martes, 25 de agosto de 2009

Paraguay en el escenario latinoamericano

Por Martín Santiváñez

El Tiempo, Bogotá

Agosto 25 de 2009

América Latina libra una guerra ideológica en la que diversos bolsones de democracia se baten valerosamente contra un rampante imperialismo bolivariano que busca extender sus tentáculos a todos los países del hemisferio. Paraguay no es la excepción. Las idas y venidas del gobierno de Lugo y sus constantes flirteos oligofrénicos con el socialismo del siglo XXI denotan el oportunismo progresista que se ha apoderado del Presidente y un posibilismo cortoplacista condenado a fracasar. Pactar con Chávez, Morales, Correa y los Kirchner tiene un precio. Y tarde o temprano, la factura llegará.

Hay algo de inverosímil en la historia paraguaya. De la rabiosa cerrazón política de Francia a la globalización de sus élites intelectuales hay un gran trecho. Y en medio, por supuesto, una invencible tenacidad, un espíritu superior, un destino forjado para la supervivencia. Basta con visitar Paraguay en estos días para comprender cómo un país continuamente amenazado por el Apocalipsis institucional y la espada de Damocles de la amenaza exterior cabalgó sobre todos los peligros y se impuso a enemigos más numerosos y menos aguerridos.

Paraguay ha sobrevivido por los paraguayos, gente excepcional. Ricardo Palma tenía razón. A través de su pluma se descubre un país fantástico, en el que la austera dictadura de Gaspar Rodríguez de Francia se imponía en una carta magistral a la curiosidad andina de Simón Bolívar, el Libertador.

Cuenta la tradición de Palma que Bolívar envió una carta a Francia por intermedio de un capitán de apellido Ruiz, quien, tras un largo mes de fatigas, llegó a Paraguay. Allí, detenido en la frontera, fue conducido hasta Asunción por dos guardias que sólo hablaban guaraní. Al llegar a la casa del gobernante, sin permitírsele ni siquiera apear, nuestro capitán entregó el pliego que portaba al oficial de guardia. Una hora después, éste salió con un sobre sellado y lacrado que contenía la respuesta del dictador. En ella, el paraguayo desbautizaba a Bolívar, se negaba a la apertura y proclamaba la eternidad de su autarquía.

No pueden dejarse en el olvido aquellas brillantes páginas, y más tarde, al conocer Paraguay, el corazón de Sudamérica, es claro que se trata de una tierra asombrosa que sobrevive a los huracanes de la historia.

Al menos con Francia, los latinoamericanos sabíamos a qué atenernos. Tratándose de Lugo, el actual presidente, cualquier cosa puede pasar. Y por esto me refiero a la lamentable adscripción paulatina de su gobierno al marxismo de los soviets chavistas, puñales disolventes de cualquier aparato institucional. Decidido a cambiar el sistema legítimo que permitió su elección, Lugo pretende impulsar un nuevo modelo de democracia que privilegia la participación antes que la representación. Esto es, que desmonte legalmente libertades duramente conquistadas, imitando a sus mentores políticos sin gloria ni singularidad.

Todos formamos parte del pentagrama latinoamericano. Y tenemos un destino común. Paraguay tiene mucho que aportar al continente. La indomable voluntad de existir, la suprema capacidad de imponerse a la adversidad, la posición estratégica en el Mercosur. Confío en que, pese a la agenda oculta de su Presidente, que poco a poco ve la luz, los paraguayos sabrán rechazar cualquier tipo de yugo, por más dulce que este parezca. Por eso contemplo con esperanza la respuesta política del pueblo paraguayo al socialismo del siglo XXI y a su vulgar intervencionismo disfrazado de cooperación internacional. La integración latinoamericana no necesita una hipoteca revolucionaria. Para unir al continente no hemos de apelar a una ideología de resentimientos y complejos, ni a un programa obtuso que desata una carrera militar cainita de incierta resolución.

La flamante apuesta política de Lugo pesa tanto como la vieja misiva de Francia, el dictador. Ambas denotan un programa concreto, un proyecto personal, una inclinación ideológica. Las cartas están sobre la mesa. No caigamos en la ingenuidad de creer que un presidente que contemporiza con enemigos declarados de la libertad reculará de pronto, retornando a la senda de la cordura. O los paraguayos lo impiden, empleando para ello todas las armas legítimas de la democracia, o la larga sombra del despotismo volverá a cernirse, infame, sobre la espléndida y gallarda tierra de los indómitos guaraníes.



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