Mauricio Botero Caicedo
El Espectador, Bogotá
Enero 10 de 2010
Comentando el criminal degollamiento del gobernador de Caquetá, el columnista Pedro Medellín Torres (El Tiempo, Dic. 28/09) afirma: “…el asesinato del gobernador del Caquetá comienza a devolver la seguridad del país por lo menos diez años atrás”.
El comentario de Medellín, más que una distorsión de la realidad, es otra demostración del sesgo que caracteriza a buena parte de los columnistas de los diarios nacionales.
Una golondrina no hace el verano, ni un asesinato invalida la política de seguridad democrática. Hace diez años el país era rehén de las Farc, que con la implícita anuencia del gobierno de entonces, secuestraban y extorsionaban a su libre albedrío desde el Caguán. Hoy, el panorama de seguridad es diametralmente opuesto: en 2009, 507 subversivos fueron dados de baja, de un total de 2.844 que fueron capturados y desmovilizados. Las operaciones militares ofensivas (más de 1.200 combates) lograron la destrucción de 1.172 campamentos, principalmente laboratorios de cocaína y centros de acopio de armas; y se evitaron cerca de 1.350 ataques a poblaciones, infraestructura eléctrica y energética. La reducción en el número de secuestros es dramática: de cerca de 3.000 en 1999, se ha reducido la cifra a menos de 150. Es más que evidente que las Fuerzas Armadas han jugado y siguen jugando un papel fundamental en defensa de los ciudadanos. El politólogo francés Daniel Pécaut, en su excelente libro sobre las Farc, ¿Una guerra sin fin o sin fines?, afirma: “Lo que convence a la mayoría de los colombianos del éxito de la seguridad democrática son los hechos que han mejorado su vida cotidiana: además de la disminución de los homicidios, la seguridad de los principales ejes viales, el fuerte descenso del número de secuestros, la reducción de la extorsión y la ruptura del cerco que las Farc habían establecido alrededor de las grandes ciudades”.
Una vez le preguntaron al gran ajedrecista cubano Raúl Capablanca cómo pensaba jugar una partida, a lo cual respondió: “No tengo ni idea. Depende de cómo juegue mi adversario”. Se trae a colación la anterior anécdota, ya que es frecuente la confusión entre estrategia y táctica. Algunos despistados, aun estando de acuerdo en la necesidad de acabar con el flagelo del narcoterrorismo, exigen darle reverso a la política de seguridad democrática. Otros, más centrados, solicitan revisar su rumbo. Los primeros reclaman abolir la estrategia, estrategia que a todas luces ha sido exitosa. Los segundos sugieren cambios en la táctica, lo cual es válido. El confundir la táctica con la estrategia, y viceversa, siempre ha tenido consecuencias funestas. El cobarde degollamiento del gobernador de Caquetá, lejos de ser una demostración de fuerza y del naufragio de la seguridad democrática, es evidencia del forzoso repliegue de esta recua de vulgares asesinos. Como advierte Pécaut en su libro: “Las Farc ignoran la exasperación creciente de numerosos sectores frente a la prolongación de un conflicto cuya atrocidad tienen que sufrir… en definitiva, el fracaso de su estrategia es militar sólo en parte; el fracaso (de las Farc) es ante todo político”.
La ofensiva final de la seguridad democrática debe encaminarse a la creación de un embudo territorial que termine en un “puente de plata” de un solo sentido que permita que la totalidad del negocio del narcotráfico se desplace a Venezuela, en donde a los narcoterroristas les espera un oasis de tolerancia en el cual podrán desarrollar su actividades criminales, como lo testimonian Chávez y Timochenko, con total y absoluta impunidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario