Darío Ruiz Gómez
El Mundo, Medellín
Enero 11 de 2010
El invento del alambre de púas recuerda Solzhenitsin, define a la llamada modernidad. Y al recordarlo sabía muy bien porque lo decía, pues conoció la infamia de estar prisionero durante muchos años en un gulag soviético. El alambre de púa constituyó en la Norteamérica del siglo XIX el principio de la propiedad privada, la desaparición de las grandes praderas como imagen de libertad con sus rebaños de bisontes y caribúes, de los vaqueros, esa raza nómade que fue alejándose hacia el norte para no enfrentarse a estos obstáculos con los cuales tropezó su cuerpo y quedó lleno de cicatrices. Pero el alambre de púas llegó a su siniestra apoteosis durante el régimen nazi en los campos de concentración. Líneas paralelas, duplicadas y triplicadas a través de kilómetros y detrás de las cuales asomaba el rostro de los prisioneros, su mirada sin esperanza alguna.
Luego, este infierno creado por el ser humano y por una razón pervertida se dimensiona hacia una mayor crueldad en los gulags de Stalin a donde millones y millones de seres humanos fueron condenados a morir en nombre de la futura patria del proletariado. Detrás de las alambradas se va muriendo un poeta de la grandeza de Ossip Mandelstan cuyos reclamos a su diabólico ex amigo han quedado para siempre como el testimonio de que el fanatismo político jamás doblegará la fe del ser humano capaz de hacer que un verso sea más poderoso que el poder un tirano.
Cuando el mundo civilizado descubrió las imágenes de los campos de concentración de las Farc, los cercos de alambre de púa, los famélicos prisioneros, sintió la misma repugnancia moral que se sintió al descubrir el mundo la barbarie de los campos de concentración. El alambre parece a simple vista una escueta línea metálica, una geometría ligera que solo podrá ser constatada en su ferocidad cuando el enloquecido prisionero que lleva años mirándola, podrido entre el barro y la inclemencia de la selva, se arroja hacia ella.
No olvidemos que la cicatriz es la presencia de una sin razón, de una injuria a los significados más profundos del alma humana. “Señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida” lo cual no es cierto como dice el diccionario, pues hay heridas como las del alambre de púas que nunca se curan en el corazón del prisionero que sabe y conoce de la ofensa a la moral y la espereza de esta muralla infame.
A mí el llamado profesor Moncayo con el espectáculo que ha montado alrededor de su hijo y la manipulación que ha hecho de la desgracia de éste para lanzarse a la vida política, sencillamente me produce pena y es una muestra de la manera en que se utiliza ideológicamente el dolor humano. Ya que otra es la imagen de la madre del Mayor Julián Ernesto Guevara muerto en cautiverio y a quien de manera perversa se le ha querido manipular sin que ella en su dignidad de madre se haya prestado a esta manipulación.
Vencer el olvido es lo que hace el rostro del Teniente que habla a su madre, evadiéndose de aquel ultraje al que era sometido, saltando por encima de las alambradas, de la figura del carcelero sanguinario que los amenaza con la muerte si intentan escapar. Esas cenizas cuya entrega ha sido aplazada una y otra vez por estos carceleros que no lograron marchitar en los ojos de la madre la esperanza del regreso del hijo. Lo que no esperaban los carceleros era que estas cenizas se convirtieran en un símbolo de resistencia a la opresión y en un canto de libertad.
Bajo este rotundo argumento, ¿qué sentido tiene hablar de un intercambio humanitario? ¿Cómo puede hablar de lo humano quien mantiene atados con cadenas y a la intemperie a unos seres humanos durante doce años? Lo curioso es que muchos de quienes padecieron esta infamia, para justificar su regreso a la política, se hayan olvidado de los argumentos contundentes que estas cenizas suponen si queremos seguir siendo una sociedad civilizada y si queremos rescatar la tarea de la política dentro de una sociedad agredida pero no doblegada por el terrorismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario