martes, 9 de febrero de 2010

Un americano increíble

Eduardo Escobar

El Tiempo, Bogotá

Febrero 9 de 2010

Miranda y Bolívar fueron víctimas de una época más o menos ilustrada e ingenua, caída en la obsesión de destazar imperios para fundar naciones. Y en esa labor desarrollaron personalidades llenas de encanto y de vigor que aún asombran. El Bolívar amante que dictaba tres cartas al tiempo mientras leía un libro y silbaba como un toche, el bailarín y el derrotado rumbo a Santa Marta a cumplir la cita con la muerte, es el protagonista luminoso de una epopeya que también tuvo algo de barrabasada tropical. Y Miranda lo supera en cierto modo intrigando en las cortes europeas mientras toca la flauta, y escribe tomos y tomos de cartas, pensamientos y proyectos.


Los diarios de Humboldt deslumbran por el modo como a partir de un trozo de suelo sitúa cada lugar que pisa en la historia geológica, y despliega observaciones botánicas, sociológicas y de arqueólogo, y señalaron vísperas de la guerra los riesgos de la independencia americana. Miranda en su agitación se le parece por la perspicacia y por las dudas sobre la conveniencia de la magna tarea. En el centro de los más graves acontecimientos de su tiempo, la independencia de Norteamérica, y la revolución francesa que estuvo a punto de convertirlo en otra víctima inocente, Miranda estudia las formas políticas donde quiera que va, las constituciones, los ejércitos, las legislaciones, la arquitectura, hospicios y polvorines. En los tomos dedicados al Precursor por la biblioteca Ayacucho y en sus diarios según la síntesis de la desaparecida editorial Monte Ávila, de grata memoria, sobrecogen su pasión y su talento minucioso. Nada se le escapa.


Hace años, en Venezuela, pude ojear en casa de un amigo pedazos de la suma de la obra de Miranda publicada con el título de Colombeia por el gobierno venezolano. Quise hacerme a una copia. Pero fue inútil. Y estuvo bien que así fuera porque habría entrabado mis desplazamientos: según supe, consta de 23 volúmenes de buena talla. Más tarde escribí a funcionarios gubernamentales, amigos del montón y a los poetas del Techo de la Ballena, que fue el equivalente del nadaísmo en esas tierras, y nadie atendió mi requerimiento. Pero no pierdo la esperanza. Y sigo aguardando el día, estos tiempos de los apartamentos de 50 metros donde el cuerpo, la sombra y el alma apenas caben al tiempo, cuando alguien decida que le estorba su Colombeia y me la envíe de regalo o en guarda.


Yo que debí perder el alma en algún percance olvidado, soy dueño de un cuerpo tan magro que a duras penas inquieta la aguja de la báscula y tengo la sombra en la prendería, cuento con espacio suficiente para albergar su biografía fabulosa. Y me sobra curiosidad por la existencia de ese caraqueño que huyó a lo largo de casi medio siglo de la persecución de España protegido por emperatrices y reyes, para verse entregado al fin por un compatriota. Bolívar condenó a morir en prisión a un hermano que luchó por la libertad desde que fue un mocoso. Y Miranda, después de escapar del terror francés y de la Inquisición, acabó desgraciado por el bochinche latinoamericano. Bochinche fue la expresión que usó la noche desventurada de La Guaira. Y es de suponer que preso, mientras leía el Quijote y el Nuevo Testamento, rumió la idea terrible, reiterada a lo largo de sus reflexiones.


Es decir, que si América resultara incapaz de ordenarse por los parámetros de la democracia de Estados Unidos o el gobierno mixto de Inglaterra, para precipitarse en los vicios deletéreos de la revolución francesa, más le valía prolongar otro siglo la colonia. La idea suena buena para discutir este año de bicentenario. Y prometedora. Pues quizás conduzca a la contrición de corazón por la revuelta sórdida que no termina. Y al propósito de enmienda. Por lo pronto, la historia de Miranda refuerza la rancia sospecha sobre la inutilidad de todas las violencias. Aún las justificadas por el altruismo que tan bien le sirve al Patas tantas veces.


Y si suena a insolencia, mejor que mejor.