Por José Obdulio Gaviria
El tiempo, Bogotá
Agosto 19 de 2009
Hablemos de una conmemoración luctuosa: los 10 años del asesinato aleve de Jaime Garzón, el más grande humorista colombiano de todos los tiempos. Una extrema terrorista reivindica ese crimen como una hazaña y la otra lo llora con lágrimas de cocodrilo. A ninguna le duele su muerte.
El Espectador, en una maniobra muy propia de su talante, 'colgó' un video con chistes del gran humorista sobre el gobernador Uribe. Estúpidamente, dicen que 'Garzón lo previó', es decir, pretenden (inútilmente, como siempre) que chistes de un gran humorista en que caracteriza a Uribe como 'facho' o 'extremoderechista' eran ciencia política pura (¡hombre!, ¡Espectador!, ¡si los poderosos fueran realmente como los veía Garzón, apague y vámonos! ¡Son chistes! Y recuerden: los farco-para-fascistas nunca entienden nada; por eso, tipos como Stalin, Hitler, Jacobo Arenas, matan a los humoristas y a los analistas).
Propongo como hilo conductor del debate el estupendo libro de Germán Izquierdo 'Jaime Garzón, El genial impertinente'. El autor hace remembranzas pertinentes. Colombia, en 1999, era el caos, la descomposición, la anarquía. Parecía un infierno sin camino de retorno, en donde cualquier actividad pública era profesión peligro (igual daba ser gobernador en Antioquia o humorista en Bogotá). Uribe y Garzón, a diferencia de los presidentes Gaviria, Samper y Pastrana, que fueron apaciguacionistas, se la jugaron por la civilidad con autoridad. Nunca coincidieron en procedimientos; siempre, sí, en la conceptualización básica. Esos presidentes creían gobernar un país en guerra civil o conflicto interno armado. Garzón y Uribe, al contrario, vieron, genialmente, que el problema era un asunto policivo (Izquierdo, página 143; 'Uribe, Política de Paz y Convivencia', abril de 1996).
A Garzón y a Uribe los unía su brillante inteligencia. Pero, claro, Uribe es un estadista; Garzón fue un humorista. Uribe se propuso cortar el mal de raíz; Garzón quería paliar los dolores que producía el mal. En 1999, 'Manuel Marulanda' y Carlos Castaño secuestraban colombianos con total impunidad -el cabo Moncayo, cuya libertad demanda su padre con tan poco tino que hace creer que el secuestrador es el Estado, fue hecho cautivo durante el gobierno de Samper-. Uribe, contra el criterio de la mayoría negociacionista, sabía que un Estado bien dirigido es inderrotable.
Garzón, en cambio, medió con los secuestradores, convencido de que el Estado nada tenía que hacer, que estábamos derrotados y que sólo quedaba ayudar a las víctimas pero, eso sí, sus actos fueron siempre humanitarios (libro de Izquierdo, página 143); no utilitarios, como los de otros, a los que desnudó el propio 'Raúl Reyes' en sus computadores. Esa plaga del secuestro está hoy casi en extinción (aunque ya veo venirse contra mí a la revista Cambio intentando demostrar que esos son cuentos míos, que el secuestro es 'cultura' colombiana y traerá, seguro, en su apoyo, el testimonio del inefable 'Alfonso Cano', el 'intelectual' que dirige la "guerra", a quien Cambio no se cansa de entronizar en sus páginas).
En el libro de Izquierdo hay un personaje que acompaña la historia de principio a fin: el Compañero Hernando Corral. Nadie, que yo conozca, discute su inteligencia, su sentido ético, su interés exclusivamente patriótico en todas las circunstancias. Él acompañó (críticamente) toda la vida pública de Garzón. Fue su amigo y su maestro. Él acompaña hoy, leal y críticamente, a Uribe. Él es testimonio de que sólo es posible una línea de conducta contra el terrorismo, línea que parte de la definición que hicieron los tres, Corral, Garzón y Uribe, por caminos distintos pero paralelos: la guerrilla y el paramilitarismo son dos caras distintas de la misma moneda.
Si
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