domingo, 13 de diciembre de 2009

¿Se desactivó la bomba poblacional?

Mauricio Botero Caicedo

El Espectador, Bogotá

Diciembre 13 de 2009

Posiblemente el fenómeno más relevante del siglo XXI es la desactivación de la bomba poblacional.

Según el economista Gary Becker, mientras la población del mundo se ha doblado en las últimas décadas, las tasas de natalidad de buena parte de los países caen en picada a niveles sin precedentes. (El descenso en la población no sólo se circunscribe a los países más desarrollados, sino que incluye Brasil, India, e Indonesia). Entre el año 1750 y el año 1950, la población mundial paso de mil millones de personas a tres mil millones. Entre 1950 y comienzos del siglo se duplicó, llegando a seis mil millones. La población va a seguir creciendo hasta nueve mil millones (a tasas sustancialmente menores) y entre el año 2020 y 2050, según la prestigiosa revista The Economist, la tasa de fecundidad mundial (que hoy en día es 2,33) va a estar por debajo de la tasa de reemplazo (que por definición es 2), y en el año 2050 empieza a disminuir el número de habitantes. Esta realidad ha puesto en evidencia que el reverendo Thomas Malthus, y todos los profetas del Apocalipsis que le sucedieron y que en esencia pronosticaron que el crecimiento de la población arrollaría la producción de comida, en el fondo no tenían ni idea de lo que estaban hablando, y mucho menos idea de lo que estaban pronosticando.

Puede ser conducente analizar brevemente las causas del crecimiento desbordado de la población y de su vertiginoso descenso. Pero antes de entrar en las causas y efectos, unas realidades: la población de Europa, estimada hoy en 728 millones de personas, va a reducirse a 565 millones en el 2050. Cuatro países, Rusia, Alemania, España, e Italia, pueden ver una reducción en sus poblaciones hasta del 40%.

¿Pero qué explica la explosión demográfica de los últimos dos siglos? La primera razón es que antes del desarrollo de la seguridad social, y cuando las sociedades eran eminentemente rurales, los hijos —principalmente los hombres— eran un activo económico: no sólo ayudaban en las labores del campo, sino que servían para cuidar a los padres en su vejez e invalidez. Con la industrialización y eventual migración a los centros urbanos, unidos a los avances médicos que disminuyeron drásticamente la mortalidad infantil; las revoluciones técnicas y científicas que multiplicaron la oferta de comida, y el advenimiento de la seguridad social, los hijos pasaron de ser un activo a un pasivo. Como bien lo señala el futurólogo norteamericano George Friedman: “En Francia, a finales del siglo XVIII, el tener diez hijos era una bendición de Dios; para un galo el procrear diez hijos a principios del siglo XIX, hubiera podido presentar numerosos problemas; pero el tener hoy en Francia diez hijos es una verdadera catástrofe”.

¿Y qué ha ocurrido? A medida que las naciones se industrializan, el valor económico de los vástagos ha disminuido. Hoy, para que un hijo pueda contribuir económicamente al hogar, requiere más educación, al igual que ser alimentado y vestido. Si, en promedio, el educar a un hijo toma entre 15 a 17 años, en vez de aportar materialmente al núcleo, lo que un hijo hace es consumir el patrimonio familiar. Thorstein Veblen, el notable economista y sociólogo, hubiera observado que hoy los objetos más notorios de consumo conspicuo por parte de los pudientes es el número de hijos que se dan el lujo de procrear.

Pero simultáneamente a la excelente noticia de que la bomba poblacional ha sido desactivada hay un enorme desafío: los ciudadanos más pobres sólo emiten 0,1 toneladas de CO2 a la atmósfera por año. Los norteamericanos veinte toneladas. ¿Resistirá la Tierra el día que los pobres se vuelvan ricos? Las consecuencias del declive poblacional, al igual que el impacto en el ecosistema de los países emergentes, serán motivo de próximos artículos.

No hay comentarios: