Por Sergio De La Torre
El Mundo, Medellín
Agosto 16 de 2009
Se trata de un hombre que si bien antes llamaba la atención por lo pintoresco y bullanguero, hoy aburre y asusta a la vez. Aburre por lo trasnochado y cacofónico de su cháchara: ni los castristas cubanos recitan la cartilla con ese aire de prosélitos apenas iniciados en la prédica redentorista, propio de jovenzuelos recién nacidos a la vida política. Y asusta, Chávez, por el desmadre de que viene dando muestras, probablemente a raíz de las tantas estrelladas y reveses que ha tenido, internos y externos. El hombre luce descentrado, dando tumbos aquí y allá, al borde de cometer una grande y definitiva locura.
En cuanto a doña Cristina, juraría yo que ningún otro mandatario suramericano (de los que han guardado algún equilibrio frente a Colombia) se hubiera prestado para tan triste papel. Aparecer raponiándole su mercado a un país amigo, a cuyo presidente se acaba de invitar a casa, tras un viaje bien aparatoso, y por una módica tajada de 1.100 millones de dólares (que a Argentina, con el volumen de exportaciones que tiene, debe resultarle ínfima) es algo que no haría ni el presidente del Paraguay, que es el país más pobre del subcontinente después de Bolivia. Ningún mandatario que se respete (mucho más el de una nación como Argentina, con su proverbial altivez) se prosterna ante nadie por esa bicoca. Para suscribir dicho acuerdo doña Cristina pudo haber enviado, si acaso, al ministro del ramo. Ahorrándose el espectáculo de marras, indecoroso por todo concepto, incluyendo la cifra que va envuelta en el negocio.
Pero ahí está retratada la prominente fémina, tal cual es, sin afeites, con sus flaquezas, y con sus insubsanables deficiencias al desnudo. Nadie puede ocultar o contrariar su propia personalidad, que acaba revelándose en cualquier momento o circunstancia. A pesar de su cargo, doña Cristina continúa siendo la primera dama apenas, porque quien allá manda es su marido, el ex presidente Néstor Kirchner que, por lo demás, acaba de recibir, junto a su consorte, una sonora paliza electoral, con la que el pueblo repudió su gestión. Y condenó (estoy seguro, pues ello debió haber pesado en el voto ciudadano) los malos pasos dados por la pareja para conseguir la elección de Cristina. Y también condenó sus extraños manejos para engrosar el pecunio familiar. Respecto a lo primero cabe destacar, por su obscenidad, el maletín lleno de dólares que se dice (sin que nadie lo haya logrado desmentir a derechas) recibió de Chávez, siempre tan acucioso para financiar soterradamente las candidaturas de sus simpatizantes, y potenciales vasallos, en América Latina, desde Méjico hasta
Y otro rasgo de su carácter, que hoy preocupa por su condición de jefe de Estado: la inconsistencia, o falta de firmeza para sostener posiciones y criterios oficiales ya adoptados. La prueba está fresca: sólo 3 días antes de su comparecencia en Caracas, en una actitud que todos juzgamos ecuánime, en Quito se apartó de Chávez por causa de su rabioso, declarado encono con Colombia, y de su lenguaje guerrero. Pues este militar, altisonante y cuartelero, cuando está en las cumbres presidenciales suele olvidar que se encuentra entre civiles.
Frente a la carnada de reemplazar a Colombia como proveedora de su vecina Venezuela, no pudo resistir ella la tentación. Ni aún cuando quien la dispone es el mismo personaje que viene deambulando, como vulgar mercader y comprador de apoyos, por América Latina, donde no falta quien sucumbe a la seducción del oro (o los petrodólares), que todo lo corrompe. El estiércol del demonio, como lo llamaba Papini. Hasta ahora quienes se vendían era gobernantes de pequeños países - quebrados unos, inviables otros - como Ecuador, Nicaragua, Bolivia y Honduras en tiempos de Zelaya (terrateniente de derechas transmutado en izquierdista, por obra de los tales petrodólares). Y de otros países, de mentirijillas, que no existen ni en el mapa pero sí en los listados de
Pero que una nación conocida por su solidez y autosuficiencia (pese a recientes sobresaltos ya superados) cambie su dignidad por cosas de pan coger, es algo difícil de encajar. El resbalón (que no es el del tango, que cualquiera da en la vida y se perdona) que dio la despalomada mandataria a nombre de un país y a expensas de otro, el nuestro, haciéndole el juego a Chávez y su odio y vindicta hacia su propio vecino, es algo que el pueblo argentino, avergonzado como ya debe estarlo, muy pronto sabrá cobrar.
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