lunes, 17 de agosto de 2009

Una oposición desleal

Por Alfonso Monsalve Solórzano

El Mundo, Medellín

Agosto 16 de 2009

La concepción realista de las relaciones internacionales tiene a los estados como sujetos y agentes de la interacción.

Dicen los conocedores que era el modelo típico de concebir las relaciones internaciones en la Guerra Fría, con Morgenthau como autor por excelencia. Su postulado central es que la clave de las relaciones internacionales de un país está en el concepto de interés definido en términos de poder. Esto significa que la supervivencia del Estado, que es la institución que detenta el poder, encarnaría el interés nacional. De hecho, en la Guerra Fría, la supervivencia del Estado llegó a primar, incluso frente a los derechos de los ciudadanos.

La globalización trae un progresivo debilitamiento de los estados nacionales y la aparición de agencias intergubernamentales y organizaciones no gubernamentales que socavan el poder y la posición de los estados modernos, que basan sus relaciones internacionales en los principios de no intervención y de autodeterminación, que aseguran la soberanía absoluta del Estado sobre su territorio.

Teorías, como el paradigma transnacionalista o de interdependencia compleja, con autores como Robert Keahane y Joseph Nye, argumentan que estos nuevos actores en la escena internacional y nacional, influyen en las relaciones internacionales de un país. Un estado está más o menos sometido, o, al menos, influenciado, por organizaciones como la ONU, la OEA, el Banco Mundial, o la Corte Internacional, para citar algunos ejemplos de organizaciones intergubernamentales, así como por los tratados de libre comercio o de las alianzas militares de las que hacen parte (por ejemplo, la OTAN); pero también de ONGs transnacionales, como Amnistía Internacional o Green Peace, para sólo citar dos muy famosas, así como por las ONGs locales, muchas de ellas en alianzas estrechas con las transnacionales.

Yo sostengo que el realismo (y sus derivados como el neorrealismo) no ha perdido vigencia. Lo que ocurre es que un estado tiene que adaptar el principio del interés nacional -que ahora, para países como Colombia es la supervivencia, no de cualquier estado, sino del estado social y democrático de derecho- a las nuevas condiciones de la globalización expresada en las tendencias de la transnacionalización. Esta es inevitable.

No hay estado en el mundo que pueda evitar la influencia de organizaciones como las señaladas. Pero su nivel de intervención de los entes no estatales es inversamente proporcional al poderío de un estado. Hay estados que se dan el lujo de desconocer la normatividad internacional cuando se trata de sus gobiernos, pero que la exigen estrictamente a otros que no tienen poder suficiente para tener un espacio propio en la comunidad internacional. Lo mismo ocurre con muchas ONGs: algunas internacionales son altisonantes, soberbias y con sesgo político definido – con actitudes que son copia fiel de la actitud imperial de los estados de las que proceden- y algunas locales altamente sometidas, como suele ocurrir en los países débiles.

Aclaro que no se trata de un alegato contra estas organizaciones, cuyo sentido y misión es altruista y expresión del empoderamiento necesario de la sociedad civil en el mundo globalizado que comparte problemas comunes, sino de subrayar los excesos y los usos desviados en los que incurren un puñado de ellas.

Colombia es un caso clásico de influencias transnacionales exageradas, como cualquiera de nosotros puede constatar. Y me atrevería a decir que esa es una señal de la debilidad de nuestro estado. Aquí todo el mundo nos da órdenes y hay que rendir informes exhaustivos a quien lo pida, o soportar los suyos, a veces con un sesgo que es imposible de ocultar. Colombia vive sometida al escrutinio de ‘donantes’ de un puñado de dólares y al de ‘observadores’ que opinan sobre todo.

Son los gajes de la globalización. Lo que sí no me parece adecuado ni correcto es la tendencia de algunos movimientos políticos colombianos, que comienza a abrirse en el país, de realizar política nacional interviniendo en las relaciones internacionales para deslegitimar al gobierno.

Si se tiene claro el interés nacional, que básicamente se concentra en la lucha contra el narcotráfico y la amenaza interna de los grupos armados que buscan tomarse el poder violentamente, interés que comparten los colombianos en su inmensa mayoría, independientemente de los matices políticos que profesan, no se puede salir a sustituir al estado frente a aquellos que en el exterior no comparten dicho interés. En el terreno de la política es perfectamente viable y posible el debate. Pero abrir fisuras en el frente internacional, no ya disintiendo, sino actuando como voceros de todos los colombianos ante gobiernos extranjeros, como si se tratase de un estado paralelo es, con todo respeto, realizar una oposición desleal, que lesiona el estado democrático de derecho que nos rige.

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