lunes, 15 de junio de 2009

Una opinión venezolana sobre el futuro del uribismo

Por Beatriz Di Totto Blanco

reflexionesqd@gmail.com

Quinto Dia, Caracas

12 de junio de 2009

Hace varias semanas, el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, hizo públicas sus cavilaciones ante una de las encrucijadas más tremendas que le ha tocado afrontar en toda su carrera política, caracterizada por una incidencia inusitada de decisiones de carácter moral que lo han obligado a considerar siempre el impacto que tendrán sus acciones a largo plazo. Uribe confiesa que, en torno a la disyuntiva de su posible reelección para un tercer período presidencial -no previsto en la Constitución, pero totalmente previsible en el futuro inmediato gracias a la diligencia del Senado que aprobó la convocatoria a referendo para eliminar el escollo-, le preocupa la percepción que de él tengan las nuevas generaciones que podrían verlo “como alguien apegado al poder”, pero también afirma que lo agobia el destino que habrán de tener tanto su política de seguridad como su política económica cuando él ya no esté al frente del gobierno para continuarlas con la misma impronta. Para ponerlo en palabras del propio Uribe: “cuando veo todo esto en la balanza, me crea eso que yo llamo la encrucijada del alma”.

El presidente colombiano sabe perfectamente cuál es la decisión correcta -obvia por demás- y seguramente ya la adoptó. El lujo que no puede darse es el de anunciarla “prematuramente”, es decir, en este momento, antes de tener consolidadas las bases “institucionales” que garanticen la continuidad de sus políticas. Esa estructura pasa necesariamente por un sucesor realmente confiable -pero no bobo- en el poder ejecutivo y un congreso comprometido con los logros alcanzados durante el período, los cuales hasta la propia oposición reconoce, muy a su pesar.

Lo cierto es que no son despreciables los indicadores del país vecino: en cuanto a la política llamada de seguridad democrática, hoy se cuentan 48.000 combatientes desmovilizados, 17.000 provenientes de la guerrilla y 31.000 del paramilitarismo, con la peculiaridad de que se han instrumentado programas destinados a conseguir su inserción en la sociedad colombiana, lo cual no es poco si tomamos en cuenta la tendencia observada en otros países centroamericanos donde la mayoría de los desmovilizados, simplemente, salen del bando de la delincuencia política para engrosar las filas de la delincuencia común. Y si quisiéramos encontrar referencias para medir el acierto o no de la política económica colombiana, basta observar el incremento en las cifras de inversión extranjera directa durante los dos períodos de Uribe, las cuales lucen abrumadoramente favorables para tratarse de un país en guerra. Cepal estima que de 2.068 millones de dólares recibidos en 2000 por Colombia, la inversión extranjera directa se colocó en la cifra de 10.564 millones de dólares en 2008, aumento éste que, en términos relativos, ningún país de la región alcanzó en el mismo período y a pesar de disfrutar de “tiempos de paz”.

La renuncia del Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, anunciada con el clarísimo “condicionamiento” a la decisión final que Uribe “adopte en el futuro” sobre su propia postulación, luce como una excelente estrategia que no deja lugar a dudas sobre la esperada continuidad de las políticas que resultaron exitosas (y no sólo las de seguridad; no olvidemos que Santos maneja el tema económico, ya que fue ministro de Hacienda y Crédito Público con Pastrana y ministro de Comercio Exterior con Gaviria), pero, al mismo tiempo, mantiene bajo control las apetencias que se desatarían de una vez si el presidente colombiano reconociera que esa margarita ya fue deshojada sin haber asegurado antes su área de influencia futura en su condición de “ex” presidente. Varios elementos parecieran indicar que la encrucijada del alma fue resuelta hace bastante rato y que la fase actual que instrumenta el presidente colombiano podría consistir en la consolidación del uribismo bajo una perspectiva de alcances mucho más ambiciosos -incluida su trascendencia histórica, por supuesto-. La verdad es que hay que reconocer que derecho no le falta.

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