ilegales para sustentarla, fue al asalto bancario, y eso con el pretexto de que así se expropiaba a la burguesía por anticipado, en la iea proudhoniana de que la propiedad es un robo. Y con el aditamento de que una acción criminal semejante se decidía después de arduos debates éticos, librados en los círculos clandestinos. Pero el espacio se agota y redondearemos estas apesadumbradas notas el domingo venidero
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