Por Martín Santibáñez*
El Tiempo, Bogotá
Mayo 11 de 2009
Valle Riestra, que en buena hora ciñó la toga, es conocido en su país por su vasta trayectoria como jerarca del partido de la estrella solitaria, y ha logrado consolidar una merecida fama como jurista y académico de talla continental, merced a sus esforzados y eruditos trabajos sobre la extradición y el asilo. En su estupenda obra 'La extradición y los delitos políticos' (The Global Law Collection, 2006), el jurista peruano desgrana los sutiles mecanismos de una vieja institución que, ante toda dictadura, reverdece y se expande, mientras se pudren las democracias en el caldo de la sinrazón.
Aún recuerdo cómo, siendo alumno en
Rosales no es santo de mi devoción. No creo, ni por un segundo, que sea el candidato idóneo para lograr que el frente policlasista del chavismo muerda el polvo de la derrota. Sin embargo, ante una aberración jurídica, los hombres de leyes hemos de cerrar filas, conscientes de que portamos, como en las novelas de McCarthy, el fuego sagrado de la civilización. La cacería política desatada sobre el líder de una oposición democrática no puede quedar impune. La presunción de inocencia no ha de ser pisoteada jamás. Todos, todos tenemos derecho a presentarnos ante un tribunal imparcial sin ceder a los comisarios del Partido Socialista Unido de Venezuela. El derecho y sus garantías constituyen la delgada línea entre la civilización y la barbarie. Más allá, la selva.
¿Puede convertirse el Perú en el paraíso de los asilados políticos que una izquierda enfermiza empieza a parir con profusión? Gobernado por un partido socialdemócrata que pese a su genealogía ha sabido conducir una reforma programática viable, el país atraviesa una auténtica primavera democrática, que contrasta con la anarquía del modelo chavista, el panindigenismo de Evo Morales y la deriva de las izquierdas radicales. El Perú es el arca rusa de una tradición jurídica que incluyó, en su momento, la protección a 93 militares venezolanos que participaron en el segundo intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, un putsch liderado por nuestro inefable comandante. Fujimori, hoy preso, les concedió asilo. Si a los chavistas irredentos les fue garantizada la libertad, ¿por qué no a sus opositores?
Estamos, pues, ante un capítulo más del duelo eterno entre el derecho y el poder. La política, como rubrica mi maestro Rafael Domingo, es un 'ars aspergendi', se expande, soberana, irradiando su poder en fueros que no le competen. Y pretende entronizarse allí, precisamente allí donde sólo debe reinar la autoridad. Si consentimos la profanación de los templos de Themis,
* Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas. www.fundacionmaiestas.org
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