martes, 18 de agosto de 2009

La rama del olvido

Editorial

El Tiempo, Medellín

Agosto 18 de 2009

Una sorpresa muy positiva en el campo de las relaciones internacionales de Colombia fue la que tuvo lugar el fin de semana pasado, después de que el presidente Álvaro Uribe le hiciera un gesto amistoso a Ecuador. La rama de olivo fue extendida por el mandatario al cierre de la asamblea de la Andi, cuando este volvió a pedirle perdón a su vecino del sur por el ataque fronterizo del primero de marzo del 2008 contra el campamento de 'Raúl Reyes'. En respuesta, Rafael Correa aceptó las disculpas y abrió la posibilidad de un diálogo directo entre ambos Estados, que han completado más de año y medio con sus vínculos diplomáticos cortados.

Tal posibilidad se veía remota hace apenas una semana, cuando en la capital ecuatoriana tuvo lugar la cumbre presidencial de los integrantes de la Unasur. En dicho evento, el tema sobre uso de bases aéreas colombianas por parte de militares de Estados Unidos fue criticado no solo por el anfitrión del encuentro, sino por Evo Morales y Hugo Chávez. Horas después, los dardos contra el país continuaron cuando tuvo lugar la segunda posesión de Correa para un nuevo cuatrienio y este dedicó una parte importante de su discurso a reiterar su letanía de quejas contra Bogotá.

Sin embargo, con el correr de los días tuvieron lugar varios hechos importantes. El primero fue el retorno a Ecuador de 11 soldados encontrados de este lado de la frontera, vestidos de civil. El episodio, que podría haber servido para hacer un escándalo, fue manejado como un incidente menor. El segundo fue el anuncio del gobierno de Correa de desmontar parcialmente las restricciones al comercio binacional, después de que los aranceles para 1.346 partidas fueran elevados hace algo más de un mes. También fue significativa la declaración del vicepresidente ecuatoriano, Lenín Moreno, quien sostuvo que su país no se dejará arrastrar a un conflicto regional, si esa fuera la intención de Venezuela.

Con tales antecedentes, es claro que empiezan a soplar vientos auspiciosos entre las dos capitales andinas. No obstante, hay que tener presente que falta mucho tiempo para que la tensión disminuya del todo. Una de las razones es que Correa sigue insistiendo en una explicación completa del ataque al campamento de las Farc, además de que se lo deje de vincular con ese grupo, pues considera que hay una campaña de desprestigio en su contra. Aunque una negociación sobre ese y otros puntos es posible, también es factible llegar a un punto muerto si el Palacio de Carondelet hace exigencias inaceptables.

Por su parte, Colombia también tiene observaciones válidas. Una cosa es reiterar que el principio de extraterritorialidad no tiene aceptación y otra es esperar que las naciones del área actúen cuando se detecte la presencia de grupos irregulares al otro lado de la línea limítrofe. En ese sentido, el país puede afirmar que acciones como la que generó el rompimiento no volverán a ocurrir, pero tiene el derecho de exigir cooperación respecto a un asunto como el de la presencia de las Farc en el territorio vecino, sobre el cual Ecuador no puede pretender mostrarse indiferente.

El logro de tales objetivos tomará tiempo, pero les interesa a ambos presidentes. En el caso de Correa, el diálogo con Colombia le garantiza un mayor éxito al frente de Unasur, al tiempo que neutraliza las voces de protesta internas, cansadas de la hostilidad hacia Bogotá. Eso sin desmedro de la purga del movimiento Alianza País, ahora que es cada vez más evidente que el ex ministro ecuatoriano Gustavo Larrea tuvo una relación estrecha con la guerrilla colombiana. Por su parte, la Casa de Nariño sabe que un entendimiento con Quito es fundamental, tanto por razones históricas como pragmáticas. Todo indica que el enfrentamiento con Hugo Chávez va para largo y el país necesita desmontar la tenaza que Caracas quiere armarle en el vecindario.

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