lunes, 11 de mayo de 2009

Rosales y el tribuno

Por Martín Santibáñez*

El Tiempo, Bogotá

Mayo 11 de 2009

Sabemos quién es Manuel Rosales, el líder opositor venezolano al que el gobierno de Alan García le acaba de conceder el asilo, iniciando con ello la mayor crisis internacional de las últimas décadas entre Perú y el protoimperio bolivariano. Conocemos su gestión como gobernador del Zulia y alcalde de Maracaibo, la virulencia de sus ataques al chavismo y la súbita hégira que ha protagonizado al abandonar su querencia y dirigirse, presto, a Lima, la ciudad de los Reyes. 

Conviene saber, también, quién defiende a Rosales en la tierra del Sol, más aún si el Perú puede convertirse en el santuario de los demócratas del continente, perseguidos políticos de una obcecación totalitaria que no parece recular. Jurista en tierra de juristas, Javier Valle Riestra González Olaechea es uno de esos grandes patricios que, de tanto en tanto, surgen en los predios benditos de América del Sur. La suya es, sin duda, una vocación temprana, para el foro y la política, ganada a pulso, cuando en el Palacete de sus antepasados limeños, siendo ya un niño precoz, contemplaba el desfile grandioso de las masas apristas. Estas, enfervorizadas, tronaban himnos de libertad, igualdad y fraternidad. Iconoclasta como pocos, el Tribuno Valle Riestra terminaría convirtiéndose, pronto, en uno de los prohombres de esa izquierda moderada que hoy gobierna el Perú.

 

Valle Riestra, que en buena hora ciñó la toga, es conocido en su país por su vasta trayectoria como jerarca del partido de la estrella solitaria, y ha logrado consolidar una merecida fama como jurista y académico de talla continental, merced a sus esforzados y eruditos trabajos sobre la extradición y el asilo. En su estupenda obra 'La extradición y los delitos políticos' (The Global Law Collection, 2006), el jurista peruano desgrana los sutiles mecanismos de una vieja institución que, ante toda dictadura, reverdece y se expande, mientras se pudren las democracias en el caldo de la sinrazón.

 

Aún recuerdo cómo, siendo alumno en la Universidad de Lima, buceaba en los viejos anaqueles de la facultad de Derecho en busca del tomo perdido para terminar refugiándome en el solitario trabajo de Valle Riestra sobre la extradición, opúsculo imprescindible para comprender los excesos de nuestras tiranías. Hoy, aquel maestro de mis años mozos, Quijote entrañable y orgullo de Indoamérica, irrumpe en los teletipos del orbe entero amparando a la poliarquía venezolana -siempre un girondino- y enarbolando el estandarte del 'ius' sobre la 'protestas'. Manuel Rosales se asila en Lima, al amparo del derecho, para evadir a los esbirros de la Gestapo chavista. Y Valle Riestra lo defiende, con la elegancia que lo caracteriza. Es irónico que el presidente venezolano compare a Rosales, su Némesis, con Vito Corleone, siendo él, Chávez, la encarnación perfecta de Al Capone en guayabera.

 

Rosales no es santo de mi devoción. No creo, ni por un segundo, que sea el candidato idóneo para lograr que el frente policlasista del chavismo muerda el polvo de la derrota. Sin embargo, ante una aberración jurídica, los hombres de leyes hemos de cerrar filas, conscientes de que portamos, como en las novelas de McCarthy, el fuego sagrado de la civilización. La cacería política desatada sobre el líder de una oposición democrática no puede quedar impune. La presunción de inocencia no ha de ser pisoteada jamás. Todos, todos tenemos derecho a presentarnos ante un tribunal imparcial sin ceder a los comisarios del Partido Socialista Unido de Venezuela. El derecho y sus garantías constituyen la delgada línea entre la civilización y la barbarie. Más allá, la selva. 

 

¿Puede convertirse el Perú en el paraíso de los asilados políticos que una izquierda enfermiza empieza a parir con profusión? Gobernado por un partido socialdemócrata que pese a su genealogía ha sabido conducir una reforma programática viable, el país atraviesa una auténtica primavera democrática, que contrasta con la anarquía del modelo chavista, el panindigenismo de Evo Morales y la deriva de las izquierdas radicales. El Perú es el arca rusa de una tradición jurídica que incluyó, en su momento, la protección a 93 militares venezolanos que participaron en el segundo intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez, un putsch liderado por nuestro inefable comandante. Fujimori, hoy preso, les concedió asilo. Si a los chavistas irredentos les fue garantizada la libertad, ¿por qué no a sus opositores?

 

Estamos, pues, ante un capítulo más del duelo eterno entre el derecho y el poder. La política, como rubrica mi maestro Rafael Domingo, es un 'ars aspergendi', se expande, soberana, irradiando su poder en fueros que no le competen. Y pretende entronizarse allí, precisamente allí donde sólo debe reinar la autoridad. Si consentimos la profanación de los templos de Themis, la Polis está condenada. Para evitarlo, aún contamos con los tribunos de la plebe, 'custodes' encargados de conservar, para el futuro, una hermosa tradición de justicia e igualdad.

 

* Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas. www.fundacionmaiestas.org

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