viernes, 19 de junio de 2009

Lemaitre

Por Jorge Rumié

El Universal, Cartagena

Junio 19 de 2009

Daniel Lemaitre sudaba y respiraba a Cartagena como ninguno, y la adoraba como los caracoles quieren a su caparazón viejo. O como diría el maestro Rojas Herazo: “Basta exprimirlo para que todo el jugo de su ciudad se derrame en nosotros”.

Don Daniel, en honor a su “Corralito de Piedra”, tuvo más oficios que un renacentista extraviado en una agencia de empleo. Fue pintor, poeta, escritor, industrial, político, perfumista, periodista, compositor, cívico, agricultor, ganadero; “y todo lo hizo bien”, como lo expresó Juan Gossaín en el prólogo al libro: “Poesía, Prosa, Canciones y Acuarelas”, un homenaje merecido a quien fuera considerado el “último de los humanistas del Caribe”.


Para quienes lo desconocen, Lemaitre escribió un redondillo que viene pidiendo pista -a gritos- para un monumento en la Heroica, que dice: “No me depare el destino/ la quietud de la montaña/ ni ninguna tierra extraña/ que tenga un solo camino. Quiero mi ambiente marino/ que a toda evasión convida,/ y amo su canción sentida,/ porque en horas de pesar/ sólo la canción del mar/ me pone en paz con la vida.”


Vaya, amigos, que semejante belleza representa la esencia del Caribe colombiano, resumida en pocas palabras y acomodada con la maestría que sólo tienen los iluminados.


Llama la atención que muchas de sus crónicas se refieren a la vida cotidiana de Cartagena de finales del siglo 19, cuando apenas cicatrizaban las heridas de la Independencia. Eran los días donde todos se conocían, cuando los cuentos y chismes llegaban primero que los mismos acontecimientos.
En aquellos tiempos La Heroica se recuperaba de sus revoluciones y batallas, y relataba don Daniel cómo las “casas del Centro se daban a vivir gratis con tal de que el inquilino blanqueara y cogiera las goteras”. Como sería la situación, que el Castillo San Felipe era propiedad privada (su dueño, don Antonio Gulfo, lo retornó a la Nación posteriormente), y uno de los programas de la época era escalar la fortaleza entre malezas y espinas, y en invierno, “cuando la vegetación ere exuberante, ningún forastero hubiera adivinado su existencia”.


Cuenta en sus historias que el día de la inauguración del Parque Bolívar, la gente daba gritos de emoción al ver “los chorros de las cuatro fuentes”, lo que tenía sentido, pues los habitantes de la época nunca habían visto subir el agua. Vale decir, de todos modos, que la construcción de aquel sitio fue motivo de protestas ciudadanas (como siempre, igual que ahora), porque no había claridad dónde se harían los toros en las próximas fiestas novembrinas.


Meses después, cuando pasó la fiebre por el lugar, un señor llamado don Antonio Román regalo al parque un cañoncito, “como de juguete, que disparaba a la hora meridiana por medio de un lente que condensaba los rayos del sol en el preciso momento de las doce del medio día”. Como en Macondo, mis amigos.


Otra de sus anécdotas nos recuerda cómo en el baño de mar, la gente debía separarse obligatoriamente por su género. Quiero decir, las mujeres partían hacía sus playas en el Boquetillo y los varones a Santo Domingo. Y eso que las damas de aquellos días se bañaban con unos “camisones de zaraza morada, cerrados al cuello, que las hacían incalibrables. Aquel ropón desafiaba hasta los rayos X”, anotó don Daniel.

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