domingo, 24 de enero de 2010

Los próximos tres años de Obama

Mario Calderón Rivera

La Patria, Manizales

Enero 24 de 2010

Al culminar su primer año de gobierno, el presidente Barack Obama está siendo sometido a un escrutinio crítico de muy variados matices. Sin embargo, más allá de las visiones superficiales e inmediatistas, desde varios de los más reconocidos observatorios de la geopolítica mundial, las opiniones coinciden en señalar hitos visibles que, en menos de un año, comenzaron a marcar un profundo redimensionamiento en la política exterior de los Estados Unidos. Una de esas fuentes de referencia es, precisamente, Zbigniew Brzezinski, asesor del presidente Kennedy y miembro del Consejo Nacional de Seguridad del presidente Carter en los años 70. Pero, sobre todo, uno de las voces más autorizadas de la academia mundial en geopolítica y geoestrategia.

En la edición de la revista Foreign Affairs correspondiente al primer bimestre de 2010, este distinguido analista publica un ensayo extenso titulado “De la Esperanza a la Audacia”. En él destaca primordialmente lo que comienza a emerger como el conjunto de acentos que marcarán el tránsito de la política exterior de los Estados Unidos durante los próximos tres años del mandato de Barack Obama. El primero de ellos y el que más dramáticamente comenzó a marcar la diferencia con el fantasma del “imperio del mal” creado por Bush, fue el de que “el Islam no es el enemigo”. Al mismo tiempo, la actitud racional y asertiva frente al conflicto Israel-Palestina, igual que frente al programa nuclear de Irán y al manejo de la amenaza Talibán en Afganistán, tanto como la estrategia más amplia y no simplemente militar para desmontar la guerra de Iraq. Y aunque debe aceptarse que frente a América Latina se mantiene la ambigüedad, hay signos alentadores sobre virajes de fondo.

En el contexto anterior, el ex asesor del presidente Kennedy ve algo más profundo. Su conclusión primera es que Obama ha emprendido un esfuerzo verdaderamente ambicioso para redefinir la visión de Estados Unidos sobre el mundo y para reconectar al país del Norte con el contexto histórico emergente en la primera década del siglo XXI.

En una perspectiva más amplia los primeros pasos de Obama se encaminan claramente hacia un punto de flexión en la política exterior de EE.UU. Algo que podría definirse como el regreso al espíritu del presidente Woodrow Wilson, quien quiso darle a la “Doctrina Monroe” (América para los Americanos) y a su derivada del “Destino Manifiesto” un alcance universal definido en términos de que “el mundo debe hacerse seguro para la democracia”. Con ese argumento Wilson involucró a Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial para contribuir decisivamente al salvamento de una comunidad internacional amenazada. La inspiración esencial de esa política, en el lenguaje de la mejor tradición del Partido Demócrata, encarnada por el inolvidable senador William Fulbright, representó la adhesión al principio de la libre determinación de los pueblos. Sin embargo, fue evidente que grandes tramos de la presencia exterior de los Estados Unidos durante el Siglo XX estuvieron dominados por la política del “Gran Garrote” (big stick) que, instaurada por Theodoro Roosevelt, muchas veces empañó la imagen de Washington, principalmente por el apoyo a dictaduras y a gobiernos corruptos. Esa política, que se suponía dictada desde lo alto, virtualmente otorgaba a Estados Unidos la custodia de la comunidad mundial y el derecho a llevar su modelo político a todas las latitudes, pero especialmente a América Latina.

Los análisis verdaderamente profundos sobre el primer año de Barack Obama no vacilan en señalar hacia su audacia para cambiar rumbos que parecían inalterables, inclusive para el propio partido del Presidente. Uno de los puntos más candentes de la política exterior de EE.UU., por ejemplo, era la negativa sistemática de la Casa Blanca al reconocimiento del llamado Estatuto de Roma que, por decisión de Naciones Unidas en 1998, creó la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. Y aunque Estados Unidos se negó a suscribirlo hasta cuando el presidente Clinton lo hizo antes de terminar su mandato, George Bush olímpicamente se negó a impulsar su aplicación efectiva para delitos cometidos por ciudadanos de los Estados Unidos.

Uno de los pasos trascendentales de Obama en el primer año de su mandato, a través de la Secretaria de Estado Hillary Clinton, ha sido abrir las puertas para que Estados Unidos se acoja sin reservas a la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. Y como si fuera poco, por decisión del presidente Obama desde noviembre de 2009, se concretó la presencia de Estados Unidos, como observador permanente en las reuniones de la Corte. Algo que estuvo precedido por otro paso altamente significativo, como fue el regreso de Estados Unidos al Consejo de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, de donde con su peculiar arrogancia se había retirado el señor Bush.

Al momento histórico que marcó el presidente Wilson, pero esencialmente también al gran símbolo de Thomas Jefferson como el gran arquitecto de la Declaración de Independencia y de la Constitución de los Estados Unidos, el presidente Obama asoció su compromiso con Estados Unidos y con el mundo cuando en su discurso ante Naciones Unidas en septiembre de 2009 expresó con claro sentido autocrítico:

“La democracia no se puede imponer en ningún país desde el exterior. Cada sociedad debe encontrar su propio camino, y ningún camino es perfecto. Cada país seguirá el rumbo que traza la cultura de su pueblo y sus tradiciones pasadas. Reconozco que Estados Unidos se ha comportado con demasiada frecuencia de modo parcial en la promoción de la democracia. Pero ello no debilita nuestro compromiso, sino que lo refuerza. Hay principios fundamentales que son universales, hay verdades que son evidentes y Estados Unidos de América nunca vacilará en sus esfuerzos por defender el derecho de todos los pueblos a determinar su propio destino”.

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