Alfonso Monsalve Solórzano
El Mundo, Medellín
Enero 10 de 2010
La amenaza terrorista vuelve a cernirse sobre los Estados Unidos. Sólo la buena suerte y la rápida acción de la tripulación de un vuelo con destino a Detroit pudo evitar que el avión con toda su tripulación y pasajeros volaran por los aires.
Al Qaeda reivindicó el frustrado atentado y el presidente Obama tuvo que tomar medidas de control y asumir la responsabilidad por las fallas en la seguridad de su país. Anteriormente, había tenido que aumentar el número de tropas para combatir la alianza Al Qaeda – Talibán en Afganistán.
Ahora, el gobierno del norte ha identificado a Yemen, ubicado al sur de la estratégica península arábiga, como la nueva meca del terrorismo fundamentalista islámico, encarnado en la organización de Osama Bin Laden.
El terrorismo existe y es una amenaza real para las democracias del mundo. No se trata, pues, de un engendro inventado por Bush para intervenir en otros países. Se expresa en un conjunto de Estados y movimientos fundamentalistas de todo tipo, decididos a destruir a sangre y fuego los valores democráticos propios de las democracias liberales.
El terrorismo tampoco es el resultado de la imaginación calenturienta de guerreristas colombianos, como lo prueban las últimas acciones de las Farc, que de paso, reconocieron el asesinato del gobernador Cuellar y, de manera increíble, culpan al gobierno de ese hecho al tratar, según ellos, de rescatar al gobernador, cuando ha sido probado que las tropas gubernamentales, a la hora de la brutal ejecución, no se encontraban en ese lugar.
El mundo está viviendo un curioso momento de polarización en el que el diablo (Venezuela socialista, Corea del Norte) y dios (el gobierno teocrático de Irán, Hizbolla, Hamas, etc.) se alían para combatir su común enemigo, es decir, las democracias occidentales. En Colombia, la guerrilla encuentra un aliado estratégico, un santuario y una retaguardia segura, en Venezuela, cuya política continental consiste en atacar a Estados Unidos, a Colombia, la barrera que tiene contra el expansionismo bolivariano.
Nadie en el país puede equivocarse. Una ofensiva internacional que pretende ganar para las Farc el reconocimiento político -cuya última jugada consiste en presentar un video en el que aparecen como sembradores de maíz, cacao y paz, víctimas de un conflicto que ellos alimentan con actos terroristas y narcotráfico- debe alertar sobre las estrategias que estas alianzas efectúan. A esta ofensiva se debe responder con otra que defienda nuestra democracia y asegure aliados para tal meta. Al fin y al cabo, las democracias compartimos el mismo desafío, a pesar de que este sea hecho por distintas razones.
No estoy diciendo que vivimos en una democracia perfecta. Pero sólo hay que compararse con el vecindario para saber que, a pesar de los problemas y errores, la libertad en Colombia no se ataca desde el Estado sino desde los grupos ilegales armados. Que lo peor que le podría pasar a nuestro país es estar gobernado por un régimen de corte chavista.
Todos queremos la paz, pero su precio no puede ser la dictadura totalitaria. La amenaza que se cierne sobre nuestro Estado sólo puede detenerse con la defensa de la democracia y el Estado social de derecho, en la que se comprometan todos los demócratas en la lucha contra el narcotráfico, fuente nutricia de dicha amenaza. De la obtención de acuerdos sobre mínimos, que no son otros que el rechazo a la lucha armada y a los métodos de terror; de unidad en la estrategia de una política nacional e internacional en defensa de nuestro estado de derecho.
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