martes, 18 de agosto de 2009

El juego de la confianza

www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Kenneth Rogoff *

El Tiempo

Agosto 17 de 2009

El próximo mes marca el primer aniversario del colapso del venerable banco de inversión estadounidense Lehman Brothers. Su caída detonó el comienzo de una recesión global y una crisis financiera de proporciones no vistas desde la gran depresión de los años 30. Después de un año, billones de dólares en fondos públicos y muchos interrogantes y cuestionamientos entre las autoridades que formulan las políticas mundiales, ¿hemos aprendido las lecciones correctas? Me temo que no.

El consenso abrumador entre los encargados de diseñar políticas es que si sólo el Gobierno hubiera rescatado financieramente a Lehman, todo el asunto no habría sido más que un breve bache, en lugar de un ataque cardíaco. Tanto inversionistas famosos como importantes autoridades han opinado que en nuestra economía global ultrainterconectada, jamás se puede permitir que una gran institución financiera como Lehman pueda quebrar. Sin importar lo mal que administre sus negocios -en esencia, Lehman se transformó en una compañía tenedora de bienes inmuebles totalmente dependiente de la continuidad de la burbuja inmobiliaria estadounidense-, los acreedores de una gran institución financiera siempre deberían recuperar el dinero que prestaron. De lo contrario, se socavará la confianza en el sistema y se desatará el caos.

Tras llegar a la brillante conclusión de que la reestructuración financiera se debe evitar a toda costa, los gobiernos del mundo han creado a su vez una enorme red de seguridad para los bancos (y para países enteros, en Europa del este), gracias a los dólares de los contribuyentes.

Desgraciadamente, el responso post mórtem de Lehman no es más que puras ilusiones. Básicamente dice que, no importa lo grande que haya sido la burbuja inmobiliaria, la magnitud de la crisis del crédito en que se han metido Estados Unidos y varios otros países, y lo tortuosa que sea la estructura del sistema financiero global, podríamos haber encontrado la manera de salir del lío. Arreglamos lo de Lehman, pasamos a otra cosa, seguimos colgándonos de la energía de China, y nada malo había ocurrido.

El hecho es que los desequilibrios globales de la deuda y los precios de los bienes han ido aumentando in crescendo por años, y habían llegado al punto en que no había una salida fácil. Estados Unidos ya estaba mostrando todos los signos de una crisis financiera profunda mucho antes de lo de Lehman, como Carmen Reinhart y yo documentamos en nuestro próximo libro This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly.

Los precios de las viviendas se habían duplicado en un corto período, haciendo que los consumidores estadounidenses abandonaran toda idea de ahorrar dinero. Las autoridades encargadas de delinear las políticas, incluida la Reserva Federal de E.U., sencillamente habían dejado que la fiesta de la década del 2000 durara demasiado. Ebria de utilidades, la industria bancaria y de los seguros se había apalancado hasta niveles insostenibles. Los bancos de inversión habían transformado su negocio de tales maneras que sus gerentes y juntas directivas claramente ya no comprendían.

No fue sólo Lehman Brothers. Todo el sistema financiero carecía por completo de preparación para responder al inevitable colapso de las burbujas inmobiliaria y del crédito. El sistema había llegado a un punto en que tenía que recibir un rescate financiero y sufrir una reestructuración. No hay ningún escenario político o legal realista en que ese rescate se pudiera haber llevado a cabo sin cierto "derramamiento de sangre". Por ello, la caída de un gran banco o banco de inversión era inevitable como catalizador de la acción.

El problema con haber dejado que Lehman cayese no fue el concepto, sino la ejecución. El Gobierno debería haber tomado medidas drásticas para abordar el complejo libro de derivativos de Lehman, incluso si eso significaba hacer interpretaciones legales creativas o impulsar nuevas leyes para regir el sistema financiero. Es cierto que es difícil hacer estas cosas de la noche a la mañana, pero había abundantes signos de advertencia. Los seis meses anteriores a la caída de Lehman mostraron un lento congelamiento del crédito global y recesiones incipientes en Estados Unidos y Europa. Sin embargo, pocas fueron las medidas de preparación para la tormenta.

¿Cuál es el plan ahora? Se habla de regular el sector financiero, pero los gobiernos están temerosos de afectar la confianza. Se reconoce que el colapso de la burbuja inmobiliaria debe ser absorbido, pero no hay estómago para reconocer los años de lento crecimiento en el consumo que eso implicará.

Se admite y reconoce que la relación comercial entre Estados Unidos y China debe reequilibrarse, pero ha habido pocas ideas imaginativas acerca de cómo hacerlo. En su fuero interno, nuestros gobernantes y autoridades se han convencido de que, con todas sus fallas, el viejo sistema era mejor que cualquier cosa en la que podamos pensar, y que con sólo restablecer la confianza se podrá arreglar todo el resto, al menos durante el tiempo que les quede en sus cargos.

La lección correcta que podríamos aprender del caso Lehman sería que el sistema financiero global necesita cambios fundamentales en cuanto a regulación y gobierno. Las medidas actuales de creación de una red de seguridad pueden funcionar en el corto plazo pero, en último término, generarán un aumento insostenible de las deudas de los gobiernos, especialmente en Estados Unidos y Europa.

Puede que Asia esté dispuesta a ayudar a Occidente por ahora, pero eso no será así para siempre. Finalmente encontrará alternativas, en parte mediante la profundización de sus propios mercados crediticios. Dentro de unos cuantos años los gobiernos occidentales tendrán que elevar los impuestos drásticamente, generar inflación o caer en impagos parciales, o idear alguna combinación de estas tres alternativas. Con todo lo doloroso que pueda parecer, sería mucho mejor comenzar a alinear los fundamentales de la economía ahora mismo. Restablecer la confianza ha sido útil e importante. Sin embargo, lo que necesitamos en último término es un sistema global de regulación y gobierno financiero que sea merecedor de nuestra fe.

* Kenneth Rogoff es profesor de Economía y políticas públicas de la Universidad de Harvard, y fue economista en jefe del FMI.

Copyright: Project Syndicate, 2009.


www.project-syndicate.org-

No hay comentarios: